La chica que cambió Moscú por un galón de gasolina y un M4

La chica que cambió Rostov por un galón de gasolina y un M4

Nadie en el barrio de Hialeah se explicaba por qué Yaroslava Petrenko, veintitrés años, acento raro, hablaba un español con giros de otro país y se negaba a decir de dónde venía cuando se lo preguntaban en la lavandería de la calle 49.

—¿Tú de dónde eres, mami? —le preguntó una vez la señora que dobla toallas en la mesa de al lado.

—De Ucrania —contestó Yaroslava, sin levantar la vista de la secadora número 6.

No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Y esa verdad completa tenía nombre, fecha y un rifle de por medio.

Todo empezó en Rostov, del lado ruso de la frontera, en un cuarto con una laptop encendida hasta las tres de la mañana. Yaroslava tenía quince años en 2014 y se pasaba las noches comparando versiones de noticias, tachando mentiras con un lápiz sobre hojas impresas. A los diecinueve agarró una maleta, un pasaporte que ya le pesaba como una piedra en el bolsillo, y cruzó la frontera hacia Ucrania con doscientos dólares y la idea fija de no volver a pisar suelo ruso mientras esa guerra siguiera.

Antes de eso había hecho castings, fotos para catálogos, clases de actuación los sábados. Cambió los flashes por un campo de entrenamiento a las afueras de Dnipró. Como su pasaporte era ruso, el ejército regular ucraniano le cerró la puerta —"con ese documento no entras ni de cocinera", le dijo un oficial en la primera fila del cuartel—, así que buscó un batallón de voluntarios por su cuenta. Un mes de selección: medicina táctica, manejo de explosivos, ingeniería de campo. En el polígono de tiro descubrió que le temblaba menos el pulso que a la mayoría. Empezó como tiradora.

—Esta se cree que esto es una pasarela —dijo uno de los instructores el primer día, sin bajar la voz para que ella lo oyera.

Ella no contestó. Hizo el doble de guardias que le pedían y cargó lo mismo que cargaban los hombres: treinta y cinco kilos de equipo a la espalda, ocho kilómetros de marcha. Seis meses así, hasta que dejaron de llamarla "la rusa" y empezaron a llamarla Katana, por una réplica de espada japonesa colgada en la pared de la base que ella miraba fijo cada vez que pasaba.

El 24 de febrero de 2022, a las cinco y veinte de la madrugada, la despertó el sonido de una explosión a lo lejos, en dirección al aeropuerto de Hostomel. Vivía entonces en un departamento de dos ambientes en las afueras de Irpin, con cuatro perros rescatados de la calle y un gato ciego de un ojo llamado Boroshno. No agarró primero el equipo de combate. Agarró las correas.

Llamó a un conocido con una camioneta, un tal Vitali, que llegó cuarenta minutos después con el tanque casi vacío.

—Tengo un galón, no más —le dijo Vitali por la ventanilla—. Con eso no llegamos ni a Zhytomyr.

—Con eso llegamos hasta donde llegamos —contestó ella, y metió a los cuatro perros en el asiento trasero mientras el gato maullaba dentro de un bolso de lona.

Condujeron dieciséis kilómetros bajo un cielo con humo negro a la izquierda. A la altura de Bucha, un control improvisado los detuvo: tres hombres con brazaletes azules y rifles apuntando al parabrisas. Yaroslava bajó la ventanilla, mostró su identificación del batallón y el M4 que llevaba cruzado al pecho, culata contra el hombro, cañón hacia abajo.

—Soy de la 112 —dijo—. Llevo animales, no armas para nadie más que para mí.

El galón de combustible alcanzó justo para dejar a los animales con una familia conocida en Zhytomyr y volver a Irpin con el tanque en cero, empujando la camioneta los últimos doscientos metros hasta un puesto de reabastecimiento militar. Recién entonces se presentó en su unidad, veintidós horas tarde, y nadie le dijo una palabra al respecto.

De ahí en más fueron meses de barro y frío: Irpin, Bucha, después Jersón, después Bajmut. Compañeros que no volvieron —contó siete nombres en un cuaderno que todavía guarda—, heridos que sí, evacuaciones bajo fuego de mortero. Hizo un curso de paramédico de combate con un batallón médico de voluntarios y empezó a cargar más morfina que balas en el chaleco.

En marzo de 2023, durante una evacuación cerca de Bajmut, encontró tres perros encerrados en un sótano, sin agua desde hacía días, mientras la artillería rusa caía a unos ochocientos metros. Sacó primero a los heridos en la camilla. Volvió por los perros con el M4 al hombro y un bidón de gasolina de cinco litros que cargó ella sola, agachada, corriendo entre dos edificios reventados, mientras un compañero cubría la retirada disparando ráfagas cortas hacia una arboleda. Metió a los tres animales en la parte de atrás de un vehículo blindado de transporte, entre cajas de munición vacías, y condujo doce kilómetros hasta la retaguardia con el olor a pólvora y a pelo mojado mezclándose adentro del vehículo.

—Si mueres por un perro, te mato yo mismo —le dijo su comandante esa noche, mientras ella limpiaba el rifle con un trapo.

—Todavía no me morí —contestó ella, sin levantar la cabeza del arma.

Su madre, que también había dejado Rostov por las mismas razones, se instaló con ella meses después en un departamento cerca de Kramatorsk. Entre las dos cuidan ahora a nueve animales rescatados. Cuatrocientos dólares al mes se van en veterinario y comida —lo dijo una vez, contando billetes sobre la mesa de la cocina, sin quejarse, solo haciendo cuentas.

Después de todos esos años peleando por Ucrania, todavía no tiene ciudadanía ucraniana. Las mismas restricciones que existen para ciudadanos rusos le cierran la puerta del pasaporte que quiere. "Salvo gente y no puedo ni sacar un DNI ucraniano", dijo una vez, golpeando con dos dedos el mostrador de una oficina de migraciones en Kiev, antes de que la empleada le explicara, otra vez, que su caso "está en revisión".

Va a terapia dos veces por mes y toma sertralina, cien miligramos, desde hace un año. "Sin eso no aguanto los ruidos fuertes", dijo una vez, mientras guardaba el frasco en la cartera antes de salir a trabajar un turno en un restaurante de Hialeah, porque ahí es donde terminó viviendo desde hace ocho meses, después de una lesión en la rodilla que la sacó del frente y un programa de reubicación para veteranos extranjeros que la trajo a Florida con una visa humanitaria y dos maletas.

Una vez le preguntaron qué era lo que más miedo le daba.

—Terminar en Rostov —contestó, sin dudarlo—. Ahí sí que no vuelvo.

En Hialeah, los sábados, Yaroslava sigue yendo a esa lavandería de la calle 49, con dos perros esperándola afuera atados a la reja con una correa hecha de cordón de zapatos. Saca la ropa de la secadora número 6, la dobla sobre la mesa de metal sin decir una palabra, y sale a desatar a los perros mientras la señora de las toallas la mira irse sin volver a preguntar nada.

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Sixty & Me
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