Trabajo en una gasolinera de El Paso desde hace nueve años. Es una estación modesta, de esas que quedan entre la interestatal y el desierto, donde paran camioneros que vienen de Juárez y familias que van rumbo a Albuquerque. He aprendido a leer a la gente en los treinta segundos que tardan entre bajar del auto y llegar a la caja. Quién tiene prisa de verdad, quién acaba de pelear con su esposa por teléfono, quién va a pedir un café y se le olvida pagar la gasolina. Pensaba que ya nada podía sorprenderme.
Hasta el martes pasado.
Eran las tres y media de la tarde. Octubre en el desierto: el sol pega fuerte pero el viento ya trae ese filo seco que anuncia la noche. Estaba acomodando los paquetes de chicles en el mostrador cuando la vi por el vidrio. Una perrita chihuahua, de esas color miel con hocico blanco, estaba amarrada con una correa azul al poste del surtidor número tres. Junto a ella, doblada con cuidado, había una manta lila de bebé.
Pensé que el dueño estaba adentro comprando un agua o echando gasolina. No le di mayor importancia. Seguí con lo mío.
Pero pasó una hora y la perrita seguía ahí.
Me asomé por la ventana. Estaba echada sobre la manta, con la cabeza levantada, mirando cada auto que entraba a la estación. No movía la cola para nadie. Solo observaba.
A las cinco fui hasta el surtidor. El viento ya estaba frío y la perrita tiritaba un poco, aunque no se levantó cuando me acerqué. Me agaché despacio. La manta lila tenía un olor dulzón, como a suavizante de ropa barato. De esos que venden en las tiendas de dólar. Alguien la había lavado antes de traerla hasta acá.
—¿Y tu dueño, chiquita? —le pregunté en voz baja.
La perrita me miró un segundo y luego volvió a girar la cabeza hacia la interestatal. No me estaba viendo a mí. Estaba viendo la carretera. Las llantas de los camiones zumbaban a lo lejos, y cada vez que un auto se anunciaba con ese rumor de motor, ella levantaba las orejas y estiraba el cuello.
Me quedé unos cinco minutos a su lado. Su respiración era rápida, nerviosa. Las costillas se le marcaban bajo el pelo. No era una perra joven: tenía el hocico lleno de canas y los ojos ya medio opacos, de esos que han visto muchas cosas.
Un Nissan gris entró a la estación. La perrita se puso de pie de golpe. La correa se tensó. El Nissan se detuvo en el surtidor uno y bajó un muchacho con gorra de los Cowboys. Ella lo observó fijamente, dio un paso, y cuando lo vio entrar al mini-market sin mirarla, volvió a echarse poco a poco.
Entonces entendí.
No estaba esperando al primero que pasara. Estaba esperando a una persona exacta.
Entré a la tienda. Maribel, mi compañera de turno, estaba pegada al teléfono viendo un video de recetas.
—Oye, la perrita del surtidor tres —dije—. ¿De quién es?
Maribel levantó los ojos del teléfono.
—Ay, no sé. La dejó una señora como a las nueve de la mañana. Venía en una camioneta blanca, de esas viejitas. Amarró al perro y se fue.
—¿Se fue? ¿Así nada más?
Maribel se encogió de hombros y volvió a su video.
Salí otra vez. La perrita seguía en su sitio. Le llevé agua en un posavasos de plástico, de los que usamos para los cafés. La puse frente a ella. La olfateó, dio dos lengüetadas pequeñas y volvió a mirar la carretera.
Ni siquiera tenía sed. O si la tenía, no quería bajar la guardia para tomar.
A las siete ya había oscurecido. Los faros de los autos barrían el estacionamiento con esa luz blanca y agria de las noches de carretera. La perrita ponía la espalda recta cada vez, esperanzada por una fracción de segundo, y luego se encorvaba de nuevo.
El viento del desierto se metía por el estacionamiento levantando bolsas de plástico. La temperatura seguía bajando.
—¿Qué vas a hacer con el perro? —me preguntó Maribel cuando entré a calentarme las manos.
—No sé. Llamé al animal control, pero dicen que con suerte vienen mañana.
—¿Y si no viene nadie?
Me quedé callada.
Salí con mi chamarra. Agarré a la perrita en brazos. Pesaba menos que una bolsa de tortillas. Era puro hueso y un poco de pelo. No se resistió, pero tampoco se relajó. Me miraba por encima del hombro, buscando la carretera, como si tuviera miedo de que justo en ese momento apareciera la camioneta blanca y no la viera.
La llevé a mi auto, un Corolla 2016 que ya tiene sus años. En el asiento trasero vive una manta vieja de los tiempos en que mis hijos todavía cabían en el asiento de en medio. La puse ahí, junto a la manta lila, y cerré la puerta.
Fui a buscar mis llaves. Dejé una nota a Maribel: «Si vuelve la señora, que marque a ese número en la caja».
Sabía que no iba a volver. Lo sabía desde las cinco de la tarde.
Esa noche manejé con la calefacción encendida. La perrita iba hecha un ovillo en el asiento de atrás, con los ojos abiertos, mirando por la ventana cómo pasaban los postes de luz.
En casa le hice un hueco entre el sofá y la pared. Le puse la manta lila en el suelo y mi manta vieja encima. Le di arroz con un poco de pollo desmenuzado. Comió sin ganas, como si lo hiciera por compromiso.
Al día siguiente llamé a una veterinaria. Clínica San Rafael, en la Mesa. La doctora le revisó los dientes, las articulaciones, los ojos.
