Yo me llamo Eduardo. Trabajo de archivista en un despacho de abogados en Hialeah, cerca de la Calle Ocho. No es gran cosa: doce años copiando expedientes, organizando carpetas, sacando fotocopias. Los dedos se me engarrotan por las tardes y la espalda me duele como si cargara bolsas de cemento. Con lo que me pagan apenas me alcanza para el cuartito que rento detrás de la lavandería de Don Tomás, donde el olor a suavizante de ropa se mete por la ventana aunque la cierre con llave.
Siempre fui el raro de la oficina. Los otros empleados salen a almorzar a La Carreta, piden pan con bistec y croquetas, se ríen de los chismes del jefe. Yo, en cambio, guardo la mitad de mi sándwich de huevo y salgo a buscar a los gatos callejeros que viven entre los carros del estacionamiento. Una vez el licenciado Menéndez me vio dándole pedazos de jamón a una gata preñada y movió la cabeza como si yo estuviera loco. No le dije nada. La gata me miraba con unos ojos amarillos de hambre y eso me importaba más.
Un viernes de agosto, de esos en que el asfalto quema hasta las suelas de los zapatos, venía caminando por la 49 con el termo vacío en la mochila y escuché un maullido finito, como un chillido. Me agaché junto a un arbusto polvoriento y ahí estaba: un cachorro flaco, naranja, con las costillas marcadas y una oreja mordida. Lo envolví en la camisa de trabajo, que ya estaba sudada, y me lo llevé a casa. Esa noche el gato se quedó dormido en la almohada, hecho una bolita que ronroneaba.
Le puse Sherlock. No por los libros, que no he leído, sino porque siempre tiene una cara de estar resolviendo algo que los demás no entendemos. Se sienta al borde de la cama, me mira con esos ojos color café con leche y empieza a maullar bajito, como si rezara. Y yo le contesto. Le cuento del trabajo, de las piernas cansadas, de la muchacha de la panadería que me sonríe cuando pago el café. Sherlock es mi única compañía y con eso me basta.
Una noche de diciembre, frente al edificio pusieron un nacimiento con luces parpadeantes y en la lavandería sonaba la misma canción de José Feliciano una y otra vez. En la oficina habíamos ganado un caso de esos que nunca ganamos: un accidente en una fábrica de muebles, tres años de papeles. El licenciado Menéndez estaba tan contento que mandó pedir pizza y refrescos para todos, y alguien trajo una botella de ron escondida en la hielera. Yo no tomo, pero me sirvieron un poco con Coca-Cola y, bueno, uno es débil.
Llegué a casa pasada la medianoche, con la cabeza liviana. Le serví agua fresca a Sherlock, le di su lata de comida que guardo en la alacena y me acosté sin quitarme los zapatos. Y entonces empezó lo que no me explico.
Soñé con una calle de piedra donde llovía ceniza. Había un hombre bajito, de barba, escribiendo en una mesa coja con una vela a punto de apagarse. El gato —mi gato— caminaba por la habitación rozándole los tobillos. Y el hombre escribía sin parar. Yo podía oler la tinta, podía sentir el frío, podía escuchar las palabras que se iban formando en el aire.
Me desperté a las tres y media, con la boca seca y un ardor raro detrás de los ojos. Me senté en el borde de la cama, respirando como si hubiera corrido. En la mesa, junto a los recibos de la luz, había un bolígrafo. No sé por qué lo tomé. Y empecé a escribir.
No pensaba. Las frases salían solas, hiladas, como si alguien me dictara despacio y yo solo fuera la mano. Escribí durante una hora, hasta que me dolieron los dedos del modo que ya conocía, pero distinto. Sherlock me observaba desde el piso, sin moverse, apenas parpadeando.
Así pasó una semana. Cada noche, el mismo sueño con variaciones. Cada mañana, yo frente al cuaderno de espiral que compré en la farmacia de la esquina, escribiendo hasta que el despertador chillaba. Llegaba tarde al trabajo, con los ojos rojos, y la supervisora me preguntó si estaba enfermo. Le dije que era el cambio de clima. Me creyó.
