Don Genaro y la gata en la bolsa de yute
La puerta del cerco de don Genaro no cerraba bien desde el otoño anterior. El pestillo se había partido una mañana en que él entró cargando dos botes de pintura, y desde entonces la puerta colgaba de una sola bisagra. El viento del desierto la golpeaba de noche con un ritmo irregular, como si alguien llegara hasta la entrada, dudara y se fuera sin atreverse a tocar. Don Genaro se había acostumbrado. Se acostumbraba rápido a todo. A que su esposa hubiera muerto hacía cuatro años. A que su hija llamara cada dos domingos desde Houston y la conversación se agotara en tres minutos exactos. A que el jardín trasero se llenara de maleza porque la espalda ya no le daba para agacharse y pedir ayuda era admitir que ya no podía solo.
La gata llegó en noviembre. Gris, con una mancha blanca en el pecho y una oreja rasgada. Se sentó en el porche y se quedó mirando la puerta. No maullaba. No se restregaba en las piernas. Solo esperaba, como si tuviera una cita y supiera que la atenderían tarde. Don Genaro salió, la observó y le dijo:
—Ni para mí alcanza.
La gata no se movió. Don Genaro volvió a entrar, sacó del refrigerador un pedazo de pescado frito, lo puso en un plato de plástico y lo dejó en el porche. La gata comió con calma, se lamió el pecho y volvió a sentarse en el mismo sitio.
—Quédate si quieres —le dijo.
Para diciembre, la gata ya vivía adentro. No porque él la hubiera invitado, sino porque una mañana abrió la puerta y la encontró dormida sobre el tapete de la entrada. Cómo había entrado, quién sabe. La ventanilla de la cocina no cerraba del todo y don Genaro supuso que por ahí. No la arregló.
Mateo, el niño de la casa de al lado, pasaba frente al cerco de don Genaro todas las tardes. Tenía nueve años, iba a cuarto grado y volvía de la escuela por el callejón de tierra porque le acortaba el camino. La puerta rota quedaba justo en su ruta. Mateo siempre miraba hacia el patio, no por entrometido, sino porque junto al cobertizo crecía un limonero viejo y en el suelo siempre había limones caídos, amarillos, chiquitos, ácidos, pero Mateo los recogía y se los comía con sal. Esa tarde ya no había limones. Pero la costumbre de mirar seguía ahí.
Ese miércoles, Mateo volvía de la escuela cuando vio a don Genaro parado en el porche. En las manos llevaba una bolsa de yute. La bolsa se movía.
Mateo se detuvo en seco junto al cerco. La bolsa en las manos de don Genaro se sacudía con algo vivo adentro. Un rasguño sordo, como uñas contra la tela, llegó hasta donde estaba el niño. Don Genaro no lo vio. Bajó los escalones, atravesó el patio hasta su camioneta —una Ford vieja, color arena, cubierta de polvo—, abrió la puerta trasera, puso la bolsa en el asiento y volvió a la casa.
Mateo no podía moverse. El corazón le golpeaba en los oídos. Él había visto a la gata de don Genaro. Gris, mancha blanca. A veces se asomaba por la ventana y miraba a la calle. Mateo una vez le hizo una seña con la mano y la gata inclinó la cabeza, como si no entendiera. La bolsa. La gata en la bolsa. Mateo sabía lo que eso significaba. Su abuelo le contaba que antes, en el rancho, cuando nacían demasiados gatos, los metían en una bolsa y los llevaban lejos. No por maldad, le decía, sino porque no había quién los alimentara. Mateo no había podido dormir esa noche, imaginando una bolsa que se hundía en una acequia oscura.
Don Genaro salió otra vez. Ahora cargaba una caja de cartón. La puso en el asiento de atrás, junto a la bolsa, se sentó al volante y encendió el motor. La camioneta tosió, escupió humo gris y salió del patio. Mateo se pegó al cerco para que no lo tocara. Don Genaro pasó a su lado y no volteó a verlo.
El niño corrió a su casa. Su mamá, Karina, estaba en la cocina friendo tortillas. El aceite chisporroteaba. Mateo entró como un ciclón, sin quitarse los tenis, y soltó de golpe:
—¡Mamá, don Genaro metió a la gata en una bolsa y se la llevó en la camioneta!
Karina dejó las pinzas sobre la estufa.
—¿Cuál gata?
—La gris, la de la mancha blanca. Vive con él. ¡La metió en una bolsa, mamá!
—Cálmate, Mateo. Quítate los tenis, que dejaste el piso…
—¡Mamá, se la llevó al monte, o al río! ¡La va a abandonar, o algo peor!
Karina se limpió las manos con el trapo de cocina y miró a su hijo. Él estaba parado en la entrada, con la mochila de una sola correa, y el labio inferior le temblaba. No lloraba, pero estaba a punto.
—Mateo, siéntate. No sabemos a dónde iba. A lo mejor la llevó al veterinario.
