Rosa Elena Domínguez no salió al patio esa mañana por el cielo. Salió por el cubo de plástico que había dejado la noche anterior bajo la bajante del techo, y que a esas horas ya estaba a punto de desbordarse. La lluvia llevaba tres días cayendo sobre Kissimmee, terca, sin pausa, como si alguien allá arriba se hubiera olvidado de cerrar la llave. Y entonces levantó la cabeza.
Ahí, en el poste de luz que había junto a la cerca trasera de su casa —el mismo donde, desde hacía más de treinta años, una pareja de cigüeñas construía su nido cada primavera— estaba él. Empapado hasta los huesos. Las plumas se le pegaban al cuerpo de tal forma que se le notaban las costillas bajo el blanco sucio del plumaje. Las alas apenas separadas, caídas hacia los lados, como alguien que sostiene un paraguas sobre otra persona y no se atreve a moverse.
—Ay, Dios mío —dijo en voz alta, para nadie más que ella misma—. Tú estás congelado ahí parado.
La cigüeña no se movió.
Rosa Elena vivía en esa casa de bloques color arena en la calle Live Oak desde que llegó de Guayaquil con su esposo, hacía ya veintiocho años. El barrio olía distinto según la hora: por las mañanas, a café colado y a pan cubano de la panadería de la esquina; por las tardes, cuando no llovía, a césped recién cortado. Ese poste con el nido llevaba ahí desde que ella y Reinaldo compraron la propiedad, y la primera vez que las cigüeñas volvieron a instalarse, su suegra, que todavía vivía, le dijo: "Mientras las cigüeñas sigan aquí, nosotros seguimos aquí." Rosa Elena nunca supo bien qué quería decir con eso, pero se le quedó grabado.
Ese año la pareja había llegado más tarde de lo normal. Rosa Elena ya se había puesto nerviosa —hasta le preguntó a su vecina Carmen si las había visto pasar por el vecindario. Carmen se rió y le dijo que no se preocupara, que esos pájaros sabían lo que hacían.
Llegaron el nueve de marzo. Rosa Elena estaba regando las matas de tomate en el patio cuando escuchó ese sonido tan particular sobre su cabeza: un traqueteo seco, como si alguien golpeara dos cucharas de madera muy rápido. Para mediados de abril ya se escuchaban chillidos débiles saliendo del nido.
La lluvia empezó un martes por la noche. Al principio era una lluvia normal de temporada, hasta agradable —el jardín se llenó de agua y Rosa Elena pensó que por lo menos esa semana no tendría que regar. El miércoles no paró. El jueves refrescó tanto que sacó del clóset una chaqueta que ya había guardado pensando en no usarla hasta noviembre. Y el viernes por la mañana salió por el cubo, y vio a la cigüeña.
Estaba parada justo en el centro del nido. Las patas abiertas como un compás. La cabeza baja, el pico largo y rojo casi tocando el pecho. Y las alas —no recogidas como siempre las tenía, sino extendidas hacia los lados y hacia abajo, como si estuviera cubriendo algo con ellas.
Rosa Elena se quedó mirando un buen rato. Después lo entendió. Debajo de ella, entre las patas, había tres polluelos apiñados en una bola gris de plumón. No se movían.
Entró a la casa, cogió el teléfono y llamó a su hijo, que vivía en Orlando.
—Mijo, ¿estás ocupado?
—Mami, estoy en el trabajo. ¿Qué pasó?
—Nada, nada. Es que la cigüeña del poste lleva tres días parada bajo la lluvia. No se ha bajado.
Silencio del otro lado.
—Mami. ¿Me llamas al trabajo por una cigüeña?
—Está empapada, Junior. Nunca en mi vida había visto un pájaro tan mojado.
Junior soltó ese suspiro particular que sueltan los hijos adultos cuando la madre llama con algo que para ella importa y para ellos no tanto.
—Mami, es un pájaro. Él sabe lo que está haciendo. No se te ocurra subirte a nada, que después te caes del poste y te tengo que andar llevando de un hospital a otro.
—Yo no iba a subirme a ningún lado.
—Menos mal. Bueno, te llamo esta noche.
Ella dejó el teléfono en el borde de la ventana de la cocina y se quedó parada ahí, mirando hacia afuera, un rato largo.
A eso del mediodía llegó Carmen a pedirle sal, aunque las dos sabían que a Carmen no le faltaba sal en su casa. Simplemente en un vecindario así, con esa lluvia, no había mucho más que hacer que tocar la puerta de la vecina.
—¿Viste al tuyo? —preguntó Carmen, señalando con la barbilla hacia el poste.
—Lo vi.
—Sigue ahí.
—Sigue ahí.
Las dos salieron al porche cubierto y se quedaron mirando.
—¿Y la otra? —preguntó Carmen de pronto—. Siempre son dos.
Rosa Elena no contestó enseguida. Ya lo había pensado esa mañana, pero no lo había dicho en voz alta —como si callarlo lo hiciera menos cierto. La compañera no había vuelto en más de veinticuatro horas.
