La deuda de doce millones

La puerta del garaje se abrió a la mitad y se detuvo con un chirrido seco. Mariana empujó con el hombro y pasó por el hueco oliendo a humedad y a bolsas de basura. Sobre la lavadora nueva, una olla de aluminio hervía con un ruido sordo. Del fondo salió la voz de su suegra:

—Mija, quítate los zapatos, que acabo de trapear.

No era su casa. Era la casa de Mariana. La había comprado con la herencia de su abuela y con seis años de turnos dobles en la clínica dental de San Antonio. Cada pago del préstamo salía de su cuenta. Y ahora la cocina olía a manteca refrita, a fabuloso de pino barato y a naftalina.

—¿Dónde está Beto? —preguntó.

—En el patio, echando cal —dijo la señora Elvia, removiendo la olla sin levantar la vista—. Tus matas esas las tuve que sacar. Daban mucha plaga.

Mariana dejó las llaves sobre la mesita de la entrada, junto a una virgen de yeso que ella no había puesto ahí. Salió al patio. Beto estaba de espaldas, con las manos metidas en una cubeta de agua gris. Había tumbado los tres laureles que ella sembró el año que se mudaron. Las raíces quedaban al aire, como manos muertas.

—Beto.

El hombre se volteó con la sonrisa fácil que a Mariana le había gustado tanto a los veinticuatro. La camiseta empapada, el pantalón manchado de tierra.

—Mi mamá dijo que íbamos a sembrar chiles. Unos jalapeños y cilantro.

—Tu mamá vino a pasar dos semanas. Ya van dos meses, Beto.

—Es que se siente sola en el departamento. Tú sabes, desde que falleció mi papá.

Mariana miró la cubeta. Dentro flotaba la etiqueta de una de las macetas que ella había comprado en Home Depot.

—Recoges tus cosas y las de ella. Se van hoy.

Beto soltó la cubeta. Se limpió las manos en el pantalón.

—Mari, no digas cosas así. Es mi mamá.

—Es mi casa. La pagué yo. Tú no tenías ni para el enganche del carro.

—Pero está a mi nombre, mija —dijo la señora Elvia desde la puerta del patio.

Mariana se giró. La mujer se abanicaba con un sobre amarillo doblado en dos.

—A ver, enséñame eso.

La señora Elvia extendió el sobre con la punta de los dedos, como si le pasara una estampita. Mariana lo abrió. Adentro venía una copia notariada de un pagaré.

—¿Qué es esto, Beto?

Él se quedó callado. Se frotó la nuca con los nudillos, igual que hacía su papá cuando no sabía cómo salir de un apuro.

—Un préstamo, mi amor. Para el negocio de las trocas. Yo te iba a decir…

—Doce mil dólares, Beto. A nombre de los dos. Con la casa de garantía.

La cifra le salió de la boca sin que la pensara. Doce mil. Lo que costaba rehacer el techo, pintar la fachada, comprar sillones. Doce mil por una noche de póker y unas llantas usadas, seguramente.

—Los pagaste, ¿verdad? —preguntó Mariana, aunque ya sabía.

—Se atravesó un imprevisto —dijo Beto.

La señora Elvia soltó una risita sin muela.

—Ay, mija. Las cosas pasan. Ahora hay que jalar parejo. Tú ganas bien.

Mariana dobló el pagaré en cuatro y lo guardó en la bolsa trasera del pantalón. Se quedó un momento mirando sus laureles tirados en la tierra. El aire olía a cal y a cilantro fresco. La señora Elvia volvió a la cocina arrastrando las chanclas.

—Beto, dame las llaves del carro.

—¿Para qué?

—Voy a hablar con el abogado de la clínica. El que me ayudó con el contrato de la oficina.

—Mari, espérate. Podemos arreglarlo. Mi tío Chuy me debe dinero. Yo hablo con él.

—Las llaves, Beto.

Él las sacó del bolsillo y se las puso en la palma, sin chistar. Mariana sintió el metal tibio y aceitoso. Cerró los dedos alrededor.