—¡Al veterinario no se llevan en bolsa, mamá! ¡En una jaula, o en una transportadora!
Karina se quedó callada. El niño tenía razón. Al veterinario no se lleva un gato en una bolsa de yute.
—Está bien —dijo—. Voy a hablar con don Genaro cuando regrese.
—¿Y si ya es muy tarde?
—Mateo…
—¿Y si ya es muy tarde, mamá?
Karina se quitó el delantal.
—Vámonos. Agarra una chamarra.
No sabía bien qué estaba haciendo. Don Genaro era vecino hacía quince años. Un señor callado, viudo, que antes trabajaba de mecánico en el taller de la carretera y ahora vivía de su pensión, arreglando lavadoras y licuadoras a los vecinos por casi nada. No tomaba. No gritaba. Después de la muerte de su esposa se había vuelto más silencioso, como quien baja el volumen de una tele hasta casi apagarla. Karina le llevaba tamales en Navidad, y él siempre decía lo mismo: «No te hubieras molestado, m’ija». Los recibía. Y al año siguiente volvía a decir lo mismo.
No parecía un hombre capaz de hacerle daño a un animal. Pero la bolsa se movía. Mateo lo vio.
Karina sacó el auto del garaje. Mateo se sentó adelante, se puso el cinturón y se quedó mirando por la ventana con los ojos fijos, como si la gata pudiera aparecer en cualquier esquina. Pero no había a dónde ir. No sabían qué camino había tomado don Genaro. ¿Al río? ¿Al basurero? ¿A la carretera vieja?
—Al río —dijo Mateo con una certeza que no dejaba espacio a la duda.
—¿Por qué al río?
—Porque el abuelo dijo que siempre los llevan al río.
Karina dobló hacia el río. No porque creyera en las historias del abuelo, sino porque no tenía un plan y Mateo la miraba como miran los niños cuando esperan que los grandes lo arreglen todo.
El camino al río bordeaba un sembradío de alfalfa y luego se metía por un bosquecillo de mezquites. Al final, bajaba hacia el puente. Un puente angosto, de concreto agrietado, que solo usaban los muchachos para ir a nadar en verano. Ahora, en enero, el agua corría baja y turbia, color chocolate.
La camioneta de don Genaro no estaba junto al puente.
—Aquí no es —dijo Karina.
Mateo no respondió. Miraba fijamente la corriente, las ramas arrastradas, los remolinos oscuros junto a la orilla.
—Vamos de regreso —dijo Karina, suave.
—Por la otra ruta —pidió Mateo—. Por la que pasa atrás de la gasolinera.
Tomaron el desvío. Y allí, a la salida del pueblo, junto a un edificio bajo y alargado, vieron la Ford de don Genaro. En el letrero desteñido se leía «Clínica Veterinaria Municipal». Bajo el letrero, un anuncio en papel bond pegado con cinta canela.
Karina se estacionó.
—Espera en el auto.
—No.
—Mateo.
—Voy contigo.
Entraron juntos. La clínica olía a desinfectante de pino y a algo dulzón, como de jarabe. Una señora con bata celeste escribía detrás del mostrador. No había nadie más en la sala de espera. De un consultorio al fondo, con la puerta entreabierta, salía una voz que Karina reconoció de inmediato. Don Genaro.
Se acercaron sin hacer ruido. Mateo le apretó la mano con fuerza.
Don Genaro estaba sentado en un taburete junto a una mesa de acero. Sobre la mesa, sobre una toalla limpia, estaba la gata. Gris. Mancha blanca. Viva.
El veterinario, un hombre joven con lentes de armazón grueso, le palpaba el vientre con cuidado. La gata estaba tranquila, solo la punta de la cola se movía de un lado al otro.
—¿Desde cuándo notó el cambio? —preguntó el veterinario.
—Hará cuatro días. Dejó de comer. Se escondió atrás de la lavadora y no quería salir. Maullaba de noche, bajito, como si se quejara. Yo pensé que se estaba muriendo.
—¿En qué la trajo?
—En una bolsa de esas de mandado. No tengo transportadora. Nunca pensé en comprar una. Le hice hoyos para que respirara y le puse una camiseta vieja adentro.
El veterinario asintió. Siguió palpando y por fin sonrió.
—Don Genaro, su gata no está enferma. Está preñada. Va a tener gatitos. Yo calculo que en una semana, quizá diez días.
Don Genaro se quitó la gorra. Se restregó la frente. La gata giró la cabeza y lo miró entrecerrando los ojos, como si le dijera: «Ya ves, ni para qué te asustaste». Él estiró la mano y le acarició la cabeza. La gata apoyó las orejas hacia atrás y empezó a ronronear, y el sonido vibró contra el metal de la mesa.
Atrás de la puerta, Mateo contuvo la respiración. Había escuchado todo. Karina le puso la mano en el hombro y sintió cómo el cuerpo del niño se relajaba, como si le quitaran un peso que había cargado todo el trayecto.
