Nadie más entra al condominio de la calle Buchanan

—¡Abre la puerta de la recámara grande, que ya llegamos! —Yolanda soltó la maleta de ruedas justo sobre el tapete de la entrada, con tanta fuerza que la hebilla rebotó contra el piso de madera. —Lo demás lo traemos después, las cosas de Édgar y las cajas del clóset. Se sacudió una pelusa invisible de la manga del abrigo y recorrió la sala con la mirada, como quien mide una propiedad antes de comprarla. —Ándale, Marisol, no te quedes ahí parada. Tenemos que acomodarnos antes de que oscurezca.

Marisol seguía plantada en el umbral de la cocina, con la espátula en la mano. Detrás de ella, en la estufa, el aceite chisporroteaba alrededor de unas tortitas de queso que ya empezaban a dorarse.

—¿Y eso por qué?

—Porque así tiene que ser. —Yolanda tiró el abrigo sobre el sofá sin ni siquiera mirar dónde caía. —La casera nos subió la renta del apartamento en Reseda como si imprimiéramos billetes en la cochera. Y ahora resulta que tenemos que seguir pagando el carro y comprarle una chamarra de invierno a Édgar Jr.

Marisol la miró en silencio, todavía sorprendida de su descaro. La última vez que se habían visto de verdad fue en el funeral. Hacía tres años, cuando a su mamá, doña Consuelo, le habían diagnosticado el cáncer de páncreas, Marisol no lo pensó dos veces: empacó sus cosas, dejó el estudio que rentaba en North Hollywood y se mudó de vuelta a este condominio de dos recámaras en la calle Buchanan, en el Valle de San Fernando. Fue ella quien cuidó a su madre. Le daba de comer con cuchara, la ayudaba a levantarse, apenas dormía por las noches. Yolanda aparecía tal vez tres o cuatro veces al año. Casi siempre en fechas especiales. Llegaba con un pastel de Porto's, se sentaba media hora junto a la cama, hablaba de sus propios problemas y luego se iba corriendo con el pretexto de algo urgente.

Hacía seis meses que doña Consuelo había fallecido. Y ahora la hermana mayor estaba parada en la entrada, dando órdenes como si llevara años viviendo ahí.

—¿Qué te pasa, por qué sigues ahí como estatua? —preguntó Yolanda, molesta, mientras se quitaba los tenis en medio del pasillo. —Ve y desocupa el cuarto.

—¿Cuál cuarto?

—El de mamá, obvio. Es el más grande. Ahí nos vamos a quedar Édgar y yo, y tú te pasas al chiquito. No pasa nada, nos apretamos un poco. Al final somos familia.

—¿No te equivocaste de dirección?

—Ay, no empieces. —Yolanda hizo un gesto con la mano y avanzó decidida hacia la sala. —No somos unos extraños. ¿Para qué vamos a seguir pagándole renta a un casero cualquiera y tirando el dinero? Además esta casa es de las dos. La mitad es mía por ley. Ya pasaron seis meses, hay que resolver lo de la herencia.

Se dirigió con paso firme hacia la recámara principal.

—Detente.

Marisol se paró frente a ella, cerrándole el camino. Todavía tenía la espátula en la mano.

—Uy, qué miedo —resopló Yolanda con sarcasmo. —No hagas drama. Yo vengo a mi propia casa y tengo todo el derecho. En cuanto a Édgar le paguen, dividimos los gastos de las cuotas del HOA. Vamos a vivir bien. Hasta te ayudo en la cocina.

Yolanda hablaba con seguridad absoluta, convencida de que su propuesta era generosísima. Siempre había funcionado así: si ella necesitaba algo, los demás tenían que hacerle espacio y encima darle las gracias.

Se escucharon pasos pesados subiendo la escalera exterior del edificio. La puerta se abrió de golpe y apareció Édgar, sin aliento, cargando una caja de cartón con ropa de invierno y, encima, milagrosamente balanceada, una lámpara de pie ya vieja.

—Uf, sí que está alto esto. —Resopló. —El elevador otra vez descompuesto. Mija, agarra esto. Qué onda, Marisol. ¿Ya hay cena? Vengo muerto de hambre del trabajo. Y huele buenísimo aquí.

Édgar se metió empujando a Marisol con el hombro sin ningún cuidado y dejó la caja justo sobre el piso que ella acababa de trapear.

—Oigan, ¿qué onda? —Miró el pasillo, confundido. —¿Todavía no desempacan? Yoli, tú dijiste que nos tocaba el cuarto grande. Ya hasta habíamos apartado una cama nueva en el Mattress Firm, porque la nuestra ya rechina toda.

—Exacto, Édgar. —Yolanda se puso las manos en la cintura. —Resulta que a nuestra querida pariente le dio por ponerse necia. Aquí parada, alegando derechos, sin querernos dejar entrar como se debe.

