Yo tenía nueve años cuando mi abuela Concepción me llevó por primera vez al salón parroquial de su pueblo, cerca de Uvalde, Texas. Era un edificio de bloques de cemento pintado de azul cielo, con un techo de lámina que sonaba como tambor cuando llovía. Los sábados por la noche lo llenaban de sillas plegables, ponían un ponche de frutas en una hielera roja y alguien siempre traía una grabadora con cumbias y rancheras grabadas de la radio.
Mi abuela contaba que ahí conoció a mi abuelo Refugio, en una quinceañera de una prima lejana. Ella tenía dieciséis años, un vestido amarillo cosido por su mamá y los zapatos prestados de una vecina porque los suyos le apretaban. Él trabajaba en el campo cortando algodón y llegó con la camisa recién planchada, oliendo a Old Spice, nervioso como si fuera a pedir trabajo y no a bailar. La invitó tres veces antes de que ella dijera que sí. Se casaron dos años después.
Ese salón no era solo un edificio. Era donde el pueblo entero se enteraba de quién andaba con quién, donde las señoras vigilaban a las hijas desde las sillas del fondo, donde los quinceañeros hacían su primer vals frente a todo el mundo y donde, cada mes de diciembre, ponían un nacimiento gigante con las Posadas y repartían tamales hasta que se acababa la masa. Mi tío Beto me contó una vez que ahí se peleó a golpes con otro muchacho por sacar a bailar a la misma chica dos veces seguidas, y que terminaron siendo compadres quince años después.
La última vez que ese salón estuvo lleno fue para una boda en octubre del 2018. Yo ya vivía en San Antonio, trabajando en una compañía de seguros, pero fui manejando las dos horas y media porque era la boda de mi prima Yolanda. Bailamos hasta que se acabó la banda de conjunto norteño, alguien lloró durante el brindis, y mi abuela, que ya usaba bastón, se paró a bailar una pieza con mi abuelo aunque el doctor le había dicho que no forzara la cadera.
Seis meses después cerró. La junta de la parroquia dijo que no había fondos para reparar el techo, que las lluvias de esa primavera habían dañado la instalación eléctrica y que arreglarlo costaba más de lo que el pueblo podía juntar. Pusieron una cadena en la puerta principal y un candado grande, de esos que se compran en la ferretería por doce dólares. Nadie pensó que se iba a quedar así por años.
Volví hace tres semanas, para el funeral de mi abuelo. Concepción me pidió que la llevara a caminar por el pueblo antes de la misa, porque decía que necesitaba aire, aunque yo sabía que en realidad quería pasar por ahí. Nos paramos frente al salón. La pintura azul ya está descarapelada, hay lodo seco pegado en los escalones y alguien le puso un candado nuevo, más grueso, porque el otro se lo robaron. Por una ventana rota se ve el piso de linóleo levantado y las sillas plegables todavía apiladas contra la pared, como si esperaran que alguien las volviera a sacar.
Mi abuela no dijo nada por un rato largo. Solo se quedó viendo la puerta, con las manos cruzadas sobre el bastón. Al final me dijo: "Ahí adentro yo todavía tengo dieciséis años." Y siguió caminando hacia la iglesia, despacio, porque la cadera ya no le daba para más.
En el pueblo quedan menos de trescientas personas censadas. La escuela primaria cerró en el 2021 y los niños se van en camión hasta la cabecera municipal, cuarenta minutos de ida. Los que se quedaron son mayores de sesenta años en su mayoría, o familias que crían a los nietos porque los padres se fueron a trabajar a Dallas o a Houston. El pueblo tiene una gasolinera, una iglesia y ese edificio azul con el candado nuevo.
Hace un mes, en el velorio de mi abuelo, mi tía Rosario propuso algo entre café y pan dulce, sentados en la cocina de mi abuela. Dijo que había hablado con el padre Anselmo y que la parroquia estaba dispuesta a ceder el edificio si alguien se hacía cargo de las reparaciones y del mantenimiento. No sonaba a negocio, sonaba a otra cosa. Mi primo Ernesto, que tiene una compañía chica de construcción en San Antonio, calculó que arreglar el techo y la instalación eléctrica costaría alrededor de dieciocho mil dólares.
Esa noche, sin decirle a nadie más, abrí una cuenta de recaudación en internet a nombre de mi abuela. Puse una foto vieja de ella y mi abuelo bailando en ese salón, de los años setenta, que encontré en una caja de zapatos. En la descripción escribí una sola línea: "Para que mi abuela pueda volver a bailar en el lugar donde empezó todo."
En dieciocho días juntamos veintidós mil dólares. La mayoría eran donaciones de veinte y cuarenta dólares de gente del pueblo que ahora vive en Dallas, en Austin, en San Antonio, y hasta de un primo lejano en Chicago que mandó quinientos dólares con una nota: "Ahí bauticé a mi hija." Ernesto empezó las reparaciones la semana pasada. Cambió el techo de lámina, reparó el cableado y dejó el piso de linóleo tal como estaba, porque mi abuela pidió expresamente que no lo tocaran.
El sábado pasado quité el candado nuevo con mis propias manos, con unas pinzas de corte que le pedí prestadas al ferretero del pueblo. Mi abuela estaba parada detrás de mí, con su vestido azul marino de los domingos, esperando. Cuando la cadena cayó al piso de cemento hizo un ruido seco, como un portazo al revés. Abrí la puerta. Adentro olía a humedad y a madera nueva mezclada.
El salón todavía no está terminado. Faltan las sillas nuevas, falta pintar, falta poner de nuevo las luces de las Posadas. Pero ya tiene techo que no gotea, ya tiene luz que prende, y el próximo mes va a haber baile otra vez, para la fiesta patronal del pueblo. Mi abuela ya avisó que va a bailar una pieza, aunque el doctor le siga diciendo que no.







