Mateo seguía clavado en el mismo sitio donde, apenas cinco minutos atrás, había dejado a Emilia. Recorría el patio con la mirada, y una ansiedad fría se le enroscaba en el pecho con cada segundo que pasaba. No la veía por ninguna parte. Entre aquel mar de niños corriendo y mochilas nuevas, no lograba encontrar a una sola. A su propia hija.
—No entiendo nada —murmuraba para sus adentros, frotándose la nuca—. ¿A dónde se fue? Si solo me fui un momentito.
Entonces divisó a la señorita Castro, la maestra de primer grado, que en ese instante intentaba poner en fila a un grupo de pequeños inquietos. Mateo prácticamente corrió hacia ella.
—¡¿Dónde está mi niña?! La de los moños blancos. Debería estar aquí con ustedes. Y no aparece.
El hombre estaba tan alterado que no se dio cuenta de que casi le estaba gritando. La joven maestra dio un respingo y lo miró, desconcertada.
—Disculpe… ¿Quién exactamente? Creo que todos los míos están aquí.
—Mi hija. Emilia. ¡Estaba justo ahí parada y ahora no está! Está en su lista de alumnos. ¿Acaso no nos recuerda?
—Lo siento, tengo veintinueve niños en el salón y solo nos hemos visto un par de veces.
—¿Y eso qué?
—Todavía no he memorizado las caras de todos los padres y los niños.
—¿Y esa es su excusa?
—Escúcheme, cada padre me entregó a su hijo personalmente. Usted… usted no lo hizo. Recién se acerca ahora. Entiendo que el primer día es una locura, pero… ¿mejor dígame por qué dejó a su hija sola? ¿No ve la cantidad de gente que hay hoy en la escuela? Aquí no solo se pierde una niña de siete años, se pierde cualquiera.
—Fue un segundo. Fui a la gasolinera de la esquina a comprarle una botella de agua. Emilia tenía sed. Cuando volví, ya no estaba. ¡Rayos, usted es la maestra! ¿Acaso no tendría que estar vigilando a los chicos? ¿Ahora dónde la busco? ¿A dónde pudo haber ido?
La señorita Castro respiró hondo. Era su primer día como maestra titular, su primer grupo propio, y todo aquello le estaba pareciendo una pesadilla absurda.
—Cálmese, señor. ¿Cómo iba vestida su hija?
—Ya le dije: llevaba unos moños blancos bien grandes.
—Lo siento, pero en mi clase hay quince niñas, y todas vinieron con moños blancos. ¿Alguna otra característica? ¿De qué color era su ropa, por ejemplo?
Mateo se quedó en blanco un segundo. El miedo y el aturdimiento eran tales que no podía hilar palabras. Esa mañana él mismo le había ajustado los moños, le había arreglado el cuello de la blusa, había rezado para que no se ensuciara las calcetas blancas… y ahora, de repente, se daba cuenta de que apenas podía describirla.
—Bueno, otra cosa… Una niña de siete años, ojos cafés, pelo largo y oscuro.
—Así está mejor. ¿Algo más que recuerde?
—Eh… ¡La mochila! Una mochila amarilla con patitos. Es que le encantan los animales, por eso la eligió. Estoy seguro de que ningún otro niño trae una mochila así. Dios mío, ¿dónde se metió? —mascullaba Mateo, mientras su mirada angustiada barría el patio una y otra vez.
—No se preocupe, la vamos a encontrar. Y la encontraremos bien. Dudo que haya podido salir de la escuela. Su Emilia tiene que estar por aquí. Espéreme, ya vuelvo.
La maestra se apresuró hasta donde estaban sus alumnos, que se balanceaban impacientes esperando el acto de inicio de clases. Volvió a contarlos y observó con especial cuidado a las niñas. Pero entre todas aquellas cabecitas coronadas con impecables moños blancos, Emilia no estaba. Ninguno de los pequeños, al ser preguntados, recordaba haber visto a una compañera con una mochila amarilla de patitos.
Luego de pedirle a una colega que vigilara a su grupo, la señorita Castro regresó junto a Mateo.
—Entre sus compañeritos nadie la vio —le informó—. Y adentro del edificio no pudo haber entrado sin autorización. De modo que su hija está en algún lugar del predio. Le propongo que la busquemos juntos.
—¿No será mejor llamar a la policía?
—Creo que por ahora no hace falta. Vamos a encontrarla —dijo ella, esforzándose por sonar tranquila, aunque por dentro la angustia también le comía el alma.
Así fue como padre y maestra salieron a recorrer la escuela. Revisaron el patio principal, la cancha de baloncesto, le preguntaron varias veces al guardia de la puerta. Pero nada. Nadie la había visto.
