Sofía no entendía qué le pasaba a su yegua. Regina tiraba del ronzal, resoplaba con fuerza y sus ojos oscuros, normalmente tan serenos, reflejaban una angustia difícil de describir. Cada músculo de su cuerpo negro azabache, con esos cuatro calcetines blancos impecables, estaba tenso como un cable de acero en el pasillo del establo.
—Tranquila, preciosa, tranquila —murmuró Sofía, pasando la palma de la mano por el cuello sudoroso del animal.
Apenas habían pasado veinte minutos desde que el sol asomó sobre las montañas de Santa Fe, y el aire de julio todavía conservaba un filo fresco que olía a pino y tierra mojada. Alguien carraspeó a su espalda.
—¿Hablando con la yegua otra vez, muchacha?
Era don Tomás, el encargado del rancho, un hombre de setenta años con manos como raíces de cedro y una gorra de los Dallas Cowboys que no se quitaba ni para dormir. Se acercó arrastrando un poco la bota izquierda y observó a Regina con los ojos entrecerrados de quien ha visto más caballos que personas.
—Algo la tiene mal, don Tomás. Mírela. Lleva quince días con nosotros y jamás la había visto así.
—Está escuchando algo que nosotros no oímos —dijo el viejo, rascándose la barbilla plateada—. Estos pura sangre tienen un oído que ya quisiera uno. ¿Te fijaste para dónde mira?
Sofía siguió la línea del hocico de Regina. La yegua tenía la cabeza girada hacia el este, hacia la carretera interestatal que pasaba a unas tres millas del rancho, y más allá, hacia la mancha verde oscuro del Bosque Nacional de Santa Fe.
—Hacia la interestatal.
—Algo la llama —sentenció don Tomás—. Quién sabe qué. Pero es un animal noble, se le nota en el paso.
—Es perfecta —dijo Sofía con un dejo de terquedad—. No tiene un solo defecto.
Don Tomás soltó una risita seca y se alejó cojeando hacia la sala de aperos. Sofía lo oyó murmurar algo sobre que todos los caballos tienen un defecto, solo que algunos tardan en mostrarlo.
La verdad era que Sofía no podía permitirse un defecto. Su carrera en salto dependía de Regina. Hacía apenas tres meses, su anterior caballo, Trueno, había empezado a sangrar por la nariz después de cada entrenamiento. El veterinario de Albuquerque fue claro: EPOC severo, retiro inmediato. Lo mandaron a un rancho de retiro en Colorado, donde el aire seco y limpio al menos le daba algo de alivio. Sofía lloró tres días seguidos, y luego el club ecuestre asignó dieciocho mil dólares para encontrar un reemplazo competitivo.
Regina apareció en un video de YouTube: una yegua de capa negra, movimientos fluidos, un historial impecable en concursos de Kentucky. La dueña era una tal Mrs. Harrington, una mujer de Lexington con una prisa casi grosera por cerrar el trato. Aceptó la transferencia bancaria antes de que Sofía terminara de leer el contrato, firmó los papeles con trazos nerviosos y prácticamente desapareció del estacionamiento sin mirar atrás.
—Como si se estuviera deshaciendo de un cadáver —le comentó después Sofía a su entrenadora, la señora Elena.
Pero en ese momento la emoción de montar a Regina le había borrado cualquier sospecha. Ahora, mientras ensillaba a la yegua bajo la mirada inquieta del animal, aquella escena volvía con una nitidez incómoda.
Montó de un salto, ajustó las riendas y dejó que Regina eligiera la dirección. La yegua no dudó: arrancó al trote hacia el portón trasero del rancho, bordeó el viejo molino de viento y enfiló hacia un sendero de tierra que Sofía apenas conocía. El trote se convirtió en galope y el galope en una carrera controlada pero urgente, como si el animal supiera exactamente adónde iba.
Una milla y media más tarde, Regina frenó en seco junto a un alcantarillado de concreto, a unos cien metros de la carretera. Sofía casi sale despedida por encima de la cruz. Mientras recuperaba el equilibrio, lo oyó: un gemido. No era el viento entre los pinos. Era un quejido rítmico, desesperado, que salía de la boca del túnel de drenaje.
Se desmontó con el corazón golpeándole las costillas. Dentro del tubo de concreto, hecha un ovillo sobre una bolsa de basura, una perra pitbull color miel estaba pariendo. A su alrededor, tres cachorros diminutos y ciegos buscaban las mamas, mientras un cuarto estaba a medio nacer. La perra levantó la cabeza apenas un centímetro y miró a Sofía con unos ojos amarillos rebosantes de dolor y confianza absoluta, como si llevara horas esperando justamente esa cara, ese rescate, esa yegua que la había olfateado desde tres millas de distancia.
