El viento me golpeó la cara al bajar del sedán. Dos horas y media de carretera desde San Antonio, una parada en una gasolinera para comprar una botella de agua, y todavía no estaba segura de poder dar el último paso. El doctor Moncada lo había dicho en la consulta del jueves: «Tienes que volver a ver el agua». Como si fuera lo más fácil del mundo.
El estacionamiento era de grava suelta. A diez metros, una Ford F-150 blanca tenía el cofre levantado y un hombre le revisaba el motor. Un perro callejero dormía bajo una mesa de pícnic oxidada. La radio de otra camioneta soltaba el noticiero de KVIA, desde El Paso. El aire traía olor a mesquite y a pescado muerto.
Lago Amistad. Cerca de Del Rio. No había vuelto desde el día en que Mateo se perdió. Bueno, desde el día en que lo declararon desaparecido. Nunca hubo cuerpo. Nunca hubo un funeral de verdad. Solo una misa con una silla vacía y una foto suya enmarcada.
Caminé hacia la orilla. Cada paso me costaba. La grava crujía bajo mis tenis. Un niño pasó corriendo con una tabla de paddleboard, y el papá le gritaba que tuviera cuidado. El agua marrón verdosa se movía con el viento. No era como el mar. No tenía esa inmensidad que aplasta, pero aun así me hizo detener a medio camino.
El estómago se me cerró. Por un segundo vi la camiseta de Mateo, la de los San Antonio Spurs, tirada en la silla del porche. Ese detalle no tiene nada que ver con el lago. Pero así funciona esto: una imagen trae la otra, y de repente estás otra vez en el peor día de tu vida.
Llegué al borde. Me quité los tenis. El lodo estaba frío. Una señora con sombrero de paja me observaba desde una silla plegable, a unos veinte metros. No me importó. Di un paso, luego otro. El agua me tocó los tobillos.
Y entonces lo vi.
No al principio. Primero vi a una niña de unos tres años, con un vestido amarillo, agachada junto al agua, llenando un balde rojo. Luego vi a un hombre arrodillado a su lado. Le alcanzaba una pala de plástico. La niña rió. El hombre la levantó y le dio una vuelta en el aire.
Su postura. La forma en que doblaba los hombros. El gesto de apartarse el pelo de la frente.
Me quedé quieta. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en las sienes. No podía verle la cara todavía. Pero había algo en la manera en que se movía.
El hombre se puso de pie. Giró ligeramente. La luz del atardecer le dio de lleno.
Mateo.
No podía ser. Mateo estaba muerto. Lo habían declarado muerto hacía dos años. Había firmado papeles en la corte del condado de Val Verde. Había recibido el cheque del seguro de vida. Había llorado sobre ese cheque durante tres noches seguidas.
Y sin embargo,







