La cuerda quemada

El sábado empezó con un ruido que no encajaba. Yo estaba en mi porche, como todos los sábados desde que me jubilé, con la taza de café entre las manos y la radio puesta en la estación de música tejana. Andrés, mi vecino de al lado, ya estaba en su garaje. Se le oía limar, martillar, mover herramientas. Ese sonido era tan puntual como el campanario de la iglesia de San Antonio. Pero a las diez y veinte, el ruido se detuvo. De golpe. Y entonces oí las moscas.

Al principio pensé que era basura acumulada, o algún animal muerto. El calor de julio en El Paso es capaz de pudrirlo todo en cuestión de horas. Me levanté del sillón de plástico para estirar las piernas y alcancé a ver a Andrés salir de su garaje. Llevaba una toalla vieja en la mano, un cuchillo y una botella de agua. Caminaba hacia el lote baldío que separa nuestra cuadra de la carretera vieja. Ese terreno llevaba años abandonado. Los chamizos y las plantas de candelilla habían crecido a su gusto. Nadie entraba ahí, salvo los niños cuando querían asustarse entre ellos.

Yo me quedé junto a la barandilla. No era mi asunto. Tenía pensado ir al H-E-B a comprar unas cosas para la cena, y todavía me faltaba llamar a mi hija en San Antonio. Pero no me moví. Algo en la manera en que Andrés caminaba, con la espalda tiesa como si se obligara a ir, me mantuvo ahí.

Vi cuando se agachó. Vi el bulto rojizo contra la tierra, casi invisible entre el chamizo seco y la sombra del poste de concreto. Y entonces oí el sonido. Un quejido bajo, sostenido, como el zumbido de un motor que no arranca. No era un perro ladrando. Era un perro que ya no tenía voz para ladrar.

La perra estaba atada con una cuerda sintética, blanca alguna vez, ahora marrón por la tierra y la sangre. Le daba dos vueltas al cuello y se anudaba al poste con un nudo doble. Andrés se quedó en cuclillas un rato largo. Lo vi meter la mano en la bolsa, sacar el cuchillo y pasarlo por la cuerda con cuidado, como si estuviera desarmando una bomba. La perra no se movió. Solo respiraba con un silbido que me llegaba clarito hasta el porche.

La cortó. Levantó a la perra en brazos. Treinta kilos de animal flaco, con las costillas marcadas como las cuerdas de una guitarra. La cargó hasta su camioneta Ford F-150 y la acostó en el asiento de atrás, encima de una manta vieja. Luego se fue. La troca levantó una polvareda que se quedó flotando un buen rato sobre la calle vacía.

Yo me senté otra vez. El café ya estaba frío. Lo dejé sobre la mesita de metal y miré el lote baldío. La cuerda seguía ahí, tirada junto al poste, con las dos vueltas marcadas en la tierra como una firma.

No supe qué sintió Andrés en ese momento. Solo supe que volvió unas tres horas después. Para entonces yo ya había ido al H-E-B y estaba de regreso, guardando las bolsas en la cocina. Oí la troca frenar frente a su casa, la puerta abrirse, el ruido de las patas de la perra sobre el piso del porche. Me asomé por la ventana de la cocina. La perra llevaba un vendaje blanco alrededor del cuello. Andrés la cargó adentro, y después salió al porche con una mirada rara en la cara. No era tristeza. Era algo más pesado.

Esa noche, el calor bajó un poco. La brisa traía olor a mezquite y a algo dulce, como miel de huizache. Yo estaba en mi porche, como todos los sábados, con la radio apagada porque no quería ruido. Entonces oí a Andrés hablar por teléfono. La ventana de su cocina estaba abierta, y su voz me llegaba con claridad.

—¿Héctor? Sí, soy Andrés. Encontré a su perra… Canela. Estaba atada a un poste en el lote baldío.

Hubo una pausa. Yo me quedé muy quieto, sin querer que el sillón de plástico crujiera.

—¿Que se mudó? Mire, la perra lleva días sin comer. Tiene el cuello abierto hasta el músculo. La cuerda le cortó la piel… No, no me interesa. No me llame.

Y colgó. Oí el clic del teléfono al devolverlo a la base. Después, silencio. Y algo más: el crujido de un papel arrugándose. Luego el ruido de la tapa del bote de basura al cerrarse.

Me quedé sentado un rato más. La luna se veía enorme sobre las montañas Franklin, de un color amarillo pálido. Los perros del vecindario ladraban a lo lejos. La perra de Andrés no ladró. Estaba demasiado cansada.

A la mañana siguiente, domingo, lo vi salir al patio trasero. Llevaba la cuerda en la mano. La misma cuerda que él había cortado el día anterior. Se agachó junto al tambo de metal donde quema la basura, metió la cuerda y le prendió fuego con un encendedor de los que usan para la parrilla. Yo estaba regando mis plantas de jalapeño y albahaca, y me quedé viendo. La cuerda sintética se retorció, se puso negra, y el humo subió en una columna fina que el viento disolvió en segundos. Andrés se quedó mirando hasta que no quedó nada.

Después entró a la casa y salió con un tazón de agua limpia. Lo puso junto al porche, en el suelo de concreto. Y se sentó en el escalón. Canela salió, despacio, con la cabeza baja y el vendaje ligeramente torcido. Se acercó al tazón, lo olfateó, y empezó a beber. Andrés no la tocó. Solo la observaba. Y yo, desde mi jardín, con la manguera goteando sobre mis zapatos, me di cuenta de que no podía dejar de mirar.

Cuando Canela terminó de beber, levantó la cabeza y lo miró. Y Andrés le puso una mano encima de la cabeza, con una suavidad que no le conocía. Sus dedos se movían por el pelaje rojizo, despacio, como si estuviera leyendo braille. La perra cerró los ojos.

Yo regresé a mi cocina. Guardé la manguera, me lavé las manos. Saqué el recibo del H-E-B para apuntarlo en mi cuaderno de gastos: cuarenta y siete dólares con ochenta. Escribí la fecha. Domingo, quince de julio. Hacía un calor de los mil demonios. Y por primera vez en meses, el garaje de Andrés estuvo en silencio. No por ausencia, sino por algo distinto. Algo que no supe nombrar, pero que se sentía como el fin de una tregua.

La perra se quedó con él. Eso lo supe ese mismo día, cuando lo vi cortar un pedazo de manguera para hacerle un collar provisional. No llamó a nadie más. No puso anuncios. No buscó al dueño. Simplemente quemó la cuerda, le dio agua, y se sentó a verla beber.

Yo no dije nada. No era mi asunto. Solo era mi sábado, mi café frío, mi manguera goteando. Y la imagen de un hombre quemando una cuerda en el tambo, con una perra echada a sus pies, viendo el humo subir hasta desaparecer.

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La cuerda quemada