—Regreso en una hora. Si todavía están aquí, llamo a la policía.

—¿A la policía? ¡Somos tu familia! —gritó la señora Elvia desde adentro.

Mariana no volteó. Salió por el pasillo lateral, esquivando la manguera que la señora había dejado regando el pasto de un vecino. La casa quedó atrás, con su cocina llena de vapor y aquella olla hirviendo como un puño cerrado.

El trayecto al centro fueron veinte minutos de semáforos rojos y noticias en la radio. Una mujer hablaba del desalojo de una familia en el lado sur. A Mariana se le fue la mente a la cocina, a la virgen de yeso, al olor a fabuloso. Cada detalle de esa casa había pasado por sus manos: el piso de cerámica color miel, los gabinetes grises con jaladeras de níquel, aquella lámpara de cobre que costó más que el sofá. La casa era su manera de decir: aquí no entra lo que yo no invite.

El licenciado Garza la recibió entre cita y cita. Era un hombre de bigote tupido y anillo de la universidad, con la costumbre de mover la cabeza cada vez que alguien salía del consultorio de cobranza.

—Enséñeme ese papel.

Mariana se lo dio. El hombre lo leyó con las cejas alzadas, en silencio. Luego se quitó los lentes y los dejó sobre el escritorio.

—Con esto pueden cobrarle a él o a usted. La casa responde, pero hay manera de pelear la firma. Usted dice que no firmó.

—No firmé. Ni me lo mencionó jamás.

—Entonces no firme nada más. Y no salga de la casa. Si usted sale, ellos la ocupan. Cuente con que ya hay una llave con la señora.

Mariana pensó en la virgen de yeso. En la olla de aluminio. En los laureles.

—¿Y si pago la deuda, la casa se libera?

—¿Tiene doce mil?

Esa era la cifra exacta que faltaba para terminar de pagar el préstamo hipotecario. Mariana lo sabía porque cada quincena miraba el saldo en la app del banco. Doce mil trescientos cuarenta y dos dólares con ochenta y un centavos. La misma cantidad, casi al centavo.

—No los tengo así de golpe. Pero puedo vender el carro. Y pedir un préstamo personal.

—No le recomiendo pedir para pagar. A menos que saque a ese hombre del título.

—¿Y cómo hago eso?

El licenciado Garza encendió una lámpara pequeña sobre el escritorio. Afuera ya había oscurecido sin que nadie se diera cuenta.

—Primero, que él acepte venderle su parte. O que un juez lo quite. Mientras tanto, usted está amarrada.

Mariana salió del despacho con el pagaré en la mano. En la camioneta, se quedó un rato con el motor apagado. En el espejo retrovisor veía las luces de los letreros: Money Mart, Western Union, una clínica de urgencias con la cruz roja parpadeando. Sacó el teléfono y marcó.

—¿Bueno? —contestó Beto. Se oían risas de fondo, y a la señora Elvia cantando una canción de Juan Gabriel.

—Firma mañana. Te doy tres mil por tu parte de la casa.

—¿Tres mil? La casa vale mucho más, Mari.

—Vale doce mil de deuda. Tu deuda, Beto. A ti no te toca nada.

Hubo un silencio del otro lado. La señora dejó de cantar.

—Déjame consultarlo con mi mamá —dijo él.

—Consulta lo que quieras. A las nueve estoy en la notaría. Si no vienes, presento la denuncia por falsificación de firma. Y a tu mamá le cae una orden de restricción por quedarse en mi casa. Escoge.

Colgó sin esperar respuesta. Le temblaban las piernas, pero no de miedo. Era esa vibración que sale cuando una entiende al fin cómo se hace una cosa y no quiere esperar al día siguiente.

A la mañana siguiente, Beto llegó a la notaría con quince minutos de atraso, sin su mamá. Traía la camisa arrugada y las uñas sucias. Firmó la compraventa sin leerla. Mariana le pasó un cheque de caja por tres mil dólares y se metió el pagaré en el bolsillo. Cuando salieron, él la miró desde la banqueta.

