El uniforme del hospital olía a suavizante barato. Lo había lavado la noche anterior, a mano, porque la lavadora de la casa estaba descompuesta desde marzo y nadie parecía acordarse de llamar al técnico. Ella tampoco iba a hacerlo. Ya no.
A las seis menos cuarto salió sin hacer ruido. El pasillo del edificio olía a frijoles refritos del apartamento de al lado. La señora Dolores, la vecina del 3B, siempre cocinaba de madrugada para vender almuerzos en la construcción de la esquina. Elena cerró la puerta con suavidad, metió la llave en el bolsillo delantero del pantalón y caminó hacia la parada del camión.
El hospital quedaba a cuarenta minutos. Dos camiones. A veces tres, si el primero iba lleno. Llevaba once años haciendo ese recorrido, desde que llegó de El Salvador con una maleta y la promesa de que aquí todo sería distinto. Aquí conoció a Ricardo. Aquí nacieron los niños. Aquí se quedó, porque eso hace una cuando cree que la vida ya encontró su lugar.
El turno de doce horas pasó como siempre: pacientes, hojas de enfermería, un doctor que ni la saludaba, café de máquina en el descanso. A las siete de la noche se cambió y salió por la puerta de empleados. El aire de Los Ángeles olía a asfalto caliente y a comida de camión. Caminó tres cuadras hasta la panadería, compró dos conchas y un café pequeño, y se sentó en la banca del parque donde a veces esperaba a su hermana.
La llamada de Ricardo le entró a las ocho y doce.
—¿Dónde andas? —le preguntó él, con esa voz que usaba cuando algo no le parecía.
—Voy para la casa. Estoy en el parque, me senté un rato.
—Pues apúrate, porque tu mamá vino a visitar y no hay nadie que la atienda.
Elena apretó el vaso de café con las dos manos. Su madre. Claro. La única persona en el mundo que podía anunciarse con dos horas de anticipación y esperar alfombra roja.
Caminó despacio las tres cuadras que la separaban del edificio. Subió los peldaños de dos en dos, oyendo desde el segundo piso el eco de la televisión encendida y una voz que reconocería entre mil.
La puerta estaba entreabierta. Adentro, sentada en el sofá como si la casa fuera suya, estaba su madre, Gloria. Llevaba puesto un vestido floreado, sandalias nuevas y el rosario entre los dedos. Había puesto la novela en la televisión, la misma que miraba desde hacía veinte años, y tenía un plato de mango con chile en las piernas.
—Llegó la enfermera —dijo Gloria sin levantarse.
Elena no contestó. Dejó el bolso junto a la puerta, colgó la credencial en el clavo de siempre y se acercó a la cocina. La charola del arroz estaba sudada sobre la estufa. Los frijoles tenían una nata blanca. Nadie los había metido al refrigerador. Nadie.
—Te esperamos para cenar, pero te hiciste la desentendida —siguió Gloria, con la vista en la pantalla—. Tu esposo ya comió. Los niños también. No te guardé nada.
Elena abrió el refrigerador. En la repisa de en medio había un plato de pollo guisado. Nadie se lo había prohibido. Era el suyo, del día anterior. Lo sacó, lo calentó y comió de pie, junto a la ventana, sin hablar.
Ricardo apareció en la puerta del pasillo, descalzo, rascándose la cabeza.
—Tu mamá se va a quedar unos días. Para que te ayude con los niños.
Elena lo miró. No preguntó cuándo lo habían acordado. No preguntó por qué nadie le había dicho. Sólo se llevó a la boca otro bocado de pollo y masticó despacio, mientras el letrero del lavado de autos volvía a parpadear detrás del vidrio.
La semana siguiente fue la de siempre, sólo que con Gloria durmiendo en la sala. La primera noche, Elena encontró su ropa interior doblada encima de la cama, como si hubiera pasado por una inspección. La segunda, desaparecieron los jabones del baño. Gloria los había guardado en una bolsita de mandado, «para que no se desperdicien». La tercera, llegó el comentario.
—Con ese uniforme de hospital, ningún hombre te va a respetar —le dijo Gloria en voz baja, mientras pelaba un plátano macho—. A ti te tocó el bueno. Ricardo pudo haberse buscado a una mujer que no ande oliendo a enfermos.
Elena se sirvió agua del garrafón y no contestó.
Ricardo lo oyó desde el pasillo. No dijo nada. Sólo se quedó parado, con el teléfono en la mano, como si la frase no tuviera nada que ver con él.
La mañana del sábado, Elena se levantó temprano y encontró a Gloria en la cocina. Había sacado todos los trastes de la alacena y los estaba acomodando en otro orden: las ollas abajo, los platos arriba, las tazas en fila.
—Así no se usa una cocina, hija —dijo Gloria, sin mirarla—. Tú no sabes organizar. Por eso vives como vives.
Elena se quedó un momento quieta. Luego se acercó a la alacena, tomó una taza de las que su hermana le había regalado cuando se mudó, la única que le importaba, y la apretó contra su pecho.
—Si no te gusta cómo vivo —dijo Elena—, tengo once años viviendo así. No te has perdido de nada.
Gloria soltó una risa corta, de las que no suben a los ojos. Después le quitó la taza de las manos y la colocó en la fila de las demás.
Esa noche, Ricardo la esperó sentado en la orilla de la cama.
—Tu mamá dice que andas muy rara —le dijo.
—Mi mamá dice muchas cosas.
—Dice que no la quieres en la casa. Que te estorba.
—No me estorba. Me desordena la vida.
Ricardo suspiró y se frotó la cara. —Ya, Elena. Es tu madre. Le tronaste la caja con lo de los once años y se pasó la tarde llorando. Deberías disculparte.