—Dios santo —susurró Sofía, arrodillándose en el barro.
Sacó su teléfono. Cero señal. Miró a Regina, que resoplaba con suavidad, ya completamente tranquila, como un detector de catástrofes que por fin ha dado la alarma correcta.
—Eres un radar con patas, ¿lo sabías?
La perra se llamó Miel. Los cachorros, Canela, Clavo y Anís. El veterinario del pueblo dijo que llegaron por un pelo: una hora más dentro de ese túnel con la hemorragia que tenía la madre y la historia habría sido distinta. Sofía se quedó con Miel; dos de los cachorros fueron adoptados por familias de Albuquerque y el tercero se lo quedó don Tomás, que necesitaba compañía en su casa rodante y fingió estar enojado por la imposición durante exactamente cuatro minutos antes de comprar un saco de croquetas de treinta libras.
El verano se escurrió entre entrenamientos y concursos. Sofía y Regina ganaron el segundo lugar en el Torneo Regional de Verano en Taos y se llevaron el primer puesto en el Clásico de Otoño en Scottsdale. La entrenadora Elena no cabía de orgullo. Todo el club hablaba de la química inexplicable entre la jinete de veintidós años y aquella yegua con aires de telépata.
En octubre, durante un entrenamiento crucial para el Campeonato del Suroeste que se celebraría en El Paso, Regina volvió a comportarse de forma extraña. Estaban en la pista de arena, el sol caía a plomo, y la yegua empezó a sacudir la cabeza, a negarse a saltar las vallas más bajas, a relinchar mirando hacia el camino de entrada del rancho. Sofía sintió un vuelco familiar en el estómago.
—Otra vez no… —murmuró la señora Elena, bajando el cronómetro.
—Voy a salir con ella —decidió Sofía—. Don Tomás, acompáñeme por favor. No sé qué vamos a encontrar.
—A este paso voy a necesitar un aumento —refunfuñó el viejo, pero ya estaba ensillando a su cuarto de milla, un alazán paciente llamado Patrón.
Cabalgaron tres millas siguiendo el instinto de Regina, que esta vez no se fue hacia el bosque sino en dirección contraria, bordeando la carretera interestatal. El sol ya se estaba metiendo detrás de los cerros de Los Álamos cuando la yegua se detuvo delante de un taller mecánico abandonado. Una camioneta Ford F-150 blanca con matrícula de Texas estaba estacionada frente a la entrada, con la puerta del conductor abierta y el motor apagado. No se veía a nadie.
Y entonces lo oyeron. Un llanto. Humano. Pequeño, agotado, como un maullido.
Sofía desmontó antes de que Regina se plantara del todo. Corrió los treinta metros hasta la camioneta. En el asiento trasero, envuelto en una manta térmica de esas plateadas que venden en las gasolineras, había un bebé.
Un bebé de semanas, con la carita sucia y los puños cerrados, llorando con ese sonido ronco de quien ya ha llorado todo lo que podía y se está quedando sin voz. Sofía abrió la puerta y lo tomó en brazos casi por reflejo. El bebé se aferró a su camiseta con una fuerza diminuta y desesperada. Estaba caliente, pero no lo suficiente para el frío que empezaba a bajar con el atardecer de octubre en el desierto alto.
—Llame al nueve-uno-uno —le gritó a don Tomás, que ya tenía el teléfono en la mano.
La historia salió en los noticieros locales. La madre, una adolescente de diecisiete años de Odessa, había robado la camioneta de su padrastro y había conducido seis horas sin parar. Dejó al bebé en el taller abandonado porque sabía que alguien pasaría tarde o temprano por la carretera, y luego se fue caminando hacia una gasolinera para pedir ayuda. Estaba desorientada, con hipotermia y signos de psicosis postparto, pero viva. El bebé, un varoncito de cinco semanas llamado Mateo, fue puesto bajo custodia temporal del estado mientras localizaban a la abuela materna en Nuevo México. Sofía testificó en la audiencia de custodia. No hizo falta mucho. La abuela, una mujer de sesenta años con el rostro tallado en granito, le apretó las manos y le dijo: «Dígale a su yegua que le debo la vida de mi nieto».
En noviembre, el Campeonato del Suroeste se celebró en el condado de El Paso. El estadio ecuestre estaba lleno de remolques, jinetes con chaquetas de competición y caballos que valían más que muchas casas. Sofía y Regina clasificaron sin problemas a la final de salto. La rutina era perfecta: ocho vallas, dos cambios de dirección y una combinación doble que exigía una precisión de relojería.
