Yo sabía que esto iba a terminar mal desde que vi a mi cuñada Yadira ponerse los aretes de mi esposa. Fue en la fiesta de cumpleaños de mi suegra, en el patio de su casa en El Paso. Mayo, un calorón que derretía el hielo en las tazas de horchata. Yadira se acercó a Camila, mi mujer, y le dijo con esa vocecita que pone cuando quiere algo prestado:
—Prima, ¿me dejas tantito los aretes? Es que este vestido no luce sin algo brillante.
Camila dudó. Esos aretes de zafiro no eran de tienda. Se los mandé a hacer en Ciudad Juárez con un joyero que trabajaba para mi abuelo. Once mil dólares. Un dineral que junté durante meses, haciendo horas extra en el taller de transmisiones de la San Fernando. Se los di para nuestro quinto aniversario.
—Nomás hoy, prima, te lo juro —Yadira juntó las manos como si rezara—. Mañana te los devuelvo.
Camila es buena gente. Demasiado, a veces. Se los quitó ahí mismo, se los pasó por encima de la mesa y Yadira se los puso brincando como chamaca.
Pasó una semana. Luego dos. Yadira no llamaba. Camila le mandó un mensaje por el grupo de la familia. Le escribió directo. Nada.
Un viernes en la noche llegué del taller oliendo a aceite quemado y encontré a Camila sentada en la cocina, con el teléfono en la mano y los nudillos blancos de apretarlo.
—¿Qué pasó, mi amor?
—Tu prima subió una foto al Face —dijo sin levantar los ojos—. Está en una quinceañera en Horizon City. Trae mis aretes.
Me asomé a la pantalla. Ahí estaba Yadira, sonriendo frente a un pastel de tres pisos, con los zafiros colgándole de las orejas como si los hubiera heredado.
—Le voy a hablar —dijo Camila.
Y le habló. Yadira contestó a la tercera llamada, con música de banda de fondo.
—Ay, prima, qué pena —le oí decir desde mi lado—. Es que se me olvidó por completo. Tú sabes cómo es uno con tantos pendientes.
—Ya va un mes, Yadira.
—¿Un mes? ¿Tanto? Ay, no mames, el tiempo vuela. Te los llevo el sábado, te lo juro por mi mamá.
El sábado no vino. Ni el domingo. El miércoles siguiente, Camila se puso un vestido azul y manejó hasta la casa de mi suegra, donde Yadira vive desde que la corrieron del trabajo en el consultorio dental. Yo la acompañé, porque ya me la sabía.
La sala olía a pino, como siempre que mi suegra doña Alma terminaba de trapear con Fabuloso. En la tele pasaban un capítulo viejo de una novela turca doblada. Yadira estaba tirada en el sillón, comiendo Takis de una bolsa morada, y traía los aretes puestos.
—Yadira, vine por lo mío —dijo Camila.
Mi prima ni se enderezó.
—¿Lo tuyo? ¿Qué cosa?
—Los aretes. Me los prestaste hace un mes.
—Ay, prima, qué intensa te pones —Yadira se chupó los dedos manchados de rojo—. Si te los iba a devolver, nomás que se me anda pasando.
—Pues que no se te pase más.
Fue la gota que derramó el vaso. Doña Alma salió del pasillo secándose las manos en el mandil, con el ceño fruncido.
—¿Y ahora qué traen? —preguntó mirándonos a los dos—. Mi hija se estaba echando una siesta tranquila y llegan a armar pleito.
—No es pleito, señora —dijo Camila sin alzar la voz—. Nomás quiero que me regresen lo que es mío.
—¡Ya oíste, mamá! —Yadira se levantó del sillón dejando caer la bolsa de Takis al piso—. Me está diciendo ratera sin decirlo, ¡así son las viejas venenosas!
—Nadie te dijo ratera.
—Pero lo estás pensando —Yadira se apretó los aretes contra las orejas—. Pues no te los doy. Te los doy cuando me hinque la gana. Son prestados, no rentados.
Ahí fue donde me metí yo.
—Yadira, no mms. Deja de estar chingando y entrégale sus cosas a mi mujer. Ahorita.
Doña Alma se paró frente a su hija, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Güero, no le hables así a mi niña. Ella no tiene la culpa de que tu vieja sea tan apretada. Son unos pinches aretes. No se va a morir nadie por esperar otro rato.
—Un mes no es “otro rato”, señora.
—Pues la próxima vez que no preste —dijo doña Alma, como quien cierra una ventana.
Camila me tocó el brazo.
—No vamos a pelear —dijo en voz baja—. Mejor vámonos. Ya no discutas con tu familia por mi culpa.
Y yo, como pendejo, me callé y nos fuimos.
Manejamos de regreso en silencio. Camila iba viendo por la ventana, las luces de la I-10 pasando de largo. Yo apretaba el volante tan fuerte que se me clavaban las uñas en la palma. El silencio entre los dos era distinto: no era el de dos personas cansadas, era el de dos personas que se acababan de dar de topes con pared. No hablamos del asunto en toda la noche. Ella calentó unos tamales de olla que había dejado mi mamá y se fue a la recámara a ver su serie. Yo me quedé en la sala, con la lámpara apagada, viendo los focos de los carros reflejados en el techo.
