Chispita no volvió a dormir en el suelo

El día que fui al refugio del condado no pensaba llevarme a nadie. Bueno, eso me repetía mientras firmaba la hoja de visitas con un bolígrafo que dejaba de escribir a cada palabra. Afuera hacía un calor seco de finales de agosto, de esos que levantan olor a asfalto y a pasto quemado, y adentro el pasillo olía a cloro, a croquetas y a perro mojado. Yo andaba con la excusa de donar unas cobijas viejas. Eso es lo que uno dice para no admitir que va a mirar.

Pasé frente a los cachorros. Todos saltaban, ladraban, metían las patas por entre los barrotes. Una empleada, con una camiseta naranja que decía *Voluntaria*, me dijo:

—Ese ya tiene dos solicitudes.

Ni siquiera le pregunté cuál.

Al fondo del pasillo había un perro viejo. No estaba acostado, sino sentado con las patas delanteras muy juntas, como un señor que espera el camión en una parada. Tenía el hocico canoso, las orejas caídas y una calma que no era paz: era costumbre de que no se fijaran en él. En la jaula, con un marcador negro, alguien había escrito su nombre: Chispita.

Sí. Chispita.

Un perro de once años que ya ni levantaba la cabeza cuando uno se detenía. Me quedé un rato mirándolo. Él me miró de reojo, como quien dice *no se moleste*.

Pedí sacarlo al patio. La voluntaria me pasó una correa verde deshilachada y me advirtió que Chispita ya no jugaba. No por flojo. Porque había dejado de intentar.

Resultó que llevaba casi tres años en el refugio. Tres años viendo cómo se llevaban a los jóvenes, a los que daban brincos, a los que pesaban menos de veinte kilos. Tres años de olerse el hocico y volver a su cobija. En ese tiempo le habían curado una infección en una pata, le habían sacado dos muelas y le habían encontrado un soplo en el corazón. Nada grave, dijeron. Lo grave era la edad. La gente entra, ve el hocico gris y sigue de largo. Así, sin culpa, porque un perro viejo es un problema que se compra a plazos.

Mientras tanto yo, con cuarenta y siete años, divorciado desde el 2022, viviendo solo en un departamento en Tucson donde el aire acondicionado suena como una licuadora, no dejaba de pensar en lo raro que es que a uno también le cueste que lo elijan.

—¿Hace cuánto no sale de aquí? —le pregunté.

La voluntaria se encogió de hombros:

—Un paseo corto el martes.

Nada más.

Chispita caminó despacio por el patio de grava. No jaloneaba la correa. No se detenía a oler. Iba junto a mí, con la cabeza más baja que el lomo, como si supiera que aquel paseo no iba a terminar en ninguna parte.

Entonces se sentó delante de la puerta de la jaula. No lloró. No rascó. Se quedó ahí, serio, esperando a que le abriera. Y yo, parado como tonto, con la correa en la mano, sentí que se me apretaba algo en la garganta.

—¿Qué hay que hacer para adoptarlo? —oí que decía mi propia voz.

La voluntaria parpadeó.

—¿A Chispita?

—Sí.

—¿Está seguro? Tiene once años… —empezó.

—Ya los oí.

Esa tarde llené los papeles. Preguntaron si tenía casa con patio, cuántas horas trabajaba, si había otros animales, si aceptaba que un perro de esa edad pudiera necesitar medicamento para el corazón. Dije que sí a todo. Que sí, que sí, que yo me hacía cargo.

Querían programar una visita a mi casa para el jueves. Le pedí a la encargada, una mujer llamada Diana, que no esperaran tanto. Que el perro llevaba tres años esperando y que yo ya había esperado bastante para volver a querer a alguien. Me escuchó con los brazos cruzados, se mordió un lado de la boca y me selló la salida para el día siguiente a las nueve de la mañana.

Esa noche no dormí. Puse un plato nuevo en la cocina, una cobija vieja junto a la ventana, y a las tres de la madrugada me di cuenta de que tenía en la mano la llave del portón, como si fuera a salir a buscarlo en la oscuridad.

