Una vela para dos

Era 14 de febrero, pero no era San Valentín lo que se celebraba en ese pequeño apartamento de Hialeah. Era el cumpleaños número ocho de Mateo, y lo único que su mamá pudo hornearle fue un pastelito redondo de vainilla. Una sola vela azul de cumpleaños, de las baratas de 25 centavos, esperaba en el centro. Ni globos, ni serpentinas, ni invitados.

Mateo salió a la calle con el pastel entre las manos, protegido por un plato de cartón. Su mamá le había dicho: «Espérate a que regrese del trabajo, mijo, y lo partimos juntos». Pero él quería mostrárselo a alguien. Al doblar la esquina de la Calle Ocho, pasó frente al Hogar de Niños «Esperanza», una casa antigua de estuco color rosa con un portón de hierro siempre cerrado. A través de la reja se oían risas y juegos de otros niños en el patio trasero. Pero una niña, con dos coletas disparejas y un vestido demasiado grande, estaba sentada en una banca de cemento, mirando al suelo, ajena a todo. No lloraba. Solo parecía invisible.

Mateo se detuvo. Conocía esa mirada: era la de quien nunca ha tenido una vela que soplar. Sin pensarlo, empujó el portón, que milagrosamente estaba entreabierto. El chirrido del metal lo hizo encogerse; esperó un regaño, pero nadie salió. Caminó rápido hasta la banca.

Valentina levantó la cabeza de golpe y lo miró con los ojos muy abiertos, las manos crispadas en el borde del asiento.

—Oye, tú no puedes estar aquí —dijo, y miró hacia la puerta del hogar—. La seño Meche te va a gritar.

Mateo estiró el plato con el pastelito. La vela se tambaleó, pero no se cayó.

—Hoy es mi cumpleaños —dijo él, con la voz un poco ronca—. Y esto… bueno, creo que alcanza pa’ los dos. ¿Tú quieres?

Valentina frunció el ceño. Miró el pastelito, luego a Mateo, otra vez al pastelito.

—¿Pa’ mí? —preguntó, desconfiada—. ¿Y tú qué quieres a cambio?

—Nada, acere. Solo… compartir. Así uno no se siente tan raro.

La niña se mordió el labio. Apretó las rodillas. El vestido le sobraba por todas partes; las coletas, una más alta que la otra, temblaron con un encogimiento de hombros.

Mateo dejó el plato en el cemento. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una cajita de fósforos La Estrella, medio aplastada. Encendió el primero, pero el viento de febrero lo apagó. Encendió el segundo; la llama duró un segundo y se extinguió con una ráfaga. Soltó un bufido. Valentina, sin querer, soltó una risita ahogada.

—Dale, que se va la tarde —murmuró él, y prendió el tercer fósforo protegiéndolo con la palma. La vela azul prendió, temblorosa.

—Hay que cerrar los ojos —explicó Mateo—, y pedir un deseo en secreto, pero sin decir na’, que si no, no se cumple.

Valentina cerró los ojos tan fuerte que las pestañas se le arrugaron. Mateo también. Soplaron juntos, las frentes casi rozándose. La llamita se apagó y Valentina abrió los ojos, miró el pastel como si fuera un tesoro.

—¿Qué pediste? —preguntó Mateo.

—Eso no se dice, tú mismo lo explicaste —respondió ella, y se le formó una sonrisa chiquita, pero que le iluminó toda la cara.

Justo al otro lado de la calle, desde el mostrador de la Panadería «La Flor de Miami», la dueña, doña Carmen, había visto la escena por la ventana. Tenía las manos llenas de harina y el delantal manchado de mermelada de guayaba. Dejó caer el rodillo sobre la mesa. Miró el pastel de tres leches grande, todavía entero en el mostrador, con un precio de $22.50 pegado al plástico. Se pasó la mano por la frente y sin pensarlo más, agarró el pastel, dos bolsas de globos de colores, una caja de sombreritos de cartón y un puñado de merenguitos de la vitrina, y cruzó la calle.

En la puerta del hogar, la trabajadora social, una mujer bajita con los brazos en jarras, le cerró el paso.

—Doña Carmen, ¿usted por aquí? Estos niños no pueden recibir visitas así sin autorización.

—Ay, mi’ja, no me vengas con eso ahora —resopló la panadera—. Acabo de ver a ese muchacho compartiendo su pastelito de cumpleaños con una de tus niñas, como si fuera un banquete. Déjame entrar, que esto no es visita de supervisión, es un cariñito. Dame el permiso de palabra, dale.

La mujer dudó, echó un vistazo al patio y, al ver a los dos niños cabizbajos junto al pastel, se apartó.

—Cinco minutos, Carmen. Y después me ayudas a limpiar.

Doña Carmen entró al patio con los brazos cargados. Los demás niños —ocho en total— dejaron la pelota y las muñecas y se arremolinaron alrededor de la mesa de cemento. La mujer partió el pastel de tres leches con un cuchillo de plástico que siempre llevaba en la cartera. Mateo y Valentina repartieron los merenguitos mientras un radio viejo, que alguien sintonizó en una emisora de salsa, empezó a tocar «La vida es un carnaval» de Celia Cruz. La tarde se llenó de manchas de crema en las mejillas, globos que se escapaban hacia el cielo y sombreritos de cartón que nadie lograba ajustar bien.

Valentina, que hasta hacía un rato apenas hablaba, ahora señalaba los globos y pedía otro pedazo. Aplaudió cuando un globo explotó y se rió enseñando los dientes, dos de leche que le faltaban. Mateo la miró de reojo y siguió repartiendo merenguitos, con los dedos pegajosos y la camiseta de los Marlins toda manchada de crema.

Cuando el sol empezó a ponerse sobre los techos de teja, todos los niños formaron una ronda y cantaron «Las Mañanitas» con el acento cantadito de Miami, mezclando el español con algún «happy birthday» suelto. Mateo sopló una vela simbólica sobre lo que quedaba del pastel de tres leches. Valentina, a su lado, le tocó el brazo con la punta de los dedos.

—Gracias por darme la mitad de tu cumpleaños —dijo, bajito.

Mateo se miró las manos llenas de crema y migas de merengue. Se las llevó a la boca, de a poquito, y asintió sin decir nada.

Esa noche, de vuelta en el apartamento de Hialeah, Mateo encontró a su mamá tirada en el sofá, con los zapatos de trabajo todavía puestos. Olía a desinfectante de hospital. La mujer abrió los ojos, vio el pastelito original sobre la mesa, ya frío y aplastado por el trayecto. Lo partió en dos con una cuchara. Mateo se sentó a su lado. Comieron en silencio, oyendo el radio del vecino que pasaba una canción de Polo Montañez. El pastelito sabía a vainilla y a huevo, con una costra durita en los bordes. Mateo apoyó la cabeza en el hombro de su mamá, y ella le acarició el pelo con los dedos cansados. Afuera, la noche de febrero seguía igual.

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