Marisol se recargó en el marco de la puerta.

—Váyanse los dos.

—¿Qué? —Édgar la miró boquiabierto. —Oye, mide tus palabras. Nosotros no venimos con cualquiera. ¿Qué, ahora nos vamos a quedar a dormir en el carro?

—¿Cualquiera? —Marisol hablaba con calma, aunque por dentro todo hervía ante esa seguridad tan asombrosa con la que estos dos disponían de su vida. —Entonces explíquenme dónde estuvieron los últimos tres años.

—Ay, ya empezó otra vez con el mismo disco rayado —Yolanda puso los ojos en blanco. —¿Cuánto más vas a seguir con lo mismo?

—No, contesta. —Marisol se despegó del marco de la puerta. —¿Dónde estaban cuando mamá necesitaba la quimio cada tres semanas? Cuando había que pagar los medicamentos que el seguro no cubría, y yo rentaba mi estudio y metía casi todo lo que ganaba en la farmacia de Sav-on.

—¡Pues tú vivías con ella! —gritó Yolanda. —A ti te quedaba más fácil cuidarla. Yo tenía trabajo, Édgar tenía turnos complicados en el almacén. Nosotros también teníamos nuestras broncas.

—¿Más fácil? —Marisol dio un paso hacia su hermana. —¿A eso le llamas fácil? ¿No dormir varias noches seguidas? ¿Levantar y voltear yo sola a una persona adulta que ya no podía moverse? Te pedí que me ayudaras a pagar aunque fuera los fines de semana a alguien que la cuidara, para poder dormir. ¿Y qué me dijiste tú?

Yolanda desvió la mirada, pero casi de inmediato levantó la barbilla con desafío.

—En ese momento se nos descompuso el carro. Fue una reparación urgente. Era más importante. Sin carro Édgar no llega al trabajo.

—Y en cambio en el verano se fueron tranquilamente a Cancún.

—¡Ya habíamos pagado el viaje con anticipación! —contraatacó Yolanda de inmediato. —¿Qué querías, que perdiéramos el dinero? Y además le llevábamos comida a mamá.

—Llevaban carne para asar en bolsas enteras —dijo Marisol secamente—. Y la mayoría se la comía Édgar los fines de semana que se quedaban aquí de gorra. Pero nunca, ni una sola vez, compraron algo que ella realmente necesitara.

Édgar se removió incómodo. Ese tipo de conversaciones no le gustaban nada, sobre todo cuando salía a relucir su costumbre de comer bien a costillas ajenas.

—Ya, para qué sacas el pasado otra vez, Mari —intentó mediar, conciliador. —Ahora la situación es distinta. De verdad no tenemos dónde vivir. La casera subió la renta y el banco no nos aprueba la hipoteca. Para eso es la familia, ¿no? Para ayudarse.

—¡Exacto! —lo apoyó Yolanda de inmediato. —Somos familia. ¡Y la casa es de las dos!

Intentó otra vez colarse hacia la recámara, como si bastara con cruzar el umbral para declararla suya de una vez por todas. Marisol volvió a bloquearle el paso.

—Quítate.

Yolanda la miraba ya con un enojo abierto.

—Voy a entrar a mi propia casa. Y pienso dormir en una cama de verdad. Guárdate tus resentimientos para ti sola.

—Aquí no se va a quedar Édgar —dijo Marisol con claridad—. Ni tú tampoco. Agarren sus maletas y busquen otro lugar.

—¡Eso lo vamos a ver! —Yolanda alzó la voz. —¿Tú sabes cómo se ve esto desde afuera? No te hagas la desconocida conmigo. ¡Soy la hija mayor! ¡La mitad de esta casa es mía! Si no me dejas entrar, rompo la puerta yo misma. Vas a aprender a no tratar así a tu familia.

—Rómpela.

Marisol bajó la espátula y metió la mano libre en la bolsa de su pants.

—Adelante. Pero yo llamo al 911 antes de que termines.

—¡Pues llama! —gritó Yolanda. —¡Ya no te queda ni un poco de conciencia! ¡Mamá se moriría de la vergüenza si te viera corriendo a tu propia hermana!

—Mamá sabía perfectamente quién se portaba cómo con ella. —Marisol seguía sin alzar la voz. —Sobre todo el último año. Cuando ni siquiera vinieron a felicitarla en su cumpleaños, solo la llamaron por FaceTime dos minutos porque, según ustedes, andaban ocupados en la parrillada del Fourth of July.

—¡Estábamos con la familia de Édgar en Bakersfield!

—Subieron fotos del asador en Instagram, Yolanda. Mamá las vio.

El rostro de Yolanda se llenó de manchas rojas. Luego, de golpe, el color se le fue por completo, dejando aún más visible el maquillaje mal aplicado.

—Ella entendía todo perfectamente —continuó Marisol—. Por eso, hace un año, fue al notario y me dejó esta casa por escrito. Firmó el quitclaim deed a mi nombre. Toda la propiedad.

