A la quinta hija dejé de contarlas para afuera. La gente en el barrio de La Villita ya había hecho sus chistes. Que si no servía para hacer varones. Que si mi máquina solo sacaba muñecas. En la carnicería, don Chuy me gritaba desde atrás del mostrador: “¡Ay, Beto, ya mejor ponle un moño al delantal!”. Los hombres se reían. Yo pagaba mi medio kilo de bistec y me iba callado.
Carmela, mi mujer, se moría de la pena cada vez que nacía otra niña. Yo le decía que no, que así estaba bien, que todas venían sanas. Pero ella me veía salir al porche por las noches. Me sentaba en el escalón de concreto, prendía un cigarro y me quedaba viendo la calle. Sin decir nada. Ese silencio le dolía más que un grito.
Tuvimos ocho. Ocho hijas: Gloria, Marisol, Jenny, las gemelas Ceci y Paty, después Vero, luego Nancy y al final la más chica, Yesi. Ocho mujeres en una casa de tres recámaras en la 26 y Albany. Un desmadre de peines, ligas para el pelo, uniformes de la escuela, quinceañeras una tras otra. El pasillo olía siempre a fijador y a tortillas recalentadas.
Yo trabajaba en una mueblería en la Cermak. Hacía roperos, mesas, sillas, lo que pidiera el patrón. Buenas manos para la madera. Mi papá había sido carpintero en Durango, y su papá también. Aprendí el oficio viéndolos. Y todos esos años pensé: algún día un hijo va a estar aquí, junto al torno, y le voy a enseñar cómo se rebaja el filo de un formón, cómo se aploma una pata de mesa, cómo se cura la madera contra la polilla.
Pero no hubo hijo.
No es que no quisiera a mis hijas. Las quería. Claro que sí. Solo que no sabía qué hacer con ellas. Me leían los cuentos, les trenzaba el pelo antes de la escuela, les arreglaba las bicis. Pero el oficio, eso era otra cosa. Eso era de hombre a hombre, o al menos así lo tenía yo metido en la cabeza.
Cuando Yesi cumplió quince, Carmela me dijo: “Ya, Beto. Hasta aquí llegué”. Se cansó. El cuerpo no le daba para más. Y yo entendí: nunca iba a tener varón. Nunca iba a pasarle a nadie mi cepillo de carpintero ni mis sierras ni aquel banco de trabajo que me traje desde México. La línea se cortaba conmigo.
Las niñas crecieron. Se fueron casando. La casa se quedó en silencio, callada, como un taller después de que apagan la luz. Carmela y yo ya no salíamos a bailar ni íbamos a las carnitas asadas de la iglesia. Nos sentábamos a ver las noticias de Telemundo y a tomar café de olla. Ella se quedaba dormida en el sofá con el rosario en la mano.
Una tarde de invierno se durmió y ya no despertó. Tenía sesenta y ocho años. El velorio fue en la funeraria de la 18. Vinieron las ocho hijas, los yernos, los nietos. La casa se llenó otra vez. Vi a mis hijas alrededor de la mesa del comedor, ya no las muchachitas que corrían por el pasillo. Ahora eran mujeres con chamarras del trabajo, con bolsas de mano, con teléfonos. Una de ellas, Gloria, se acercó y me dijo que me fuera a vivir con ella a Berwyn. Otra me ofreció el sótano terminado en Cicero. Hasta hicieron un horario: seis meses con una, seis meses con otra.
Les dije que no, que de mi casa no me movía. Que ahí me quedaba.
Seguí viviendo solo. Al principio no estaba tan mal. Iba a la panadería, barría la banqueta, cuidaba el jardín. Pero el cuerpo se fue gastando. La rodilla derecha ya no me respondía. La presión alta me mandaba al hospital una vez al año. Una mañana resbalé en el hielo de la entrada y me quedé tirado como cuarenta minutos, hasta que el hijo de la vecina me vio por la ventana.
Mis hijas se asustaron. Yo les decía que estaba bien, que no era para tanto. Pero ellas ya estaban hablando entre sí, cuchicheando en la cocina como cuando eran niñas. Les pedí que no me estuvieran escondiendo cosas. Se miraron unas a otras. Luego Gloria sacó una libreta y me enseñó una lista de materiales: tablaroca, cemento, tejas contra el frío, piso laminado, una rampa para la entrada.
—Papá —dijo Gloria—, te vamos a renovar la casa.
—¿Con qué dinero?
—Ahorramos entre todas. Tu casa ya no aguanta otro invierno tal y como está. Y no queremos que te andes cayendo en la escalera.
—No necesito que me anden arreglando nada. Estoy bien.
—Papá, la vez pasada no podías ni subir los tres escalones del porche. Y el techo de la cocina gotea desde marzo.
No les contesté. Abrí la puerta y me salí a fumar.
Al día siguiente llegaron temprano. El sol todavía no calentaba cuando ya estaba afuera una camioneta pickup cargada con madera. Venía también una vagoneta blanca llena de cubetas, escaleras de aluminio, una mezcladora portátil. Y detrás, tres carros más. Se bajaron mis ocho hijas. Los yernos cargando paquetes de loseta en el hombro. Los nietos con guantes de trabajo.
Yo los vi desde la ventana. Había comida preparada: una olla grande de tamales que trajo Jenny, un tambo de agua fresca del de Ceci. Vero puso una bocina chica sobre el porche y puso música. Luego Gloria, con su chaleco de oficina, se plantó enfrente de mí y me dijo:
—Tú siéntate, papá. Nosotras le seguimos.