El sábado por la mañana, cuando puse el punto final de una pieza de teatro que yo no sabía que llevaba por dentro, conté las páginas: ochenta y siete. Ochenta y siete páginas en letra apretada. Lo titulé *Andronico*. Lo sentí correcto, como si el nombre ya estuviera en la historia desde antes de mí.
Pedí tres días libres. Me puse la guayabera blanca que guardo para los bautizos de la familia Leiva, que son los únicos que me invitan a algo, y fui a una imprenta pequeña en la Calle Ocho, de esas que hacen revistas locales y folletos para iglesias. Dije que tenía una obra de teatro. El dueño se rió y me pidió que la dejara. La leyeron en dos días.
Me publicaron. Bueno, me la publicaron en una edición de doscientos ejemplares, con una portada roja horrible y un nombre en la parte de abajo: *William Shakespeare*. Me dio vergüenza decirle al imprentero que ese no era mi nombre. Él supuso que era un seudónimo elegante y yo, por cobarde, por tonto, lo dejé pasar.
Ahora los ejemplares se venden en la librería de usados de la avenida y en el mercadito del sábado. Y aquí viene lo que de verdad me quita el sueño, lo que no le he contado a nadie porque me tomarían por borracho o por cosa peor: el gato.
Sherlock sabe. No sé cómo, pero sabe. Anoche lo encontré sentado sobre el cuaderno, con una pata encima de la portada roja, y me miró de una forma que no olvido. No era la mirada de un animal que pide comida. Era una mirada de entendimiento, de esas que te revisan por dentro. Y por primera vez en doce años de hablar con él, sentí frío en la espalda.
Le pregunté en voz alta, como siempre hago:
—¿Qué hago, Sherlock? ¿Dejo la mentira quieta o digo la verdad?
El gato cerró los ojos. Respiró. Y empezó a maullar.
No era un maullido de hambre. Era una cantinela, un murmullo largo y modulado, como las oraciones en la iglesia a la que iba de niño con mi abuela. Me quedé quieto, con las manos sobre las rodillas, escuchando. Entonces entendí el sonido. No con las palabras, pero sí con los huesos. Y supe lo que tenía que hacer.
A la mañana siguiente, domingo, me puse una camisa a cuadros y fui caminando hasta la librería de usados. Llevaba el contrato de la imprenta doblado en tres y la última copia de la portada roja en una bolsa del supermercado. Entré. El viejo que atiende, un boricua que vende también estampitas de santos, me reconoció.
—Llegó el Shakespeare —me dijo, burlándose suave.
No me reí.
—Me llamo Eduardo Andrés Silva —le contesté—. Nací en Managua, no en Inglaterra. No sé por qué escribí esta obra. No fue mía del todo, no me pregunte. Pero no es William Shakespeare.
El viejo dejó la taza de café sobre el mostrador. Los fanáticos que revolvían libros de misterio levantaron la vista. Yo saqué los papeles y los puse sobre la caja registradora.
—Quíteme el nombre —dije—. Y si ya vendió quince ejemplares sin fecha, póngales una nota que diga: autor desconocido. Eso es lo que soy.
El boricua me miró los zapatos, que estaban polvorientos, y luego la cara. No hizo preguntas. Tomó el contrato, lo leyó por encima y dijo:
—Vale, Silva. Autor desconocido.
Me fui sin comprar nada. En la calle, el sol de Hialeah me dio en la cara como una cachetada tibia. Caminé hasta la lavandería de Don Tomás y me senté en los escalones del frente, al lado de una máquina de chicles descompuesta. Sherlock salió de entre los carros, con la cola alzada, y se restregó contra mi pierna.
—Ya está —le dije en voz baja, mientras le rascaba detrás de la oreja mordida—. Ya no soy Shakespeare. Soy yo.
El gato parpadeó una vez, lento, como asintiendo sin asentir. Y por primera vez en semanas, me quedé sentado en el escalón sin culpa, viendo pasar los carros, escuchando el ruido de las secadoras y sintiendo que la espalda me dolía un poco menos.







