Los gatitos que se llevaron con ellos

Faltaban cuatro minutos para que saliera el autobús de Greyhound y Marcos ya se arrepentía de no haber sujetado a Daniela del brazo cuando todavía había tiempo.

—Te lo dije. Te dije que no los tocaras. Se va el bus y adiós a nuestras vacaciones, Dani. Adiós a Miami.

En el estacionamiento de la terminal de la calle Commerce, en San Antonio, dos gatitos negros —hermanos, idénticos hasta en la mancha blanca que ninguno tenía— se perseguían entre las llantas de un Honda Civic estacionado. El sol de las siete de la mañana les pegaba en el pelaje y por un segundo parecían dos manchas de tinta que alguien hubiera dejado caer sobre el asfalto.

Nadie los miraba. La gente entraba y salía de la terminal con sus maletas, con su café de la gasolinera Valero de la esquina, con el radio del carro sonando bajito una canción de Bad Bunny que se colaba por una ventanilla a medio bajar. Un perro callejero flaco cruzó la calle sin que nadie se detuviera tampoco por él.

Los gatitos llevaban seis días solos. Su mamá había salido a buscar comida y no volvió; probablemente un carro, probablemente algo peor. Desde entonces se turnaban para revisar los botes de basura detrás del Whataburger de la esquina, y cuando escuchaban pasos se quedaban quietos, mirando hacia arriba, esperando que esta vez alguien se agachara.

La mayoría no se agachaba. Peor: algunos se apartaban.

Esa misma mañana, una señora mayor había jalado a su nieta de la mano al verlos, como si fueran carbones encendidos. "Ese negro trae mala suerte, mija, aléjate." Antes, una madre joven le había dado un manotazo al hijito que quería acariciarlos. La superstición viajaba de generación en generación como una receta de familia, y en esa esquina de San Antonio nadie parecía cuestionarla.

—¡Daniela, no los toques! —gritó Marcos, ya con la mochila colgada de un solo hombro.

Ella no lo escuchó, o fingió no escucharlo. Dejó caer su bolso de mano sobre el asiento metálico de la parada y caminó hacia los gatitos como si algo tirara de ella desde el pecho. No tenía hijos todavía —llevaban dos años de casados y hablaban del tema sin llegar a nada—, pero algo en ella no le permitía pasar de largo frente a esas dos criaturas que temblaban un poco a pesar del calor.

—Ira, o sea, Dani —se corrigió Marcos, que a veces la llamaba por su segundo nombre cuando estaba nervioso—. En serio. Vamos a perder el bus.

Ella ya los tenía en los brazos. Uno se acomodó contra su cuello, ronroneando con ese motorcito ronco que tienen los gatos flacos. El otro le mordisqueó un mechón de pelo.

—¿Sabes qué dicen de esos, verdad? —insistió Marcos, parándose junto a ella con las dos mochilas.

—¿Qué cosa.

—Que traen mala suerte. Mi abuela me lo repitió como mil veces cuando era niño. Hasta me inventó un cuento de terror con eso, todavía sueño con eso a veces.

—Marcos, eso es un cuento. Literal.

—Bueno, pues cuéntaselo a mi coche cuando se descompuso el día que atropellé sin querer a uno en la 410.

—No fue el gato. Fue que ibas manejando con el celular en la mano.

Él no tuvo respuesta para eso. Miró el reloj del letrero de la terminal: tres minutos.

—¿Nos los llevamos? —preguntó ella, ya caminando hacia la fila.

—¿Cómo que nos los llevamos? Dani, vamos a Miami. En bus. Doce horas.

—Once con cuarenta, si no hay tráfico en Houston.

—¡Ese no es el punto!

El punto, para ella, no necesitaba explicación. Subió los escalones del autobús con un gatito asomando la cabeza por el cierre a medio cerrar de su chaqueta y el otro dormido dentro de su bolso, entre la cartera y un paquete de galletas Oreo.

El chofer, un señor con gorra de los Spurs y lentes oscuros, los miró de arriba abajo.

—Boletos.

—Aquí están, aquí están —dijo Marcos, sacando el sobre blanco de papel manila del bolsillo trasero de su mochila.

El chofer los revisó, asintió sin ganas y les indicó los asientos 14A y 14B. Marcos había pagado extra para que nadie más se sentara junto a ellos —no quería doce horas de viaje escuchando a un desconocido roncar o, peor, predicándole sobre el fin del mundo, cosa que le había pasado en un vuelo a Orlando dos años atrás.

Se acomodaron. Daniela sacó al gatito de la chaqueta y lo puso sobre sus piernas, tapado con una toalla de playa que llevaba para Florida.

—¿Ves? No pasó nada. Subimos al bus.

