Yo vivo en el apartamento 4C del edificio de la calle Whittier, en Pilsen, desde hace veintidós años. Trabajo de cajera en la farmacia de la esquina, la de la Ashland con la 18, y conozco a casi todo el que pasa por ese pasillo porque los martes vendo lotería y los viernes cobran el cheque. A doña Refugio Salcido la conocí así, comprando su rosario de números y su café con leche en vaso de unicel. Todos la llamábamos doña Cuca.
Ella crió sola a sus dos hijos, Beto y Marco, en ese mismo edificio, en el 2B, después de correr al marido por borracho y tronado. Trabajó veinte años limpiando oficinas en el Loop, turno de noche, y de día cosía dobladillos para la tintorería de la esquina. Nunca se quejó. Yo la veía subir las escaleras con las bolsas del Aldi cargando siempre lo más barato para ella y lo mejor para los muchachos: la carne, los tenis, la mochila nueva de la escuela.
Cuando los hijos crecieron y se casaron, ella pensó que por fin le tocaba descansar. Beto se casó con Yesenia, una muchacha de Little Village que trabajaba en un salón de uñas. Marco se casó con Dulce, que hacía turnos en una bodega de Cicero. Y como en Chicago rentar dos lugares sale carísimo, los cuatro terminaron metidos con doña Cuca en el mismo apartamento de dos recámaras, ella durmiendo en la sala, en un sofá cama que yo misma la ayudé a cargar una vez que se le atoró en el pasillo.
Al principio no se oía nada raro. Pero como a los tres meses, empecé a escuchar gritos desde mi puerta, que está justo enfrente. Que si Yesenia no lavaba los trastes, que si Dulce dejaba el detergente donde no era, que quién le tocaba limpiar el baño esa semana. Doña Cuca siempre trataba de calmarlas, y las dos terminaban callándola a ella.
La noche que se armó el pleito grande yo estaba sacando la basura al basurero del pasillo, así que oí todo desde la puerta entreabierta. Era agosto, hacía un calor pegajoso, y las ventanas estaban abiertas porque el aire acondicionado de la ventana llevaba semanas descompuesto. Dulce gritaba que ella no era sirvienta de nadie, que Yesenia se hacía las uñas mientras las demás trabajaban. Doña Cuca trató de meterse:
—Mijas, ya, por favor, los vecinos van a pensar que aquí nos matamos.
Y fue Yesenia la que soltó lo que yo nunca voy a olvidar:
—¿Sabe qué, suegra? En vez de estar aquí de mitotera regañándonos, mejor váyase a trabajar de cuidadora a Nueva York o donde sea, y mande dinero para que rentemos algo y no andemos todos amontonados como sardinas.
Se quedó un silencio bien feo. Yo cerré mi puerta despacio, pero antes alcancé a ver a doña Cuca parada en medio de la sala con la bolsa de basura todavía en la mano, mirando a Dulce como esperando que dijera algo a su favor. Dulce solo resopló y se metió a la recámara.
Después de esa noche, ya no fue solo cosa de las nueras. Los hijos empezaron a meterse también. Yo la veía a doña Cuca en el pasillo, cada vez más flaca, más callada, y un día que le ayudé a subir las compras me contó que Beto le había dicho, muy serio, que ya tenía cincuenta y ocho años, que todavía podía trabajar, que otras señoras del barrio se iban a cuidar ancianos a otros estados y mandaban buen dinero, que con eso ellos podrían juntar para el enganche de una casa en Berwyn.
—Aquí ya no cabemos, mamá —le decía Marco—. Usted allá gana en dólares limpios, sin pagar renta, y nosotros aquí ahorramos lo que usted mande.
Como si el dinero que ella ya les había dado toda la vida no hubiera sido suficiente.
Yo la vi llorar una sola vez, sentada en las escaleras de emergencia, un domingo por la tarde mientras yo regaba mis geranios en la ventana. No dijo mucho. Solo que se sentía como un cajero automático con piernas. Yo le ofrecí un café, ella lo rechazó, dijo que tenía que subir a hacer la cena.
Como a las dos semanas, doña Cuca tocó mi puerta como a las nueve de la noche. Traía puesto el mismo suéter azul de siempre. Me pidió usar mi teléfono porque el suyo, uno viejito con tapa, se le había quedado sin minutos. Llamó a una prima suya, Herminia, que vivía en Queens y trabajaba de cuidadora para una agencia. Yo, para no ser chismosa, me fui a la cocina, pero el apartamento es chico y algo se alcanza a oír.
—Herminia, ya no aguanto… ¿todavía necesitan gente allá?
No supe qué contestó la prima, pero doña Cuca colgó con la cara distinta, como si le hubieran quitado un peso. Me devolvió el teléfono, me dio las gracias y antes de irse me dijo algo que se me quedó grabado:
—Usted no sabe lo que es que su propia sangre le enseñe la puerta, doña Rosa.