Lo que hace una cigüeña cuando se queda sola
Hay algo que en Kissimmee, entre los que llevan años viviendo cerca del lago y conocen a estas aves, se sabe bien: las cigüeñas empollan y alimentan a sus crías en pareja, turnándose de forma estricta. Uno se queda en el nido; el otro sale a buscar comida —ranas, lagartijas, ratones de campo, insectos grandes. Después cambian. Funciona como un reloj, y casi nunca falla.
Pero cuando falta uno de los dos, el reloj se rompe.
A mediados de abril los polluelos todavía no tienen plumas de verdad. Solo plumón. Y el plumón mojado no abriga, igual que un suéter empapado no abriga a una persona. Tres días seguidos de lluvia fría es el límite para ellos. Por eso el ave adulta hace lo único que puede: se para encima de sus crías, abre las alas y convierte su propio cuerpo en techo. Y no se baja. No baja a comer. No baja a beber. No se sacude el agua de encima, porque sacudirse significaría dejarlos descubiertos, aunque sea un segundo.
El sábado la lluvia por fin amainó. No se detuvo del todo —pasó a ser una llovizna fina, de esas que dejan ver el sol asomando por detrás de las nubes. Rosa Elena salió al patio a las seis de la mañana. Casi no había dormido.
La cigüeña seguía en la misma posición. Solo que ahora Rosa Elena notó que se tambaleaba. Apenas, hacia adelante y hacia atrás, como alguien que se queda dormido parado en la guagua llena de gente después de un turno de doce horas.
Entró a la casa, sacó del congelador una bolsa de pescaditos que Junior le había traído en marzo de una pesquería cerca del lago Toho. Los descongeló bajo el chorro de agua tibia. Cogió un plato hondo, salió y lo dejó en el pasto, a unos tres metros de la base del poste. Después se retiró hasta el mango que tenía sembrado cerca de la cerca y se quedó esperando.
Pasó una hora sin que nada cambiara. Después la cigüeña volteó la cabeza. Despacio, como si el cuello no le respondiera bien. Miró hacia abajo. Y se quedó parada donde estaba.
El momento en que todo pudo haber terminado mal
Ya cerca del mediodía salió el sol de verdad. Rosa Elena estaba tendiendo ropa en el patio —no porque hiciera falta, sino porque las manos le pedían hacer algo. Y fue entonces cuando escuchó el traqueteo. No venía del nido. Venía del cielo.
Se le cayó una pinza de tender ropa de la mano.
Sobre el vecindario, bajo, pesada, venía descendiendo la otra cigüeña. También estaba empapada. Tenía el ala izquierda en una posición rara, más baja que la derecha, como si le estorbara.
Se posó en el borde del nido. Y entonces el que había estado parado ahí tres días hizo algo que Rosa Elena no olvidaría por el resto de su vida: echó la cabeza hacia atrás, hasta que el pico apuntó al cielo, y empezó a traquetear. Fuerte. Largo. Como para que lo escuchara todo el vecindario.
Carmen contó después que lo oyó desde su propio patio y que al principio pensó que alguien estaba golpeando el techo de metal con un martillo. La compañera respondió con el mismo sonido. Se quedaron ahí, frente a frente, traqueteando con los picos levantados, por casi dos minutos.
Y entonces, por fin, él plegó las alas.
Debajo de él algo se movió. Un polluelo. Después otro. Después el tercero. Los tres.
Lo que pasó después
No voló de inmediato. Primero estuvo un buen rato caminando por el borde del nido, estirando las patas entumecidas. Después se impulsó, pesado, y se fue hacia los pastizales cerca del lago —bajo, inseguro, por primera vez en tres días.
Rosa Elena lo siguió con la vista hasta que se perdió detrás de los árboles.
El plato con los pescaditos se quedó ahí, junto al poste. Él no lo tocó ni ese día ni el siguiente. Al anochecer se lo comió el gato del vecino, y esa vez Rosa Elena ni siquiera lo regañó.
Dos semanas después los polluelos ya se paraban solos, estirando el cuello por encima del borde del nido. Un mes más tarde se les veía desde lejos: patas largas, torpes, con esos mismos picos rojos, aunque más pálidos. Y en agosto se fueron. Los cinco.
La primavera siguiente, Rosa Elena los esperó desde finales de febrero. Salía cada mañana al patio y miraba al cielo, "como una boba", según decía ella misma.
Llegaron el veintiocho de marzo. Estaba parada en medio del jardín, con una bandeja de semilleros de tomate entre las manos, viendo cómo la pareja daba vueltas sobre el poste antes de posarse.
Dos. Igual que siempre.
Entró a la casa y llamó a su hijo.
—Junior.
—Mami, ¿qué pasa?
—Llegaron.
Él se quedó callado un segundo. Ella ya se había preparado para escuchar el típico "mami, ¿y qué con eso?".
—¿Los dos? —preguntó él.
Y Rosa Elena, sin darse cuenta, sonrió hablando por teléfono.
—Los dos.







