# Siete años en el refugio me enseñaron algo

Siete años en el refugio del condado de Harris me enseñaron una cosa: no mires a los ojos. Todo el que llega mira, suspira, a veces hasta se arrodilla junto a la reja. Y después sigue caminando. En todos esos años vi cientos de pares de ojos, y todos se quedaron del otro lado del alambre.

Aquel día estaba tirado en mi jaula, en el rincón de la caseta número cuatro. El hueso del día anterior seguía ahí, intacto. Llovía desde la mañana.

Él llegó por la tarde. No como los demás, esos que siempre entraban en pareja, con un niño de la mano y una bolsa llena de golosinas. Este entró solo. Se detuvo frente a la primera jaula, pero a mí no me vio todavía. Pasó la segunda, la tercera. En la cuarta se quedó más tiempo del que nadie se había quedado antes. Me miraba, y yo hice como que no me importaba.

Entonces hizo algo que nadie había hecho jamás. Se sentó. Así nada más, se sentó en el piso de concreto, con su chaqueta clara, y estiró la mano. No entre los barrotes, sino a un lado, a la altura de mi cabeza.

No ladré. No moví la cola. Me quedé quieto.

Nos quedamos así como un minuto bueno. En el refugio los minutos se estiran como semanas. Al final me acerqué. Sus manos olían distinto a las de todos los que habían pasado por ahí: no a cigarro, no a desinfectante, no a esos tacos baratos de la esquina. Olían a café con leche y a algo húmedo, como pan recién salido del horno.

Le lamí los nudillos. Retiró la mano, pero no de asco, sino de sorpresa. Después metió los dedos entre los barrotes y me tocó la cabeza. Y ahí lo escuché tomar aire. No como cuando uno suspira. Más profundo. Como si respirara de verdad por primera vez en mucho tiempo.

En el refugio se dice que es el perro el que elige al humano. Pura mentira. El humano elige al perro, nomás que finge que es al revés para que a él también se le haga más fácil.

Volvió dos días después. Esta vez con un collar. Rojo, con hebilla de metal. Barato, de Walmart, pero nuevo. Me dijo que todavía no sabía cómo ponerme nombre, porque eso era cosa seria. Que necesitaba tiempo. Se quedó parado frente a mi jaula hablándome como si yo pudiera contestarle.

El lunes firmó los papeles. La señora que dirigía el refugio, doña Carmen, me dio para el camino un puño de galletas y me dijo: "Ándale, Rusty. Esta vez te tocó uno bueno." El nombre me lo puso él mismo: Rusty se quedó, aunque él quería algo más elegante. Duke, tal vez. Pero Duke es un perro que espera veinte años. Yo no pensaba esperar ni un minuto más de lo necesario.

Me llevó a su casa. Un estudio en el tercer piso de un edificio por la calle Airline, cerca del norte de Houston. En el piso de la cocina ya había puesto cartón, y en la barra lo esperaba todavía caliente un plato de comida de la fonda de la esquina. Comí, y él se sentó al lado en un banquito, mirándome como si no pudiera creer que en su casa hubiera un perro.

Casa. Hacía tiempo que no decía esa palabra así. Antes se decía: jaula, refugio, caseta. Ahora digo: casa.

Esa noche me preguntó si prefería que dejara la luz del pasillo encendida. Sinceramente, sí. Creo que él también.

La primera semana fue rara. Yo me acostumbraba a que nadie me sacara con cadena a las seis de la mañana. Él, a que alguien lo siguiera por el departamento comiéndose las migajas antes de que tocaran el piso.

En las noches, cuando no podía dormir, se sentaba en la cocina con una taza de té de manzanilla, receta de su abuela. Siempre servía una segunda taza, para él mismo. Y yo me acostaba debajo de la mesa fingiendo que dormía. Era para que no notara que lo estaba cuidando.

Tres meses después me dijo que un día tendría que ir a trabajar y que regresaría en la tarde. No sabía qué era trabajar. Me dijo que no me preocupara, que iba a volver. Yo le dije lo mismo, pero a mi manera: puse la cabeza sobre sus zapatos, para que entendiera que esos no eran zapatos cualquiera, sino los zapatos con los que saldríamos a caminar juntos apenas regresara.