Cuando se corrió la voz de que doña Cuca se iba a Nueva York a trabajar de cuidadora con la agencia de la prima, los hijos se pusieron contentos, casi festivos. Yo los vi organizar hasta una comida de despedida con pollo asado del Pollo Campero de la Cermak, como si la estuvieran mandando de vacaciones. En la parada del autobús de Greyhound, donde varios del edificio fuimos a despedirla, ni uno de los dos hijos le preguntó si tenía miedo de irse sola a otra ciudad, a los cincuenta y ocho años, sin conocer a nadie más que a la prima. Solo hablaban de números.
—En cuanto le den su primer cheque, nos manda algo, mamá —le dijo Beto, cargando la maleta al compartimento del camión.
—Y pregúntele a la señora Herminia si le pagan por Zelle o en cheque, para que no se pierda con el cambio —añadió Marco.
Doña Cuca no dijo nada. Solo me apretó la mano a mí, que fui la única que se acercó a decirle que se cuidara, y se subió al camión.
Pasaron los meses y de vez en cuando la veía a través de Facebook, en fotos que Herminia subía: doña Cuca empujando una silla de ruedas por Roosevelt Avenue, doña Cuca frente a un edificio de ladrillo en Jackson Heights, doña Cuca con un abrigo nuevo color vino que yo nunca la había visto usar en Chicago. Se le notaba diferente. No sé si más feliz, pero sí más entera.
Un día de esos, casi dos años después, coincidió que Yesenia bajó a la lavandería del sótano al mismo tiempo que yo. Me contó, medio quejándose, que doña Cuca ya no mandaba dinero como antes, que decía que estaba "ahorrando para algo" y que a los muchachos ya les estaba dando coraje. Yo no dije nada. Pero por dentro pensé que esa señora, después de tanto tiempo dando todo lo que tenía, por fin estaba guardando algo para sí misma, y que eso, aunque a ellos les doliera, no era ningún crimen.
Cuatro años después de que se fue, doña Cuca volvió a Chicago. Yo la vi llegar en un taxi, no en el autobús esta vez, con una maleta nueva y el pelo teñido de un castaño bonito, con mechas. Se veía distinta: más derecha, con lentes de sol de marca, con esa seguridad de quien ya no debe explicaciones a nadie. Me abrazó en el pasillo antes de subir, y me dijo que iba a quedarse en un hotel esa noche, no en el apartamento con sus hijos.
—¿Y eso, doña Cuca?
—Porque ya no vivo ahí, doña Rosa. Vengo a arreglar unas cosas y a verlos, nada más.
Al día siguiente subió al 2B con una carpeta azul bajo el brazo. Yo, la verdad, no estaba invitada a nada, pero mi puerta seguía enfrente y esa tarde, con la excusa de tirar la basura, escuché lo que se armó. Los cuatro estaban ahí: Beto, Yesenia, Marco y Dulce, todos alrededor de la mesa donde antes se peleaban por los trastes.
—A ver, mamá, ¿cuánto junta uno cuidando viejitos allá en Nueva York? —preguntó Beto, casi sobándose las manos—. Porque para el enganche de la casa en Berwyn ya solo nos faltan como quince mil.
Doña Cuca abrió la carpeta despacio y sacó un papel, uno solo, y lo puso en el centro de la mesa. Yo alcancé a ver, por el resquicio de la puerta, que era la copia de una escritura.
—Aquí está —dijo—. Compré un condominio de una recámara en Jackson Heights. Cuarenta y un mil dólares, pagados de contado, con lo que ahorré en estos cuatro años. Ya está a mi nombre.
Se hizo un silencio raro, de esos que pesan.
—¿Y… y para nosotros? —preguntó Marco, con la voz ya quebrada.
—Para ustedes no hay nada, mijo. Porque ustedes ya tienen este apartamento, que además es mío, y que voy a seguir rentándoles, como siempre, mientras me sigan pagando la renta a tiempo. Y porque yo, en veintidós años que llevo viviendo en este país, nunca tuve algo mío, algo que nadie me pudiera quitar ni de donde nadie me pudiera correr.
Yesenia intentó decir algo sobre lo mal que se había sentido doña Cuca esos años atrás, algo de que "ya habían cambiado", pero doña Cuca levantó la mano, tranquila, sin gritar.
—Guárdenlo. Ustedes me mandaron a cuidar ancianos ajenos porque yo aquí les estorbaba. Pues me fui. Cuidé viejitos, sí, y también me cuidé a mí. Y ahora tengo un lugar donde nadie me va a decir otra vez que mejor me vaya.
Cerró la carpeta, la puso bajo el brazo y salió del apartamento sin dar un portazo. Pasó frente a mi puerta, que yo ya había cerrado casi del todo, y antes de bajar las escaleras se detuvo un segundo en el pasillo, junto a la ventana donde siempre tuve mis geranios. Se quedó viendo la calle un momento, como si calculara cuántas veces había subido y bajado esas mismas escaleras cargando bolsas del Aldi. Después siguió bajando, con la carpeta bien apretada contra el pecho, hacia el taxi que la esperaba con el motor prendido.