Édgar se quedó congelado. Tenía las manos a medio camino de desabrocharse la chamarra, y se le quedaron ahí, suspendidas en el aire.

—¿Qué escritura? —logró decir por fin.

—La normal. —Marisol no le quitaba los ojos de encima a su hermana. —La casa es completamente mía. No hacía falta esperar los seis meses del proceso de sucesión. Los papeles están firmados y registrados en el condado desde hace meses.

Se hizo un silencio pesado en la entrada. Desde la cocina solo se oía el chisporroteo cada vez más fuerte de las tortitas olvidadas en el sartén.

—Mentira —masculló Yolanda, con la voz convertida casi en un siseo. —¡Tú la obligaste! ¡Hiciste que nos distanciáramos a propósito para quedarte con todo!

—¿Yo les impedía venir? —En el rostro de Marisol apareció una sonrisa amarga. —Te llamé y te rogué que vinieras cuando la internaron de emergencia por la neumonía. Ni siquiera contestaste el teléfono.

—¡Esto es ilegal! —Yolanda pisó fuerte el piso, furiosa. —¡Voy a demostrar que en ese momento ella no estaba en sus cinco sentidos! ¡Tú la drogaste con las medicinas!

—Demuéstralo. —Marisol sostuvo su mirada sin inmutarse. —Puedes empezar hoy mismo si quieres. Ahora váyanse.

Se agachó, levantó la caja de cartón con la lámpara que Édgar acababa de meter, y sin aspavientos la sacó por la puerta. La caja terminó sobre el concreto polvoso del pasillo exterior. Después agarró el asa de la maleta enorme de su hermana. Pesaba muchísimo, pero la rabia le dio fuerzas. La arrastró por la sala y la dejó afuera junto a la caja.

—¡Oye, con cuidado! —se alarmó Yolanda. —¡Ahí va la vajilla de mamá!

—Tus cosas, tú las cuidas. —Marisol se enderezó y señaló la puerta abierta. —La salida es por ahí. Lo que quieran, se lo pagan ustedes mismos. Aquí no hay hotel gratis.

—¡Te vas a arrepentir de esto! —gritó Yolanda, retrocediendo hacia el pasillo.

Édgar ya estaba afuera, moviéndose incómodo de un pie a otro. No tenía intención de meterse en esa pelea. Solo quería cenar tranquilo después del turno, no discutir con la verdadera dueña del lugar.

—Yoli, vámonos —la llamó en voz baja. —Ya, déjalo así. Algo vamos a encontrar.

—¡Esto no se va a quedar así! —seguía gritando Yolanda, ya bajando los escalones. —¡Ya vas a ver!

Marisol no contestó nada. Simplemente cerró la puerta frente a su hermana furiosa y le puso el seguro. Durante unos minutos más se oyeron los gritos de Yolanda desde la escalera y el murmullo apenado de Édgar tratando de calmarla. Después, pasos pesados alejándose escalera abajo, hasta el estacionamiento.

Marisol apoyó la frente contra la puerta metálica, todavía fría por el aire de la tarde. El corazón le latía rápido y pesado. Por dentro seguía sintiendo esa incomodidad. Después de todo, Yolanda era su hermana de sangre. Pero por primera vez en tres años agotadores sintió un alivio extraño, casi físico. De ahora en adelante, cada quien respondería por su propia vida.

De la cocina llegó de golpe un olor a quemado. Marisol se sobresaltó, recordó de inmediato el sartén olvidado en la estufa y corrió a salvar lo que quedaba de las tortitas. Alcanzó a apagar la flama justo a tiempo; dos de las cuatro se habían puesto negras por un lado. Las tiró al bote de basura sin pensarlo dos veces.

Esa noche, antes de dormir, sacó del cajón del clóset la carpeta azul que había guardado desde la firma en la notaría de Van Nuys. Ahí estaba todo: el quitclaim deed sellado por el condado de Los Ángeles, la copia certificada, el recibo del pago de los ciento ochenta dólares de registro. La hojeó una vez más, no porque lo dudara, sino porque necesitaba verlo con sus propios ojos. Al día siguiente llamó a la compañía de servicios y cambió el nombre de la cuenta a solo el suyo. Y esa misma semana mandó cambiar la chapa de la puerta principal, con un cerrajero de Van Nuys Boulevard que llegó a las nueve de la mañana y se fue antes de las diez con doscientos veinte dólares en efectivo.

Yolanda no volvió a tocar esa puerta. Marisol supo, meses después, por una prima, que ella y Édgar habían terminado rentando un dúplex más chico en Pacoima. Nunca hablaron del tema otra vez. La carpeta azul se quedó guardada en el mismo cajón, debajo de las fotos viejas de su madre, por si alguna vez hacía falta mostrarla.

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Sixty & Me
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