—¿Y mi mamá?

—Ya es asunto tuyo. Tiene hasta el mediodía para sacar sus cosas.

Regresó a la casa con las llaves en la mano. La señora Elvia estaba sentada en el porche, con una maleta Samsonite de su compadre y tres bolsas de plástico. La olla de aluminio esperaba en la entrada, con la tapa puesta.

—¿Ya te diste de santos, mija? No te convenía echarme así.

—Usted no debió tocar mis plantas, señora Elvia.

Mariana abrió la puerta y sintió el aire viciado de la cocina. Fue a la alacena, sacó dos cajas de cartón y las puso en el pasillo.

—Su ropa, sus santos, su radio. Todo lo que no es mío va a la banqueta. Puede llamar a Beto para que venga por usted.

—Me voy a llevar la olla.

—Llévesela.

La señora Elvia se fue a mediodía, con la olla bajo el brazo y la maleta rodando por el pasto recién regado. No hubo gritos. Eso fue lo más raro. Se fue persignándose, como quien se despide de una casa muerta.

Mariana pasó la tarde sola. Tiró el cilantro a la basura. Limpió la estufa con un trapo mojado y aroma de eucalipto. Por la noche, llamó a la oficina de bienes raíces y puso la casa a la venta.

—¿Precio? —preguntó el agente.

—Lo que se debe. Quiero salir de esto.

Al colgar, se sentó en la cocina, frente a la virgen de yeso. La tomó con las dos manos y la guardó en una bolsa de basura. Luego abrió la app del banco. El saldo seguía ahí: doce mil trescientos cuarenta y dos dólares con ochenta y un centavos. Por primera vez en meses, no le dolió mirarlo.

Sonó el teléfono. Era Beto.

—Mari, ocúpate de tu madre, por favor. Mi mamá lleva dos horas llorando en mi cuarto.

—Yo no tengo madre, Beto. Tengo una casa que vender.

Colgó. Afuera, el viento movía la manguera que alguien había dejado en el pasto, goteando sobre los laureles muertos.

Tres semanas después, la casa tenía comprador. Beto apareció cuando menos lo esperaba: una tarde de martes, golpeando la puerta del estacionamiento del consultorio.

—Vendiste la casa. Sin avisarme.

—Compré tu parte. Está en la notaría.

—Mi mamá se quedó sin dónde vivir.

—Ya sabía que eso iba a pasar. Por eso les di tres mil.

Beto se quedó callado. Parecía más flaco. Más chico. Mariana se lo quedó mirando sin rencor.

—¿Y yo? ¿Dónde me quedo?

—En casa de tu mamá. O de tu tío Chuy. Eso ya no es mío, Beto.

Él se metió las manos en las bolsas del pantalón y se fue por la acera, esquivando los charcos de la lluvia reciente. Mariana entró al consultorio, colgó la bata blanca en el perchero y llamó a la señora del banco para cerrar la cuenta conjunta que todavía tenían a nombre de los dos.

Esa noche firmó los papeles del comprador en el restorán italiano de la avenida, con una pluma que traía el agente. La nueva dueña era una enfermera retirada de Salt Lake City que quería un patio para sus nietos. Cuando Mariana le entregó las llaves, se sintió liviana. No de felicidad. De otra cosa: de no tener ya aquella casa pegada al pecho como una costra.

Salió del restorán con la última copia de la notaría bajo el brazo. En la banqueta, se detuvo a contar: doce mil trescientos cuarenta y dos. Menos tres mil de la "parte" de Beto. Menos la comisión. Menos lo que costó pintar.

No le importó.

Guardó el cheque en la bolsa delantera de su cartera. Arrancó el carro y salió rumbo al norte, hacia el departamento que comenzaba a sentirse suyo: dos recámaras, un balcón con espacio para tres macetas y nadie que le moviera los santos del aparador.

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