—Tiene once o doce años —me dijo—. Una abuelita. Pero está sana. Lo raro es lo delgada que está. ¿La adoptó usted?
No supe qué responder.
—Se la encontré a alguien —dije al fin.
Pasé toda la semana publicando fotos en Marketplace, en grupos de Facebook de carretera, en Lost Dogs de El Paso. Nadie respondió. Una señora me mandó mensaje preguntando si la regalaba. La bloqueé.
El lunes siguiente, de mañanita, estábamos en la gasolinera —digo estábamos porque la perrita venía conmigo desde ese día, dormía en un cajón junto a mi cama y ya sabía cuál era mi mano entre todas—, cuando Maribel me habló bajito:
—Oye, creo que ahí viene la señora de la camioneta.
Se me enfrió la nuca.
Miré por la ventana. Una camioneta blanca, vieja, se estacionó junto al surtidor tres. Bajó una mujer grande, de unos sesenta y tantos, con sudadera gris y el pelo pintado de rubio como se lo pintan las señoras que van a la iglesia los domingos.
La perrita la vio al mismo tiempo que yo. Se levantó de golpe. Ladeó la cabeza, olió el aire. Se quedó muy quieta.
Y luego —y esto me dolió— movió la cola.
Una, dos, tres veces. Como lo haría un perro que reconoce a su dueña.
La mujer abrió la puerta de la camioneta y sacó un bolso. Ni siquiera miró hacia el poste. Entró a la tienda con la cara tranquila de quien compra una coca y sigue su camino.
La perrita la siguió con los ojos. Su cola se fue apagando.
Yo apreté los dientes y salí al estacionamiento.
—Señora.
La mujer se dio la vuelta. Me miró con el ceño fruncido, como si ya estuviera acostumbrada a que la llamen para reclamarle algo.
—¿Usted dejó a una perrita amarrada en este poste la semana pasada?
La mujer pestañeó. Me miró a mí, miró al poste, miró a la perrita, que me había seguido hasta la puerta con la correa azul puesta.
—Ay —dijo—. Esa perrita.
Lo dijo como quien se acuerda de una bolsa olvidada en el supermercado.
—¿Pensaba buscarla?
La mujer soltó un suspiro. Medio sonrió, de esa sonrisa floja que no pide perdón.
—Mire, yo la quería mucho. Era de mi mamá, que falleció. Pero a mi esposo no le gustan los animales, y con la mudanza no supimos qué hacer con ella. Pensé que mejor la dejaba donde la pudiera recoger alguien. Acá pasan muchas personas.
Se me cuajó la garganta. Ahí no más, en ese estacionamiento donde ella la había abandonado, la mujer estaba frente a mí sin una pizca de vergüenza, hablando de la perrita como si fuera un mueble que ya no cabía en la mudanza.
—Pues ya la recogió alguien —le dije.
La mujer me miró. Había un brillo en sus ojos, como si el asunto por fin estuviera a punto de resolverse a su favor.
—¿Sí? ¿Y me la va a devolver?
Me reí sin ganas. De esas risas que salen solas cuando ya no hay nada más que decir.
—No —le dije—. Se le olvidó por seis días. La dejó al frío, sin comida, a que los carros le pasaran a un metro. ¿Y ahora la quiere de vuelta porque le dio remordimiento un lunes por la mañana?
La mujer se quedó viendo la correa azul. La perrita, mientras tanto, se echó junto a mis pies. Viejita, cansada, con la manta lila que Maribel había recogido del asiento de mi auto.
—Cómo se le va a olvidar una criatura —dijo la mujer, más para ella que para mí.
—Eso mismo le pregunté yo al poste —respondí.
Entré a la tienda. Tomé la nota con mi número que había quedado pegada en la caja registradora. Se la entregué en la mano.
—Ahí está. Si en seis meses todavía le importa, marque. Yo le contesto.
La mujer se fue sin la perrita. La camioneta blanca arrancó con un ruido viejo y se perdió en la interestatal, mezclándose con los camiones y el polvo.
La perrita no la siguió con la mirada. Ya estaba comiendo de mi mano un pedazo de tortilla con queso.
Esa noche, en la gasolinera, mientras llenaba los botellones de agua, Maribel me preguntó:
—¿Y si te la hubiera pedido con lágrimas? ¿Se la hubieras dado?
Me quedé pensando.
—No sé —dije—. A lo mejor. La gente es así.
—¿Y si vuelve?
Saqué mi teléfono. Bloqueé el número de la mujer sin guardarlo.
—No voy a esperar a que vuelva —le dije a Maribel—. Hace una semana yo era la que la veía mirar por la ventanilla del auto, esperando a alguien que no llegaba. Ahora la que mira para acá es ella. Y ya no espera a nadie más.
Esa noche, en casa, escribí en una servilleta un nombre, uno que le quedaba bien para los años que le faltaban, y lo pegué con cinta adhesiva sobre su cama, junto al sofá: Esperanza.
Ella ya estaba dormida encima de la manta lila, enroscada del tamaño de un pan, con una pata metida bajo el hocico.
Al otro día, cuando llegué a abrir la estación, el poste del surtidor tres tenía una rosa blanca atada al metal con un hilo delgado. Nadie supo decirme quién la había dejado. La dejé ahí toda la semana, hasta que el viento del desierto se la llevó, pétalo por pétalo, hacia la interestatal.