Pasó un mes más. Yadira seguía subiendo fotos. Una boda en Las Cruces, un baby shower en Central, una cena en el Chico’s Tacos del centro. En todas, los aretes de Camila colgándole como trofeo.
Fue un sábado en la mañana, caluroso y seco, cuando Camila se paró frente al espejo del tocador y se puso un vestido rojo, de esos que sólo usaba para ocasiones importantes. Se recogió el pelo en una cola alta y se echó un poco de rubor. Luego abrió el cajón de la cómoda y sacó una carpeta azul. La carpeta donde guardaba los documentos de la troca.
—¿A dónde vas? —le pregunté desde la cama.
—A casa de tu mamá. Y no vengas conmigo. Esto lo arreglo yo sola.
—Camila…
—Dije que yo sola, Gabriel.
Me quedé en la puerta viéndola irse. No me sentía bien dejándola ir así, sin respaldo, pero ella ya había tomado una decisión. Y cuando Camila toma una decisión, ni el cerro de Cristo Rey la mueve.
Regresó como dos horas después, con una calma extraña en la cara. No me contó nada ese día. Nomás se sentó en la sala, encendió el ventilador y se quedó viendo un programa de cocina, con una taza de té de manzanilla que ya se le había enfriado.
La semana siguiente fuimos al taller a recoger las llaves de una Silverado que le estaba armando la transmisión a un cliente de Anthony. Camila venía callada, revisando unos papeles en la carpeta azul. No le quise preguntar. En el estacionamiento del taller, sobre una banca de cemento, estaba sentada Yadira.
Sin maquillaje, con el pelo hecho un nido y los ojos hinchados de tanto llorar. Mi prima nunca iba al taller. Ese lugar le daba asco por el olor a grasa. Verla ahí me heló la espalda.
—Ay, primo —sollozó en cuanto me vio bajar—. Mira nada más lo que nos hizo tu mujer.
—¿De qué hablas, Yadira?
Se levantó de la banca, se sacó los aretes de la bolsa del pantalón y me los plantó en la mano. Estaban fríos, recién sacados de un sobre.
—Se los metió a mi mamá por la puerta grande —dijo, limpiándose la nariz con la manga—. Le mandó una carta a la aseguradora del carro y ahora mi mamá tiene que pagar once mil dólares por los daños del choque que yo tuve en marzo. ¡Once mil, Gabriel! Nos quitaron el seguro de la troca y nos bloquearon el refinanciamiento de la casa. Y tu mujer lo hizo en una sola semana, como si nada.
Camila se bajó de la Silverado con la carpeta azul pegada al pecho. Me entregó un manojo de llaves y se paró junto a mí, sin tocar a Yadira.
—Esos aretes eran míos —dijo—. Tuve que buscarlos yo sola, porque nadie en esta familia quiso ayudarme. Y mientras tú los traías puestos, yo pagaba las mensualidades del seguro de tu mamá. Once pagos mensuales de novecientos cuarenta y dos dólares, para ser exacta. La póliza estaba a mi nombre porque tu mamá tenía el crédito reportado por una deuda del hospital. Yo confié en ustedes y ustedes me dejaron sola.
Yadira abrió la boca, pero no le salió nada. Se quedó ahí parada, en medio del estacionamiento del taller, con los brazos caídos y el polvo pegado al pantalón.
—Ya no existe ese seguro —continuó Camila—. Lo cancelé el viernes. Tu mamá ya recibió la notificación por correo certificado. Y el abogado de mi trabajo me mandó una copia de la carta por si quieren reclamar algo.
Yadira me buscó con los ojos, como esperando que yo le echara la mano a la familia. Que le dijera a Camila que no se pasara de lanza. Pero yo ya lo había pensado muchas noches. Demasiadas. Y había tomado mi lado la noche en que dejé que mi mamá la corriera de la casa con la cartera vacía, sin abrir la boca yo también.
—Ya oíste a mi esposa —le dije a Yadira—. No hay nada más que hablar.
Mi prima dejó caer los aretes sobre una tarima de madera que hay junto a la puerta del taller. Ahí se quedaron, brillando entre las manchas de aceite y los tornillos viejos. Luego se fue caminando hacia la parada del camión, con los hombros encorvados y las chanclas arrastrando el polvo.
Camila se agachó a recogerlos. Los limpió con el dobladillo de su vestido rojo y se los puso, despacio, uno en cada oreja. Eran suyos. Se veían bien puestos. Como si hubieran vuelto a casa.
Esa noche no cenamos. Pedimos una pizza de pepperoni, nos sentamos en el porche a ver los murciélagos salir del puente de la calle Mesa y nos tomamos dos cervezas cada uno, sin hablar del tema.
A la mañana siguiente, Camila fue al joyero a que le cambiaran los ganchos por unos más seguros, de palanca italiana. Le pidió que le grabaran algo por dentro de cada arete, chiquito, donde nadie más lo viera.
Yo no le pregunté qué mandó grabar hasta que me enseñé a leer su letra en los recibos. Cuando vi la factura, entendí todo. Eran tres letras: “MÍA”.
Los usó todos los días de esa semana. Yo la veía arreglarse frente al espejo, con la luz de la mañana entrando por la ventana, y me daba cuenta de que ya no le temblaba la mano al abrochárselos.