—Ustedes no saben ni mezclar cemento, hija.
—Por eso nos enseñaste a usar el taladro cuando éramos chicas, ¿te acuerdas? A mí me pusiste a lijar los gabinetes de la cocina como a los once años.
No le pude contestar.
Me quedé sentado en la silla del jardín, envuelto en una cobija de lana, porque el frío del lago no perdona. Me acerqué el cenicero. Veía a mis hijas ponerse los guantes y repartirse el trabajo como capatazas. Marisol tomaba nota en una hoja. Gloria peleaba con los yernos por los cortes de la madera. Jenny y Nancy levantaban una viga entre las dos. Ceci manejaba la mezcladora. Paty revisaba las bolsas de cemento y marcaba cantidades. Vero se metía al sótano con una lámpara en la cabeza. Y Yesi, la más pequeña, la que bailaba bachata en el pasillo cuando tenía quince y se robaba la cámara del celular para hacerse videos, Yesi estaba sobre una escalera, quitando la canaleta vieja con una barra de metal. Su esposo le pasaba los tornillos desde abajo.
Entonces vino Gloria y me pidió lo que no me había pedido nadie en la vida:
—Papá, enséñanos. Muéstranos cómo se clava bien un bastidor. Nosotras ponemos las manos, tú pones los ojos.
Me levanté. No por orgullo. Fue más como una sacudida en el pecho. Agarré mi martillo, el de mango de encino, y fui hasta donde estaban armando el marco de la pared nueva. Jenny me dio un clavo de tres pulgadas. Lo coloqué sobre la madera y le di tres golpes secos: uno para fijar, dos para entrar, tres para rematar. Mis hijas se acercaron a ver. Les enseñé cómo se le da al clavo sin torcer la punta, cómo se aprieta la caladora para que no vibre, cómo se mide a escuadra una esquina.
Esa noche no prendí el cigarro. Me senté en la escalera de la entrada, la vieja, la que ya iban a cambiar, y vi el techo de mi casa con la lona a medio quitar y las luces del porche encendidas. Pensé en Carmela. En que ella sí lo sabía desde siempre y nunca me lo echó en cara.
La obra duró seis semanas. Seis semanas en las que mis hijas no soltaron la casa. Iban a trabajar y venían al terminar sus turnos. Los sábados aparecían todas con overol. Me obligaban a desayunar frijoles y huevo antes de dejarme tocar una sola herramienta. Yo iba de un lado a otro, supervisando, corrigiéndoles la mano, enseñándoles lo que otros hombres de mi familia solo le enseñaban a los hombres.
Una mañana, Vero me dio una caja larga envuelta en papel periódico. “Es para ti”, me dijo. La abrí. Era un cepillo de carpintero nuevo, con las letras E.B. grabadas en el mango. Me reí. Les dije que mi cepillo viejo todavía servía, que para qué gastaban. Me lo quedé guardado mientras ellas terminaban el piso.
El día que pusimos la rampa, Yesi subió por ella correteando al nieto más chico. Los demás aplaudieron. Gloria se acercó, se sentó a mi lado en el sofá y me enseñó las manos llenas de astillas. Le pregunté que si le dolía. Me dijo que no, que estaba contenta. Luego me contó del dinero. Ochenta y cuatro mil quinientos dólares entre todas. No me preguntaron si me parecía bien. Ya lo habían decidido en mi propia cocina.
Al final, cuando ya se fueron, me quedé en la casa renovada. Silenciosa otra vez. Piso nuevo, ventanas que ya no silban con el viento, una rampa en la entrada, barandales en la regadera. Me senté en la silla del jardín con mi café. Vi la fachada limpia y pensé en los vecinos de La Villita, en los que tanto me jodieron con lo de las hijas. No me importa ya. Nueve de cada diez ya ni viven aquí.
Pero hay algo que no les he contado. Algo que no le diría a cualquiera en la carnicería. Cuando las ocho se pararon alrededor de aquella mesa para repasar el plano, cuando discutían entre ellas si la viga iba de este lado o del otro, cuando la más chica alineó el piso con una precisión que cualquiera envidiaría, ahí no vi a ocho hijas. Vi a ocho carpinteras.
Y tuve que esconderme en el baño un momento. No quería que me vieran así. Un tipo de ochenta y tres años con el oficio en la bolsa del mandil, con las manos temblando. Me lavé la cara con agua fría, me miré al espejo. Y me reí solo, como tonto, porque me acordé de mi apá, del taller en Durango, de todos los sábados que pasó esperando un nieto que nunca llegó a preguntarle cómo se barnizaba una buena pieza de encino.
Esa misma tarde fui al garage. Saqué mi banco de trabajo, el viejo, el que me traje de México. Lo recorrí con la lija. Le cambié una pata. Lo puse en el porche de atrás, contra la pared, donde le toca el sol de la mañana. Luego entré por el cepillo nuevo que me regaló Vero. Lo puse encima del banco. Y le quité el periódico.
Ahí está. En la casa que ellas arreglaron. Con sus nombres marcados con la punta de un clavo: Gloria, Marisol, Jenny, Ceci, Paty, Vero, Nancy, Yesi.
No era el hijo que esperé cuarenta años. Eran ocho. Y todos estos años yo ni cuenta me daba.