Elena se puso de pie. Algo en el cuarto olía a loción de la de Ricardo, la que su madre le había regalado en Navidad. La usaba todas las noches y jamás se la ponía a ella.
—¿Sabes qué? —dijo Elena—. Mañana no voy a venir a dormir.
El silencio cayó como una tapa sobre la habitación. No era una amenaza. Era un aviso.
Elena no fue a dormir. Pasó la noche en el apartamento de su hermana Cecilia, que vivía en el otro lado de la ciudad. Se sentaron en el pasillo del edificio, junto a la planta de sábila de la vecina, y tomaron café con pan dulce mientras los perros del barrio ladraban a lo lejos.
—Necesito sacar lo que me toca —dijo Elena.
Cecilia la miró un momento y asintió.
A la mañana siguiente, Elena fue al banco. Sola. El aire dentro de la sucursal olía a tapete y a desinfectante de pino; el letrero de la fila marcaba el número 47 y a ella le tocó el 62. Abrió una cuenta nueva a su nombre, exactamente con el mismo monto que llevaba años depositando en la cuenta conjunta: cuatrocientos veinte dólares mensuales. Esa vez, en lugar del depósito, pidió la forma de transferencia. Y lo que se transfirió no fue a la cuenta de la casa, sino a una caja de ahorro con candado y sin segundos titulares. Después fue a la casa y recogió sus papeles. Actas de los niños, pasaporte, tarjeta de residencia, el contrato del hospital, las boletas de calificaciones. Metió todo en una carpeta morada. La misma que llevaba bajo el brazo cuando tocó la puerta de Gloria.
—Te vas mañana —dijo Elena.
Gloria tardó en reaccionar. Estaba sentada en el sofá con la bolsita del rosario en una mano y el plato de mango en la otra, mirando la novela.
—¿De qué hablas, muchacha?
—Te compré el boleto de autobús a San Antonio. Sale a las once y media. No es para consultarte. Es para avisarte.
Gloria soltó una risa seca. —Dios mío, hija. Con esa boca te va a pesar. ¿Y qué dice Ricardo?
—Ricardo ya lo sabe.
No era del todo cierto. Ricardo se enteró una hora después, cuando llegó del trabajo y vio la maleta de su suegra con ruedas parada junto a la puerta.
—¿Qué es esto, Elena? —preguntó.
—Tu suegra se regresa mañana. Y tú te quedas aquí, con la casa, con los trastes acomodados como nadie los quiere, y con la cuenta del banco que no vas a saber administrar.
Ricardo soltó una carcajada, de esas que no cargan alegría.
—Estás loca. No sabes lo que haces.
—Once años —dijo Elena—. Cuatrocientos veinte al mes. Saca la cuenta.
Ricardo abrió la boca, como si fuera a hablar, y luego la cerró. El teléfono le zumbó en el bolsillo. No lo contestó.
Gloria no lloró. Eso fue lo que más le dolió a Elena. No lloró, no suplicó, no dijo «perdóname hija, no sabía lo que hacía». Sólo se levantó del sofá, apagó la televisión con el control y caminó al cuarto de visitas a terminar su maleta.
A la mañana siguiente, Elena no fue a la estación de autobuses. Le dio el boleto y la maleta a Ricardo, que tampoco la acompañó. Gloria se fue en un taxi. El teléfono de Elena sonó a las once y cuarenta; era su madre, desde el camión, diciendo que ya iba de camino. Elena contestó que estaba ocupada en el hospital y colgó antes de despedirse.
No regresó a la casa. No esa noche, ni al día siguiente. Alquiló un cuarto con una prima de Cecilia, en el segundo piso de una casa color durazno, con un tinaco que sonaba toda la noche como si alguien subiera y bajara la escalera. Pagó cuatrocientos cincuenta dólares de depósito y el primer mes por adelantado. Le quedaron treinta y dos dólares en la bolsa.
A la semana, Ricardo fue a buscarla al hospital, sudado de haber subido dos camiones que no conocía, con la rabia asomándole por el cuello de la camisa.
—No puedes dejar a los niños así.
—No los dejo —dijo Elena—. Los veo cada tercer día. Y la pensión la paga el que se queda con la casa y la cuenta.
—¿Cuál cuenta, Elena? Te llevaste todo.
—No te llevé todo —dijo Elena—. Me llevé lo mío.
Ricardo se quedó callado, mirando la fila de sillas de la sala de espera, donde una señora trapeaba con un jalador viejo. Olía a cloro y a papas fritas. Elena se quitó el estetoscopio y respiró hondo, por primera vez en once años.
Esa noche, cuando llegó al cuarto rentado, se sentó en la cama y abrió la carpeta morada. Sacó la libreta de la caja de ahorro y la hojeó bajo la luz amarilla de la lámpara. Cuatrocientos veinte dólares. Era el primer mes que no depositaba a la cuenta conjunta. Ahora el dinero descansaba en un cajón de metal con su nombre, con su firma, con candado.
Sonó el teléfono. Era Cecilia.
—Tienes que ver el Facebook —dijo su hermana.
Elena abrió la aplicación. En el muro de Gloria, escrito con letra grande y errores de dedo, estaba el mensaje: *Hay hijas que se olvidan de quién les dio la vida. Pídele a Dios que te perdone, Elena. Yo ya lo hice.*
Elena apagó la pantalla. Se recostó y se quedó mirando el techo, oyendo el tinaco que seguía, incansable, subiendo y bajando la escalera. Tenía turno a las seis de la mañana. No se durmió enseguida, pero por primera vez no le importó. Su dinero, por fin, iba a trabajar para ella.







