La hoja que pintó Rosa Elena para que su hermana no se rindiera

Marisol tenía nueve años y una ventana que daba a un jacarandá flaco, plantado en la acera de una calle de Reading, Pensilvania, donde vivía la familia desde que cruzaron desde Puebla. Llevaba cuatro meses en cama por la leucemia, y ese árbol —ya casi pelón de tanto viento de noviembre— se había vuelto lo único que miraba al despertar. Del otro lado de la pared se oía el radio de la vecina, siempre en la misma estación de banda ancha en español, y el olor a café de olla que su abuela colaba a las seis de la mañana llegaba hasta el cuarto aunque la puerta estuviera cerrada.

Una tarde de esas en que el sol entra oblicuo y pinta rayas en la cobija, Marisol llamó a su hermana Rosa Elena, que tenía diecinueve años y trabajaba de cajera en un Walgreens tres cuadras más allá.

—Oye. ¿Cuántas hojas crees que le quedan a esa rama?

Rosa Elena se acercó al vidrio, fingiendo que contaba en serio.

—¿Por qué preguntas eso?

Marisol no contestó de inmediato. Se quedó viendo el borde de la sábana, jalando un hilito suelto.

—Es que… cuando se caiga la última, creo que ya no voy a tener ganas de seguir peleando.

A Rosa Elena se le fue el aire. No dijo nada grandilocuente, no hubo discurso. Se sentó en el filo de la cama, le acomodó el flequillo detrás de la oreja y le dijo, bajito:

—Entonces vamos a vivir cada día como si fuera un regalo. Y esa hoja se va a quedar ahí más tiempo del que te imaginas.

Pasaron las semanas. El invierno de Pensilvania llegó con esa nieve sucia que se acumula en las orillas de las banquetas y con vientos que sacudían las ventanas de aluminio del departamento. Y sin embargo, la hoja seguía prendida a la rama, terca, mientras todas las demás ya se habían ido. Cada mañana Marisol la buscaba antes de que su abuela le trajera el termómetro, y encontrarla ahí le daba un motivo más para tragarse la medicina sin hacer drama.

Con los días, algo empezó a cambiar. Volvió a pedir quesadillas en vez de solo tomar caldo. Se reía con los memes que le mandaba su primo por el celular. La doctora, una mujer que hablaba español con acento cubano y siempre traía los resultados en una carpeta azul, empezó a decir palabras como "remisión" y "progreso" en las visitas del Hospital Infantil de Filadelfia, adonde iban cada quince días en la van de un vecino que se ofrecía a llevarlas.

Hasta que llegó la mañana en que le dijeron que podía levantarse. Que podía caminar hasta la sala, hasta el pasillo, hasta afuera si se abrigaba bien.

Lo primero que pidió no fue helado ni su celular. Pidió ver la hoja de cerca.

Salió del edificio con el gorro tejido que le había hecho su tía, agarrada del brazo de Rosa Elena, y caminó despacio hasta el jacarandá. Estiró la mano. Y ahí fue cuando entendió.

La hoja no era real. Era de papel, recortada con tijeras de uñas, pintada con acuarelas que se le habían corrido un poco con la lluvia, y amarrada a la rama con hilo de coser transparente para que ninguna ráfaga se la llevara justo cuando más la necesitaba.

Marisol se quedó ahí parada, con la hoja falsa entre los dedos, mientras el perro del vecino, un pastor callejero que todos en la cuadra alimentaban por turnos, les ladraba desde el otro lado de la reja sin que nadie le hiciera caso.

—¿Tú hiciste esto?

Rosa Elena se encogió de hombros, como si no fuera nada.

—Alguien tenía que cuidar que no se cayera.

Marisol no lloró ahí. Guardó la hoja en el bolsillo de la chamarra y, ya de vuelta adentro, la pegó con cinta adhesiva en la pared junto a su cama, al lado de una foto de cuando cumplió siete años. Ahí sigue, once años después, en el cuarto que ahora comparte con su propia hija de tres, en ese mismo departamento de Reading donde el radio de la vecina sigue sonando a las seis de la mañana.

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La hoja que pintó Rosa Elena para que su hermana no se rindiera