—¿Su hija no tiene teléfono? —preguntó la señorita Castro mientras se dirigían hacia el fondo del terreno, el único sitio que les faltaba inspeccionar.
—Sí, claro —suspiró Mateo—. Pero lo tengo yo, en el bolsillo. No llegué a dárselo antes de que se me perdiera.
—Lástima —suspiró la maestra a su vez.
—Por favor, por favor, que no le haya pasado nada —repetía él casi en un susurro.
La señorita Castro no respondió. Solo pensaba en que ella ahora no solo respondía por esos niños, sino también por la confianza de los padres. Y si realmente le ocurría algo grave a esa criatura…
En ese preciso momento, la niña de los moños blancos y la mochila amarilla con patitos se encontraba en el patio trasero, parada al pie de un viejo roble. Dialogaba con un minúsculo gatito que se aferraba a una rama justo encima de su cabeza y no se atrevía a bajar. Emilia le suplicaba de todas las formas posibles, pero el animalito solo le contestaba con un maullido lastimero.
—Vamos, chiquito, salta —le pedía Emilia—. Te voy a atrapar. Te lo juro, te atrapo.
El gatito parecía decidirse un instante, pero el vértigo lo paralizaba en el último segundo y, pegándose todavía más a la corteza, volvía a maullar. Tan desconsolado, que a Emilia se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando entendió que sola no podría, salió disparada en busca de ayuda. Y al doblar la esquina del edificio, se topó de frente con su papá y la señorita Castro. Lucían desencajados.
—¡Hija! ¿Dónde te metiste? —Mateo se lanzó hacia ella y la abrazó con fuerza—. Casi me matas del susto. ¿Qué haces aquí atrás?
—Papi, ¿me puedes regañar después? —respondió Emilia—. Ahora… ahora necesito que me ayudes.
—¿Qué pasó?
—Vamos conmigo.
La niña lo tomó de una mano y con la otra jaló a la maestra. Sin entender nada, los dos adultos cruzaron una mirada y la siguieron en silencio. Finalmente, Emilia los llevó hasta el roble y apuntó con el dedo hacia lo alto.
—Ahí hay un gatito, ¿lo ven? Papi, bájalo, por favor.
—Emi, ¿no me quieres explicar cómo llegaste hasta acá? ¿En qué lugar te dije que me esperaras?
—Es que cuando estaba junto a la reja esperándote, vi a un perro que corría detrás de este gatito y salí atrás de ellos. El michi se asustó y trepó al árbol, el perro se quedó ladrándole abajo. Al perro lo espanté… pero al gatito no lo puedo alcanzar.
—¿Tú sola espantaste a un perrote? —exclamó la señorita Castro, estupefacta.
—Ajá —confirmó Emilia—. Le dije que si no se iba por las buenas, iba a venir mi papá y lo iba a ayudar a irse. Y se fue. Pero el pobre michi sigue ahí. Papi, ¿ya lo vas a bajar? ¡No te quedes ahí parado sin hacer nada! —exigió la niña, zapateando enfadada—. Ese animalito tiene miedo.
Mateo examinó con escepticismo aquellas ramas finas y entendió al instante que con sus más de doscientas libras no iba a poder ni acercarse. Otra cosa era la maestra. Delgada, liviana. Ella sí podría.
—¿Por qué me mira así? —preguntó alarmada la señorita Castro.
—Yo no me subo. Ni siquiera alcanzo la primera rama.
—Yo la sostengo —ofreció Mateo, con una sonrisa.
—¡Ni se le ocurra!
—Por favor —Emilia le tomó la mano a la maestra—. Mire cómo tiembla. ¿Y si se cae solito?
La señorita Castro levantó la vista. El gatito volvió a maullar con un hilo de voz, como si entendiera que estaban hablando de él.
—Está bien —cedió al fin—. Pero solo si usted —y le clavó la mirada a Mateo— me sostiene bien fuerte y no me deja caer.
—Prometido. No va a pasar nada —volvió a sonreír él.
La señorita Castro se acomodó sobre los anchos hombros de Mateo, quien la elevó sin mayor esfuerzo. Ella se puso de pie con cuidado, sosteniéndose de una rama, y con el brazo libre, entre las exclamaciones de ánimo de la niña y su padre, se estiró cuanto pudo hacia el gatito.
—Un poquito más… —la alentaba Mateo.
—Casi lo alcanza —gritaba Emilia abajo.
El gatito primero retrocedió asustado, pero luego dio un paso vacilante hacia la mano de la maestra y…
—¡Lo tienes! ¡Lo tienes! —Emilia aplaudió dando saltos de alegría—. ¡Es una súper heroína, señorita Castro! Papi, no la sueltes.