A las nueve en punto llegué al refugio. Chispita ya estaba bañado, con un collar azul nuevo y un pañuelo rojo en el cuello. Al verme, soltó un ladrido corto. Uno solo, ronco. La voluntaria me dijo que era la primera vez que lo oía ladrar en meses.

Lo subí al asiento del copiloto de mi camioneta. Me explicaron que los perros viejos a veces no quieren viajar, que se marean. Chispita se quedó sentado, tieso al principio, mirando por la ventana. No se recostó. No olfateó. Avanzamos por la avenida Speedway y él seguía ahí, con los ojos fijos en los postes que pasaban, como si repasara la ciudad por si las dudas.

A la altura del parque Randolph, sin que viniera al caso, se acercó un poco. Después otro poco. Por último, con ese cuidado de los perros que no quieren estorbar, apoyó la cabeza en mi hombro.

No moví el volante. Creo que ni respiré. Le pasé la mano por el lomo, despacio, sintiendo las costillas bajo la piel. Cerró los ojos y suspiró largo, con un ruidito hondo, de animal que se quita un peso de encima.

Así, con la cabeza recargada en mí, se quedó dormido antes de que llegáramos al semáforo de Craycroft.

Cuando estacioné frente a la casa, no lo desperté. Apagué el motor y me quedé sentado, con la ventana abierta, oyendo el ruido del agua de los aspersores en el jardín de los Ramírez. La misma casa, el mismo portón, el mismo aire caliente. Pero yo sentía que afuera todo había cambiado de volumen.

Chispita despertó solo. Se bajó con calma, se estiró con las patas traseras muy temblorosas, y se paró frente a la puerta del departamento. No entró enseguida. Levantó el hocico, olfateó, miró hacia la calle, hacia los arbustos, hacia el cielo.

Luego movió la cola. Una sola vez. Y entró.

Esa noche se acostó junto a la puerta de mi recámara. Lo hice a un lado y le puse la cobija al pie de la cama. Me miró, se subió con dificultad y se acomodó con un quejido de bisagras viejas. Apoyó el hocico sobre mi pierna y se durmió.

Tres días después me di cuenta de algo. Chispita no volvió a dormir en el suelo. Donde yo estaba, estaba él. Si me sentaba en el sillón, se echaba junto a mis pies. Si me paraba junto a la ventana, se asomaba a mi lado. Si salía a regar las plantas, se sentaba en la entrada de la cocina sin perderme de vista.

Al principio pensé que era miedo a que lo dejara. Después entendí otra cosa. Ese perro no había dejado de querer a las personas por haber estado encerrado tres años. Al contrario. Tenía guardado un amor tan grande que no le cabía en el pecho, y ahora lo iba soltando de a poco, para no abrumarme.

El lunes siguiente llamé a Diana, la encargada del refugio. Le dije que iba a hacer una donación mensual de sesenta dólares para el área de perros mayores. Que la quería en automático, con cargo a mi tarjeta, sin fechas especiales.

—Por lo menos que paguen una cama mejor —le dije—. Y un plato. Uno nuevo por cada perro viejo que llegue.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Está hablando en serio? —preguntó.

—Chispita se comió el pan de caja de la semana pasada —contesté—. Me debe como diez dólares. Descuéntenlos de la primera cuota.

Se rio. Quedamos en que mandaría el formulario por correo. Colgué y me quedé viendo a Chispita, que en ese momento roncaba en el sillón con una pata colgando.

No sé cuánto tiempo le vaya a quedar. No pienso en eso. Pienso en que hoy, cuando llegué del trabajo, me estaba esperando junto a la puerta, con el hocico gris y la cola moviéndose en círculos.

Un perro viejo no tiene toda la vida por delante. Pero tiene toda la que le quede.

Y ahora esa vida —completa, entera y tibia— duerme en mi cama.

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Sixty & Me
Chispita no volvió a dormir en el suelo