Karina empujó la puerta.
Don Genaro se giró. Las vio. Parpadeó, confundido.
—¿Karina? ¿Qué hacen aquí?
Ella abrió la boca, pero no supo qué decir. Decir «pensamos que venía a ahogar a la gata» era imposible y absurdo y le daba vergüenza. Pero Mateo se adelantó.
—Don Genaro, yo lo vi cuando metió a la gata en la bolsa. Y pensé que usted iba a…
No terminó. Don Genaro lo miró fijamente. En su cara hubo algo lento, como si estuviera juntando las piezas de un rompecabezas y de pronto viera la imagen completa.
—Tú pensaste que yo la iba a tirar por ahí. ¿O a ahogarla?
Mateo asintió. Apenas un movimiento corto de cabeza.
Don Genaro se quedó callado un momento. Luego se levantó, se puso en cuclillas frente al niño —las rodillas le tronaron y él hizo una mueca, pero no se irguió— y le puso una mano en el hombro. Una mano grande, de nudillos gastados.
—Mateo. Yo no haría algo así. ¿Me oyes? Jamás. La bolsa es porque no tengo jaula, y ella se me escapa si la cargo. Adentro se queda quieta porque está oscuro y se siente protegida. Le puse mi sudadera vieja para que fuera blandito. Solo eso.
—Yo vi la bolsa que se movía. Y me asusté mucho.
—Hiciste bien en asustarte —dijo don Genaro, serio—. Hiciste bien en correr. Si hubiera sido cierto, tú habrías llegado a tiempo.
La gata en la mesa había dejado de ronronear y los observaba. El veterinario escribía algo en su expediente, en silencio. Karina se volvió hacia la ventana. Afuera, el sol de la tarde teñía el cielo de naranja y rosa sobre los matorrales.
La caja de cartón que don Genaro había puesto en la camioneta estaba en el suelo del consultorio. Abierta. Adentro se veía una toalla doblada, un recipiente con agua tapado con papel aluminio y una bolsita de croquetas para gato. De las caras. Don Genaro las había comprado antes.
En el camino de regreso a casa, Mateo iba en el asiento trasero, callado. No dormido: callado como los adultos cuando se les acaban las palabras pero todavía queda algo que procesar.
—Mamá —dijo ya cerca de la casa—. ¿Puedo ir a ver a los gatitos cuando nazcan?
—Sí, si don Genaro te deja.
—Él me va a dejar.
Karina no preguntó de dónde sacaba tanta seguridad. Porque había visto cómo don Genaro miró a su hijo en el consultorio, y en esos ojos había algo que ella no le veía al vecino desde hacía años. No gratitud. Algo más simple y más profundo. Como si alguien lo hubiera visto de verdad por primera vez en mucho tiempo. No a través de un cerco roto, sino de cerca, a quemarropa.
Los gatitos nacieron diez días después, un sábado al amanecer. Cuatro. Dos grises, uno color crema y uno blanco con una mancha gris en el lomo, como una pequeña isla en un mapa. Mateo llegó esa misma tarde. Don Genaro le abrió la puerta sin decir nada y le señaló la caja de cartón en un rincón de la sala.
El niño se sentó en el suelo. La gata lo miró, le lamió la mano despacio, y siguió amamantando a sus crías. Mateo se quedó inmóvil media hora, observando cómo respiraban, cómo se apretaban unos contra otros en busca de calor.
—Ese blanco se parece a ti —dijo don Genaro señalando al más inquieto—. Igual de movedizo, todo el día buscando dónde meterse.
—Pero si está durmiendo.
—Espérate a que abra los ojos.
Don Genaro arregló el pestillo del cerco ese mismo fin de semana. Mateo le ayudó, alcanzándole el desarmador y sosteniendo la bisagra nueva que Karina compró en la ferretería del centro. Cuando terminaron, la puerta cerró con un golpe seco y firme. El viento ya no la azotaba de noche. Pero Mateo siguió entrando por ella todas las tardes después de la escuela. La abría, pasaba, la cerraba a sus espaldas. El pestillo sonaba seco y breve, como un punto final bien puesto.
Al gatito blanco de la mancha gris Mateo se lo llevó a casa cuando tuvo edad. Le puso Copito. Don Genaro oyó el nombre, soltó un bufido y no dijo nada. Solo acarició a la gata, que se había subido al alféizar de la ventana y miraba cómo el niño cruzaba el patio con la caja de cartón en los brazos. La gata siguió al gatito con la mirada hasta que Mateo abrió la puerta recién compuesta y desapareció del otro lado. Luego se enroscó en la ventana y se quedó dormida al sol de la tarde, como si supiera que todo estaba en orden. Don Genaro se sirvió un café, se sentó en el porche y, por primera vez en mucho tiempo, dejó la puerta del cerco abierta a propósito. Por si alguien quería pasar.