Acababan de terminar la presentación, con un tiempo limpio y cero derribos, cuando una voz aguda perforó el bullicio de los aplausos.
—Disfruten el momento. No les va a durar.
Sofía giró la cabeza. Montada en una yegua alazana, con un frac que probablemente costaba más que el rancho entero de don Tomás, estaba una mujer delgada, de pómulos afilados y una trenza rubia casi blanquecina. Tardó tres segundos en reconocerla. Era Mrs. Harrington. La antigua dueña de Regina.
—¿Perdón? —la voz de Sofía era un cable tenso.
—Esa yegua tiene un defecto —dijo la mujer, acariciando la crin de su propia montura con una sonrisa condescendiente que no le llegaba a los ojos—. Un defecto de fábrica. Yo lo descubrí, el dueño anterior también. Y el anterior a él. Pregúntele a quien quiera.
La señora Elena se interpuso, con el mentón en alto.
—Señora, no tenemos idea de qué está hablando.
—Claro que no. Porque todavía no se los ha mostrado. Pero lo hará. Es cuestión de tiempo. Esa yegua tiene la manía de encontrar bestias tiradas por todas partes. Perros, gatos, mapaches… una vez literalmente se negó a moverse hasta que apareció un halcón herido al costado del camino. Yo no compro caballos de competición para montar una perrera. Nadie lo hace. Por eso me deshice de ella. Igual que los otros.
Se hizo un silencio pesado. Otros jinetes y preparadores se habían girado a escuchar. Sofía sintió la sangre caliente subiéndole por el cuello, pero no gritó.
—¿Un defecto? —repitió, y se tomó un segundo para respirar hondo.
Miel, la pitbull rescatada en el alcantarillado, estaba amarrada junto al remolque del equipo, moviendo la cola y vigilando a Regina como si fuera su guardaespaldas personal. En casa, en Santa Fe, don Tomás estaba enseñándole a Clavo a no morder las botas de trabajo. El pequeño Mateo había sido dado de alta del hospital y ahora vivía con su abuela en Las Cruces. Y todo eso había pasado porque una yegua negra con calcetines blancos había decidido que no iba a ignorar lo que nadie más quería escuchar.
Sofía miró a Mrs. Harrington a los ojos y habló con una calma que le sorprendió incluso a ella misma.
—¿Sabe qué? Nosotras encontramos a Miel pariendo en un túnel de drenaje. Encontramos a un bebé abandonado en una camioneta. Mi entrenadora tiene una gata de tres colores que llegó a su vida en una parada de gasolina porque Regina se negó a subir al remolque hasta que la encontramos. Y eso es solo este año. Si eso es un defecto, señora, ojalá todos los caballos del mundo lo tuvieran.
La mujer parpadeó como si le hubieran dado un bofetón verbal. Abrió la boca para responder, pero la jueza del campeonato, que había escuchado toda la conversación desde su puesto junto a la valla, se adelantó.
—Señora Harrington —dijo la jueza, una mujer mayor con gafas de sol y un silbato colgado al cuello—, llevo cuarenta años en este deporte y déjeme decirle algo: el olfato para detectar vida en peligro no es un defecto de ningún caballo. Y no voy a hacer comentarios sobre lo que podría ser un defecto en un ser humano.
Mrs. Harrington giró sobre los talones de sus botas de montar, azotó las riendas y desapareció entre los remolques con la cara del color de la cera de vela.
Esa tarde, Sofía y Regina saltaron la final. Ocho vallas. Tiempo: sesenta y tres segundos. Ni un solo derribo. Ni un roce. Cuando el marcador mostró el primer puesto, Sofía se inclinó sobre el cuello de la yegua y le susurró algo al oído. Nadie supo qué. Pero la señora Elena, desde la barrera, le pareció ver que Regina movía las orejas hacia atrás para escuchar mejor.
Esa noche, de regreso en el rancho, bajaron a Regina del remolque bajo un cielo tapizado de estrellas. Sofía le quitó la sudadera de viaje, le dio palmadas en la grupa y la yegua, en vez de caminar hacia su establo, giró la cabeza hacia el noreste. Hacia la carretera. Hacia la oscuridad. Y resopló tres veces, corto y fuerte.
La entrenadora Elena, que estaba descargando las monturas, levantó la vista.
—Otra vez no… —dijo, pero esta vez sonreía.
Sofía ya estaba buscando una linterna.







