Frente a la casa de mis padres en Doral, la lluvia caía tan fina que apenas se sentía en la cara. Me quedé parada en la puerta con una botella de vino blanco del Publix y la sensación de que el cuello de mi blusa me estaba ahorcando. En el segundo piso, el chihuahua de la señora Reyes le ladraba al cartero. Debí tocar el timbre. No lo hice.
Cuatro días antes, el jueves por la noche, poco después de las nueve, había llamado mi mamá. Sus llamadas nunca llegaban en buen momento.
—¿Ya lo lograste? —preguntó en vez de saludar—. ¿Por fin encontraste un hombre?
Yo estaba recostada contra la barra de la cocina, con un vaso a medio terminar de té con limón, ya frío, en la mano izquierda. La laptop sobre la mesa parpadeaba con una hoja de Excel donde llevaba una hora mirando la misma columna.
—Mami, ahora no. Todavía estoy con un análisis del trabajo.
—Ay, tus hojas de cálculo. Tu hermana Vanessa sabe lo que importa: casarse con un hombre con plata y dejar de matarse trabajando. ¿Y tú? Te vas a morir sola con tus papeles. Vieja. Amargada. Sin nietos.
Dejé el vaso en la barra y apreté la mano contra el borde de granito. La misma canción. Desde hacía once años. Desde que me mudé a Miami después de terminar la carrera y empecé a trabajar sesenta horas a la semana.
—Voy el sábado —dije cuando hizo una pausa—. Y llevo a mi prometido.
Del otro lado solo se escuchó, por un momento, el ruido de la radio que tenía prendida en el baño.
—¿Tu qué?
—Mi prometido. Es mi jefe y usa traje a la medida. ¿Con eso te basta?
Colgó como si tuviera miedo de que yo cambiara de opinión. Me quedé en la cocina. ¿De dónde iba a sacar un prometido en dos días?
El viernes en la oficina, Andrés Molina entró a mi cubículo justo cuando me estaba quitando la pinca del pelo. El aire acondicionado se había descompuesto esa mañana, así que me había desabrochado el botón de arriba de la blusa y me había soltado el pelo de la cola.
Se quedó parado en el marco de la puerta y levantó una ceja.
—Johanna, ¿interrumpo?
—Ya está bien. ¿Qué necesita?
—Quería hablar del reclamo de Tampa. La naviera se niega a cubrir los costos.
Me acomodé el pelo detrás de las orejas y cerré la puerta. Después le expliqué la situación: cena familiar el sábado en Doral, una mamá que me tiene por solterona, una hermana que cree que sacrifiqué mi vida por números, y una mentira improvisada que se iba a caer sin acompañante masculino.
Andrés se recostó contra mi escritorio.
—¿Quiere que le haga de prometido?
—Solo por unas horas.
—¿Y yo qué gano?
Iba a decir algo sobre un favor entre colegas, pero él siguió hablando.
—Vuele a Tampa el lunes y resuelva el reclamo con el operador logístico. Y le hago de prometido.
—¿Por qué?
—Porque me divierte. Y porque hace tres años, en Orlando, usted me salvó el pellejo cuando falló todo el sistema en plena presentación. No se me olvida.
Apreté los labios y acepté. Sonaba a negocio. Para mí era pura supervivencia.
El sábado por la noche estaba entonces parada con mi falso prometido frente a la casa de mis padres. El apartamento olía a picadillo y flan. En la sala, la tele estaba en Telemundo, algún programa de la tarde sobre remodelaciones. Mi mamá abrió la puerta de golpe y miró a Andrés de los zapatos al cuello de la camisa, como si fuera un carro que estuviera pensando comprar a crédito.
—Entra, por favor —dijo con una amabilidad exagerada—. Y tú —me jaló de la manga—, no me dijiste que era tan presentable.
En la mesa ya estaban sentados mi hermana Vanessa y su prometido, Kevin. Kevin traía un traje barato que le quedaba apretado y manejaba un Honda Civic con la puerta del copiloto abollada. Vanessa se había teñido el pelo de un rubio tan claro que las puntas parecían paja seca. Miraba a Andrés como si todavía estuviera parado en la entrada, aunque ya llevaba un rato sentado.
—¿En qué trabaja usted? —preguntó mi mamá antes de que él pudiera meter el tenedor en el picadillo.
—Dirijo el departamento de logística en Suncoast Freight.
—¿Y gana bien? —insistió.
Ahí fue cuando intervine. El vino en mi copa estaba tibio y sabía a jugo de manzana.
—Mami, no fui del todo honesta contigo. Andrés es mi jefe.
A Vanessa se le cayó el tenedor sobre el plato. Sonó fuerte.
—Y vivo a costa suya.
Andrés siguió masticando tranquilo.
—Consiento mucho a mi asistente. Es insustituible.
Mi mamá dejó los cubiertos en la mesa. Los ojos se le quedaron pegados a Andrés como si fuera el premio mayor de la lotería.
—Qué joven tan exitoso.
Kevin se aflojó el cuello de la camisa con el dedo y me miró.
—Nosotros nos conocemos del colegio, ¿verdad? Siempre decías que no querías depender de ningún hombre.
El perro de la vecina de enfrente empezó a ladrar. Le hubiera dado una patada por debajo de la mesa si hubiera podido. En vez de eso, me tomé de un trago el resto del vino.
—Los tiempos cambian —dijo Andrés con calma—. ¿O no, Johanna?
Mi mamá se inclinó hacia adelante.
—¿Y para cuándo la boda?
Casi me río.
—En cuanto tengamos fecha, tú eres la primera en saberlo, mami.
Después me volteé hacia Kevin.