Y así fue. La oficina donde trabajaba quedaba a quince minutos de casa. Quince minutos. Lo compruebo todos los días, porque todos los días pasamos por ahí. Primero al parque, después bordeando las vías del tren, y luego de regreso. A veces se para en el puente y se queda viendo el agua del arroyo. Entonces yo me siento a su lado. No ladro. Miro con él.

Siete años en el refugio, y este hombre me salvó la vida en un martes lluvioso. Se lo cuento a todos los perros que nos cruzamos en los paseos. Algunos no me creen. Otros entienden.

Esta mañana encontré en el limpiaparabrisas una bolsa con el periódico local. En la primera plana venía la foto de un perro grande, color canela. Estaba en la caseta número uno. El día que lo trajeron, doña Carmen dijo que tenía muchas posibilidades porque era joven. La foto la había puesto alguien del condado. Adam la recortó con tijeras y se la guardó en el bolsillo.

No dije nada. Fui a la cocina y tomé un poco de agua. En días así hay que cuidarse la garganta, porque en la noche se piensa en voz alta. Y pensamos los dos.

Por la noche lo escuché dar vueltas en la cama. Le pregunté a mi manera, o sea, puse el hocico sobre su pie. Entendió. Se levantó, abrió la puerta y se sentó conmigo en el pasillo. Nos quedamos ahí hasta que se quedó dormido con la cabeza recargada en el marco.

Al amanecer hizo algo que nunca había hecho. Sacó del clóset el collar rojo, el mismo, y me lo puso en el cuello. No retiró las manos. Y después dijo: "Vámonos." Nada más.

No fuimos al parque. No fuimos por las vías. Fuimos al refugio.

Doña Carmen nos abrió el portón y me miró como si no me reconociera. Yo era otro perro entonces. Más flaco, más callado. Ahora caminaba junto a un hombre, y el collar no colgaba suelto, sino que me ceñía el cuello como si hubiera nacido con él puesto.

Adam entró y le mostró a doña Carmen el recorte que traía en el bolsillo. Dijo que quería a ese perro canela. Doña Carmen le preguntó si estaba seguro. Contestó que sí. Le preguntó si tenía espacio para dos perros. Contestó que para uno ya se las había arreglado, así que para dos también podría.

Y ahí entendí lo que estaba haciendo. Yo había elegido a ese hombre porque estaba solo. Y él ahora quería salvar a alguien a quien nadie hubiera elegido antes. Porque no era joven. Porque era grande. Porque era canela.

Doña Carmen trajo los papeles. Adam los puso sobre la mesa y se quedó viéndolos un largo rato, como buscando una firma que todavía no existía. Después sacó una pluma, una común, azul, con el logo de una compañía de seguros. Escribió su nombre. Adam. Trazó cada letra despacio, como si de eso dependiera todo.

Al canela le pusieron de nombre Rufus. Entramos juntos a la caseta número uno, yo primero, él detrás. Rufus nos miró como se mira a un visitante que se equivocó de puerta. Adam se agachó y le dijo: "No tengas miedo. Rusty también me miraba así al principio." Rufus no movió la cola, pero dejó de mirar hacia la esquina.

De regreso a casa caminamos los tres. Yo, Adam y Rufus. Rufus iba callado, un paso atrás, como si temiera que todo se esfumara si apuraba el paso. A veces se detenía a olfatear una reja. Entonces Adam se paraba y esperaba. No lo apuraba. Yo también esperaba.

En casa, Rufus se echó junto al calefactor y cerró los ojos. Adam se sentó en el piso a su lado y le revisó las patas, buscando si tenía las almohadillas partidas. No dijo palabra. Yo me quedé en el umbral de la cocina, mirándolos a los dos.

Fue entonces cuando sentí que la casa olía distinto. Ya no a café y pan húmedo. A algo más duradero. Como si ese departamento de la calle Airline hubiera dejado de ser un lugar donde alguien pasaba la noche, para convertirse en un lugar al que se vuelve.

Adam me miró por encima de la cabeza de Rufus. No dijo nada. Pero yo sé lo que dijo. Dijo: "Gracias por enseñarme adónde ir."

Yo no contesto esas cosas. En vez de eso me acerqué, le lamí la mejilla y le puse la cabeza sobre las piernas, para que sintiera que no era él quien nos había salvado a nosotros.

Fuimos nosotros los que lo encontramos a él. Rufus y yo. El mismo día, nada más que yo, siete años antes.

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Sixty & Me
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