—Todavía —murmuró Marcos, sobándose la rodilla, que se había golpeado contra el reposabrazos al sentarse. Se quedó viendo a los gatitos de reojo, con esa desconfianza que uno le tiene a algo que quiere que le funcione y sospecha que no.

Cuarenta minutos después, en la primera parada técnica en New Braunfels, el chofer se paró frente a ellos con la lista en la mano.

—A ver, ahora sí. Los otros dos boletos.

—¿Cuáles otros dos? —preguntó Marcos, confundido.

—Compraron las cuatro plazas, ¿no? Pues los cuatro boletos, joven. No nada más los que me enseñaron.

Marcos volvió a sacar el sobre. Contó. Dos boletos. Faltaban dos.

—Un momento, un momento, deben estar aquí —dijo, metiendo la mano en la mochila, sacando el cargador, los audífonos, un mapa doblado de Florida, el cepillo de dientes que se le había olvidado guardar en el neceser.

—Dani, ¿tú agarraste los boletos de la mesa esta mañana?

—No, tú los agarraste. Yo te vi tomarlos del sobre en la cocina.

—Pues entonces deberían estar en el sobre completo.

—Y no están.

El chofer, con la paciencia de alguien que ha visto esto cien veces entre San Antonio y Houston, les dio cinco minutos.

—En la próxima parada, si no aparecen, se bajan. Reglas de la compañía.

Cuando se quedaron solos, Marcos empezó a vaciar la mochila entera sobre el asiento vacío de al lado.

—Te dije que no había que meterse con esos gatos. Ahora nos van a bajar del bus como polizones y adiós playa, adiós Airbnb en South Beach, adiós depósito de trescientos dólares que no nos van a devolver.

—Marcos, cállate con eso. Revisa bien la bolsa lateral del rin.

Daniela empezó a vaciar su propio bolso: la cartera, el celular con el treinta y dos por ciento de batería, el bloqueador solar, un paquete de chicles Trident, los lentes de sol, la libreta donde anotaba los gastos del viaje. Los boletos no aparecían por ningún lado.

Fue entonces cuando los dos gatitos, aburridos de estar quietos, empezaron a perseguirse entre los asientos. Uno saltó dentro de la bolsa abierta de Daniela; el otro se lanzó detrás de él. Adentro se armó un forcejeo de maullidos y garras.

—¡Sáquenlos de ahí! —dijo Marcos.

—Están jugando, no pasa nada.

—Van a romper algo.

Marcos metió la mano en la bolsa para sacarlos y se quedó congelado. Los dos gatitos tenían atrapado entre los dientes, cada uno de un extremo, un sobre blanco doblado que se les había resbalado por dentro del forro descosido del bolso.

—No puede ser.

Les quitó el sobre con cuidado —los dos animalitos gruñendo, sin querer soltar su nuevo juguete— y adentro estaban los otros dos boletos, con dos agujeritos diminutos de dientes en una esquina.

—¡Los encontramos! Dani, aquí están.

—Gracias a Dios.

El chofer regresó justo quince segundos antes de que se cumpliera el plazo.

—A ver.

Marcos le entregó los cuatro boletos. El hombre los revisó despacio, dándoles vuelta, buscando algo que reclamar. Se detuvo en los agujeritos.

—¿Y esto?

—Los gatos, señor. Se los llevaron a jugar.

El chofer soltó una risa corta, casi a su pesar.

—A mi gata le hizo lo mismo con mi licencia de conducir el año pasado. Tuve que sacar otra en el DPS y hacer fila dos horas. Ándele, vayan a sus asientos, ya nos vamos a atrasar.

Cuando el hombre se fue, Daniela se recostó en el hombro de Marcos, con los dos gatitos dormidos sobre la toalla de playa.

—¿Ves? No traen mala suerte. Al contrario.

—Ahora sí te creo —dijo él, y por primera vez en la mañana se rió de verdad—. ¿Nos los quedamos?

—Obvio que sí. Ya hasta les puse nombre. Ese es Miami y el otro es Cayo.

Llegaron a South Beach al día siguiente, un poco tarde, con la ropa arrugada de dormir sentados y los dos gatitos escondidos en una caja de zapatos forrada con la toalla, porque el Airbnb tenía política de mascotas y a nadie del edificio le pareció raro que dos gatos negros entraran cargados como si fueran equipaje de mano.

Once meses después, en la sala de su apartamento de Alamo Heights, Miami y Cayo duermen enroscados sobre el sillón mientras Daniela guarda en una carpeta los papeles de la adopción legal que acaba de firmar en la clínica veterinaria de la avenida Broadway —la misma donde, dos semanas atrás, el doctor le confirmó que por fin, después de tanto esperar, sí venía un bebé en camino. Marcos, sentado en el piso jugando con la cola de Cayo, ya no dice ni una palabra sobre la mala suerte.

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