—¿Y usted? ¿A qué se dedica?
Kevin se quedó mirando el plato como si el picadillo lo hubiera ofendido.
—Estoy en una etapa de transición.
—¿Transición hacia dónde? —preguntó Andrés mientras tomaba pan.
—Es un poco complicado ahora. La última empresa reestructuró. Estoy evaluando opciones.
Mi mamá hizo un ruido como si hubiera tomado vinagre. Vanessa apretó los labios. Al lado de Andrés, Kevin parecía un estudiante planchándose una camisa por primera vez en su vida.
Después de cenar, mi mamá me llevó a la cocina mientras Vanessa interrogaba a Andrés en la sala. Escuché que le preguntaba por el carro, por si tenía modelo del año, por planes de vacaciones.
—Vanessa necesita 3,500 dólares en enero —susurró mi mamá—. El semestre en la universidad cuesta. Y Andrés no parece de los que miran el dinero.
Sentí frío en ese cuarto pegajoso.
—Te transfiero la cantidad.
Me abrazó rápido, con los labios secos rozándome la frente.
—Eres un tesoro. Sabía que pensabas en tu hermana.
Afuera el perro volvió a ladrar. Me lavé las manos con agua fría y vi cómo el agua no se llevaba el olor a picadillo.
Andrés me acompañó hasta la puerta. Había parado de llover, pero la calle brillaba.
—Tú pagas por toda la familia, ¿verdad?
—Eso no es asunto tuyo.
—Sí lo es. Me metiste en tu mentira. Ahora voy a ver cómo te ahogas en ella.
Me ajusté el abrigo.
—Pues mira.
Sonrió y se subió a un carro rentado, un Passat oscuro.
—Nos vemos el lunes. Tampa. Debería dormir, Johanna.
Pero no dormí. En mi casa me senté en el sillón, todavía con el abrigo puesto, y leí en el celular el mensaje de mi mamá: "Gracias por los 3,500. Eres un tesoro."
No contesté. No borré la conversación. Puse el celular boca abajo en la mesita de centro.
El lunes por la mañana, antes del vuelo, fui al banco en la sucursal de Doral. Olía a una máquina de café que necesitaba una limpieza urgente. Delante de mí había una señora mayor que se equivocó tres veces con el PIN.
Cuando llegó mi turno, saqué la identificación de la cartera.
—Quiero cancelar una transferencia automática. Sale de la cuenta de mi mamá, para mi hermana. Seiscientos dólares mensuales.
La empleada detrás del mostrador tecleó.
—La transferencia lleva once años y tres meses activa. ¿Está segura?
No hice el cálculo mental, ya lo tenía hecho de antes.
—Seiscientos por doce por once. Son 79,200 dólares. Sí, estoy segura.
Me imprimió un comprobante. Lo metí en un sobre plástico transparente y lo guardé en la cartera.
En la parada de la Metrobus frente al banco, mientras se acercaba la ruta, abrí la aplicación del banco en el celular. Después le escribí a mi mamá: "La transferencia para Vanessa se acabó. De ahora en adelante pagan ustedes."
Me subí al bus, me senté junto a la ventana y vi pasar la ciudad. Anunciaron la próxima parada. No sentí nada. Eso fue lo peor.
Esa noche tocaron la puerta de mi apartamento. Tres veces, corto y fuerte.
Sabía quién estaba ahí antes de abrir. Mi mamá pasó empujándome a un lado, Vanessa justo detrás, con manchas rojas en la cara.
—¿Qué significa esto? —gritó mi mamá—. ¡No puedes hacer esto! ¡Ese dinero venía de Andrés!
Saqué el sobre de la cartera y lo puse en la mesa de la cocina.
—Ahí está el comprobante. Seiscientos dólares al mes. Once años. 79,200 dólares. Hoy se acabó.
—¡Eso no eras tú! ¡Era Andrés!
Saqué el celular, abrí la cuenta bancaria y se la mostré.
Ahí estaba, en blanco y negro: depósito de nómina, Suncoast Freight Logistics, 3,800 dólares netos, mes tras mes. Ningún Andrés. Ningún prometido.
—Andrés es mi jefe. No mi novio. Mentí, mami. Porque si no, me ibas a volver a decir que me iba a morir sola con mis papeles. Y mientras tanto, yo ya había pagado. Por todo.
Vanessa se puso a llorar.
—¿Y ahora cómo pago la universidad?
—Pregúntale a tu Kevin. Es tan prometedor. O a su etapa de transición.
Mi mamá empujó el sobre de la mesa. El papel voló al piso.
—Eres una persona de hielo. ¿Lo sabías?
Levanté el papel. Tenía un doblez en la esquina.
—Lo único que sé es que ya no soy la única que trabaja aquí.
Mi mamá agarró a Vanessa del brazo y la jaló hacia la puerta. La puerta se cerró de golpe detrás de ellas.
Me quedé un rato más en la cocina con el comprobante en la mano. Después tomé el celular y llamé a Andrés.
—Tampa mañana, 6:45 —dijo sin saludar.
—Ahí estaré —dije.
—¿Y la visita familiar?
—Se acabó.
Se quedó callado un momento.
—Qué lástima. Me estaba gustando seguir siendo tu prometido.
—Nunca fuiste mi prometido.
—Lo sé. —Su voz sonó divertida—. Hasta mañana, Johanna.
Colgué, saqué el papel del sobre plástico y lo metí en la trituradora junto al escritorio. El motor zumbó hasta que del comprobante solo quedaron tiras delgadas. Después abrí la laptop y reservé una mesa para esa noche en un restaurante del centro. Para una persona. La cuenta la pagaría yo misma.







