Yo estaba en la recepción del consultorio dental cuando la señora Lucía llegó con su nieto. El chiquito tendría unos cinco años, llevaba una mochila de dinosaurios y no paraba de toser. Ella venía medio encorvada, con una bolsa de mandado colgada del brazo y la cara de quien no durmió en toda la noche.
— ¿Tiene cita? — le pregunté, porque el sistema no me dejaba abrir la agenda sin el nombre completo.
— No, mire… es que el niño amaneció con mucha tos y fiebre. No me lo querían atender en la clínica libre porque no tenemos el seguro al día. Yo nomás vengo a ver si el doctor nos hace el favor…
El doctor Gerardo estaba en la tercera silla, con un paciente al que le estaba sacando una muela. Le hice una seña desde la puerta y él entendió. Quince minutos después, salió al pasillo secándose las manos con una toalla de papel.
— ¿Qué pasó, doña Lucía?
— Doctor, es que Luisito otra vez con la tos. Y la temperatura no le baja de ciento uno.
El doctor les pidió que pasaran al cubículo dos. Yo me quedé en el mostrador, con la computadora zumbando y una taza de café que ya estaba fría. Afuera, en la MacArthur, los carros pasaban con las luces encendidas porque el cielo estaba de ese gris amarillento que no termina de decidirse a llover.
Lo que no sabía yo era que la señora Lucía llevaba desde las seis de la mañana dando vueltas. Primero fue a la clínica comunitaria de la Buford Highway. Le dijeron que sin cita no la iban a atender. Después se fue caminando a la farmacia, a ver si con un jarabe de venta libre se la arreglaba. La farmacéutica, una muchacha muy amable, le recomendó que mejor fuera al médico porque la tos del niño sonaba raro, como con silbido.
Entonces se acordó del consultorio.
— ¿Y su nuera? — le preguntó el doctor, no con malicia, sino con esa manera directa que tienen los médicos cuando llevan años atendiendo en el barrio.
La señora bajó la mirada y empezó a enrollar la punta de la bolsa de mandado entre los dedos.
— Está trabajando, doctor. Entra a las siete y sale a las seis. No tiene días de permiso hasta el viernes.
— ¿Y el papá del niño?
— Mi hijo vive en Charlotte desde el año pasado. Encontró trabajo en una compañía de jardinería. Manda dinero cada quincena, pero no puede venir. Apenas le dieron una semana en diciembre.
El doctor no insistió. Le recetó un antibiótico y un nebulizador, le explicó cómo usarlo, y me pidió que les sacara una copia de la receta por si la necesitaba para la escuela del niño.
La señora me dijo que no traía efectivo.
— No se preocupe — le dije, y anoté la visita en una libreta que guardamos detrás del mostrador, de esas de espiral, con hojas que se van doblando de tanto usarlas.
Ese día salí tarde. El dentista me pidió que me quedara para ordenar los expedientes del año, que estaban en una caja de cartón que se estaba deshaciendo. Cuando por fin apagué la luz del consultorio, vi a la señora Lucía sentada en la parada del camión, con el niño dormido sobre el hombro y una servilleta llena de mocos apretada en la mano.
Se me hizo raro, porque su casa quedaba a diez minutos caminando. Pero no me metí. Uno, en este trabajo, aprende a no meterse.
A la semana siguiente volvió.
— Doctor, es que Luisito no se compuso. Sigue con la tos de noche.
El doctor la hizo pasar otra vez. Esta vez le pidió una radiografía de tórax. La señora nos miraba con una angustia que no se veía en la cara, sino en la forma en que apretaba la mochila de dinosaurios contra su pecho, como si el bulto fuera una tabla de salvación.
— ¿Y quién le va a ayudar con los estudios? — le preguntó el doctor mientras ella firmaba la orden.
— No, si no son estudios, doctor. Es una radiografía, nomás.
— Teresa — me llamó el doctor, y yo supe que venía la parte difícil —, explíqueme a la señora cómo llegar al centro de Rayos X del Mercy.
Se lo expliqué con un mapa dibujado a mano en la parte de atrás de un postalito que teníamos de publicidad. La ambulancia no la podía llevar porque no era una emergencia. El camión la dejaba a media milla y de ahí tenía que subir una cuesta.
Ella le dijo al doctor que no importaba, que caminaba.
— A mis sesenta y ocho años me han tocado peores cuestas.
Lo que sigue no lo vi yo. Me lo contó después la técnica de radiología, una haitiana que lleva veinte años tomando placas y que no se sorprende de casi nada.
La señora llegó al Mercy con el niño y con una hora de retraso. El aire acondicionado del hospital le puso la piel chinita. Le dieron una bata para el niño. El chiquito lloraba porque el aparato le daba miedo, y la señora le cantaba una canción de cuna con una voz tan baja que la técnica no alcanzó a entender la letra.
— Fue una de las cosas más tristes que he visto — me dijo la técnica —. El niño asustado, la abuela cantando y un pantalón de mezclilla echado a perder porque la señora se limpió las manos en él después de abrir una ventolera.
Las placas estaban listas al día siguiente. El doctor las puso en la pantalla y se quedó callado un buen rato.
— Doña Lucía, esto es pulmonía.