Cuando por fin la maestra pisó tierra firme, Emilia estiró los brazos de inmediato y apretó al gatito gris contra su pecho. El animalito, exhausto, cerró los ojos y empezó a ronronear.
—Bueno —suspiró Mateo, sintiendo que el corazón le volvía al cuerpo—. Gracias a Dios, todos sanos y salvos. Pero qué susto me diste, hija, con esa desaparición misteriosa.
—Perdón, papi. No quise asustarte. Es que no podía dejarlo solo. Él no iba a poder bajar nunca de ahí.
Mateo le dedicó una mirada larga y movió la cabeza, vencido por la ternura. Era precisamente ese corazón enorme e incapaz de ignorar una injusticia lo que más amaba en este mundo.
—¿Podemos llevarlo a casa? —preguntó Emilia, levantando al gatito con cuidado.
—Después de semejante rescate, como que ya no podemos decir que no —bromeó Mateo.
—Entonces cuídalo mientras voy a buscar mis libros. Y ni se te ocurra desaparecer otra vez, señorita. No quiero que la señorita Castro y yo tengamos que salir a rastrearte de nuevo.
La maestra no pudo contenerse y soltó una carcajada.
—Sí que va a ser una sorpresa para tu mamá cuando vuelvan a casa con semejante acompañante.
—Yo no tengo mamá —la voz de la niña se apagó de golpe—. Pero… me habría gustado mucho tener una.
—Lo siento, no sabía… —la maestra se ruborizó al instante, parpadeando confundida.
—No se preocupe, está bien —terció Mateo—. Ella nos dejó hace cinco años. Se fue al extranjero. Y no volvimos a saber nada. Mejor dicho, Emi y yo no volvimos a saber nada.
Se hizo un silencio denso en aquel patio trasero. La señorita Castro contempló a ese hombre corpulento y un poco torpe, de ojos bondadosos, y a la pequeña con el gatito gris dormido entre las manos. Sintió una punzada en el pecho que no supo explicar del todo.
—Pues ahora vamos a tener a Bigotes —sentenció Emilia, acariciando al felino.
—¿Ya le pusiste nombre? —sonrió Mateo.
—Claro. ¿Cómo va a vivir sin nombre?
*****
Desde aquel día, Mateo siempre iba personalmente a buscar a Emilia. A veces, con la señorita Castro intercambiaban apenas un par de frases; otras veces, la charla se alargaba hasta que el patio de la escuela se quedaba completamente vacío. Hablaban de las calificaciones, de las ocurrencias cómicas del salón, de libros, películas, mascotas… y poco a poco dejaron de darse cuenta de que el tema ya no era únicamente la escuela.
Una tarde, Mateo esperó en el pasillo a que todos los niños se fueran y entró al aula con paso decidido. La señorita Castro primero sonrió, feliz de verlo, pero en cuanto notó el ramo de flores que él traía en la mano, algo en su expresión cambió a una dulce sorpresa.
—Esto es para usted —dijo Mateo, con la voz más grave de lo normal, mientras le extendía las flores—. Y también… Quería invitarla a cenar hoy. O mejor dicho, Emi y yo queremos invitarla a cenar con nosotros. Los tres juntos. ¿Qué opina, señorita Castro?
Ella sintió que las orejas le ardían de vergüenza, pero tomó el ramo. Olía a otoño, a hogar y, por alguna extraña razón, a esperanza.
—Está bien —contestó, sencillamente—. Acepto.
Exactamente la misma palabra, "Acepto", fue la que pronunció al poco más de un año, cuando Mateo, con el corazón en la boca, le pidió matrimonio en el mismo patio trasero, bajo aquel viejo roble que ahora ya no le parecía un recuerdo de angustia sino el pórtico de su nueva vida.
En la ceremonia, junto al mar, Emilia sujetaba con fuerza la mano de la que hasta ayer había sido su maestra y ahora se convertía, oficialmente, en su nueva mamá. La pequeña no podía dejar de sonreír. Sentía que era la niña más afortunada del planeta.
—Oye, ¿puedo… puedo llamarte "mamá" de ahora en adelante?
A la joven mujer se le cristalizaron los ojos al instante.
—Si tú así lo quieres, claro que sí. Para mí va a ser la palabra más hermosa del mundo.
Emilia la abrazó con toda su fuerza. A un costado, Mateo las contemplaba en silencio, con una sonrisa que le llenaba todo el rostro. Quién le habría dicho, aquella mañana en la que casi pierde la razón buscando a su hija, que la vida iba a dar un vuelco tan rotundo. Pero los milagros existen, pensó. Un milagro pequeño, gris y peludo, que en ese instante dormía plácidamente sobre el alféizar de la ventana del apartamento, esperando el regreso de su familia para ronronearles a todos, feliz, el resto de sus días.