Ella se echó a llorar. Lloraba con la boca cerrada, como si no quisiera que el niño escuchara.
— ¿Lo van a internar?
— Sí. Urgente.
La señora pidió permiso para hablar por teléfono y salió al estacionamiento. Yo la vi por la ventana, con el celular pegado a la oreja, caminando en círculos alrededor de una troca color vino. Colgó, marcó otra vez, volvió a colgar. Después se metió la mano en la bolsa y sacó una gastada carterita de piel con una flor pintada.
Cuando volvió a entrar, le preguntó al doctor cuánto costaba la internación.
— ¿Tiene seguro el niño?
— El de la escuela, nomás. Ese no cubre hospital.
En la caja del hospital le pidieron un depósito de setecientos dólares para empezar. La señora abrió la carterita con la flor pintada y sacó un billete de veinte y dos de diez. Los puso sobre el mostrador, uno al lado del otro, como si estuviera jugando una partida.
— ¿No tiene más? — le preguntó la muchacha de la caja.
— No, mire, es lo que junté para la renta. El resto lo manda mi hijo el viernes, se lo puedo pagar en cuotas.
— Necesitamos el depósito completo antes de las cinco de la tarde, señora. Puede pedir una extensión a Servicios Sociales, pero tarda.
La señora guardó los billetes. Me pidió un vaso de agua y se tomó el agua de un solo trago, como quien se toma una decisión.
De aquí en adelante lo que supe fue por los reportes.
La señora salió del hospital y caminó dos millas hasta la casa de su exconsuegra. No sé bien por qué la llamó a ella. Quizá porque era la única persona que le podía prestar setecientos dólares. Quizá porque era la madre del ausente, y la señora pensó que por ser su nieto, a lo mejor se ablandaba.
La exconsuegra la hizo esperar en el porche. Salió con el mismo vestido de flores con el que se toma las fotos para la iglesia, y le dijo que no.
— No le toca a uno andar resolviendo lo que tu hijo no resolvió. Ese muchacho se largó a Carolina y aquí las dejó. Si está enfermo el niño, que venga.
La señora le explicó que el niño tenía pulmonía, que era urgente, que ni un préstamo de esos de agencia podía sacar porque no traía identificación que le aceptaran.
— Pues que se espere al viernes — cerró la exconsuegra, y metió la puerta con un empujón que hizo sonar las llaves adentro.
Dos días después, el niño empeoró.
Apareció la madre. Llegó al hospital en camioneta prestada, con el uniforme del trabajo todavía puesto y los pies hinchados. Se veía más chica que su edad, con el cabello recogido en una liga roja, como de escuela.
«Es mi hijo», repetía, «es mi hijo», sin saber a quién tenía que decírselo.
El doctor me llamó al pasillo.
— Busque a la trabajadora social. Si no encontramos a alguien que cubra el depósito, el niño se nos va en la madrugada.
La mamá del niño andaba con un celular roto, de esos que no tienen ni funda. Me pidió el mío prestado. Llamó a un número. Luego a otro. Colgaba y marcaba con una prisa que no servía para nada.
En un momento, marcó sin esperanza, y escuchó.
— ¿Sí?
Era una tía del padre, una mujer que vive en Marietta y con la que nadie hablaba porque, decían, se había metido a evangélica y ya no era de fiar.
La tía le preguntó cuánto.
— Setecientos.
— Ahí te van. Y no me los devuelvan. Es pa' la criatura.
La transferencia entró a las tres cuarenta y siete de la tarde. Fui yo la que fue a la caja con la autorización del seguro, y me dieron el comprobante. Un papel largo, celeste, con el nombre del niño escrito con mayúsculas.
El niño fue admitido a las cuatro y veinte. Le pusieron oxígeno. La mamá se sentó en la silla junto a la cama y no se movió en toda la noche, dormida con los brazos cruzados sobre la baranda de metal, con la cara apretada contra la cobija del hospital.
La señora Lucía volvió al consultorio un mes después, ya sin el niño. Traía un pastel de tres leches en un molde de aluminio, con una cucharita de plástico clavada en la crema.
— Doctor, no le traigo dinero, pero le traigo esto. Es lo único que sé hacer.
El doctor abrió los brazos y le dio un abrazo. Luego se metió la mano al bolsillo y sacó un billete de cincuenta.
— Para los pasajes, doña Lucía.
Ella lo miró sin miedo, y le puso la mano encima.
— Doctor, no puedo.
— No es para usted. Es para cuando vuelva a traer al niño.
La señora se fue con el dinero apretado en la carterita de la flor pintada. Yo me quedé en la recepción viendo el pastel, pensando en cómo hay gente que carga a sus muertos en la espalda y todavía les queda la fuerza para no pedirle nada a nadie.
Esa noche, al cerrar, el doctor me preguntó si yo conocía a la tía de Marietta.
— No, doctor.
— Pues récele. Esa mujer nos tapó el agujero a todos.
Y como sé que a veces no hay que rezar, sino apuntar, anoté el nombre de la tía en una hoja de la libreta de espiral y la dejé en el cajón del fondo, en la carpeta que dice «Pacientes con deudas».
Para cuando la abrieran otra vez, si la abrían.







