Nunca fui un tipo de rodeos. Las ferias del condado de Hidalgo, en el Valle del Río Grande, eran lo más lejos que había llegado del asfalto. Mi taller de hojalatería en McAllen me daba para vivir, y con eso me bastaba. Hasta que mi compadre Tomás me convenció de acompañarlo a una subasta en Laredo.
—Te va a gustar, güey. Puros caballos de carrera.
Y ahí estaba yo, un sábado a las dos de la tarde con un calor de cuarenta grados, cuando vi a ese animal. Un cuarto de milla negro, enorme, con los ojos como dos carbones encendidos. Nadie se le acercaba. Había tumbado a dos mozos en el intento de meterlo al establo, y uno de ellos terminó con una conmoción.
El anunciador lo dijo clarito: potro sin domar, procedencia dudosa, se vende como está.
Debí haberme ido. Pero el maldito caballo me miró. No como mira un animal asustado, sino como mira alguien que ya no espera nada bueno de nadie. Me recordó a mi jefe cuando volvió de Afganistán, callado y como ausente. Saqué veintidós mil dólares de mis ahorros y me lo llevé.
La pesadilla empezó esa misma noche.
Al llegar a la caballeriza que alquilé en un rancho cerca de Edinburg, intenté pasarle la mano por el cuello. Salió disparado, reventó una tabla de la cerca y por poco me fractura la cadera. Una semana entera sin comer bien. Dos semanas sin dormir más de tres horas. Llamé a cuanto experto me recomendaron, y todos terminaban con el mismo consejo: «Ese animal no sirve, véndelo para carne».
El punto más bajo fue un jueves por la mañana. Cansado y sin saber qué hacer, me quedé dormido en una silla de plástico junto a la cerca. Me despertó una voz tranquila:
—Oiga, ¿y este muchacho tiene nombre?
Era una chica joven, con el uniforme de la Universidad Panamericana todavía puesto. Se llamaba Ximena. Trabajaba medio tiempo limpiando establos para pagarse la carrera de veterinaria. Bateaba sus tareas, me dijo, porque el rancho le quedaba de camino. Yo ni la había registrado.
—No —le respondí—. Y no se te ocurra acercarte.
Ella no se movió. Solo se quedó mirando al potro, que nos observaba desde el otro extremo del corral con las orejas pegadas a la cabeza.
—Está lastimado —dijo.
—Está loco.
—Lastimado —repitió—. Mire cómo respira. Así no respira un caballo bravo.
Me paré. La iba a mandar de vuelta a sus cubetas, pero algo en su tono me detuvo. No era soberbia. Era seguridad. La seguridad de quien ha crecido viendo animales y sabe leer lo que otros no ven.
—Si estás tan segura, pruébalo.
Se volteó y me sostuvo la mirada.
—Si lo tranquilizo, ¿usted qué me da?
Me reí. Un hombre de treinta y tres años, dueño de un taller, sin un peso extra después de esa compra absurda.
—Lo que quieras.
—Quiero lo que usted ya no usa. La mitad de este taller que tiene vacío. Para poner un consultorio cuando me gradúe.
La insolencia me dejó mudo. Luego me volvió la risa, pero más nerviosa.
—Estás mal de la cabeza, muchacha.
—Trato es trato —dijo, y me extendió la mano.
Se la estreché sin pensarlo mucho. Total, no tenía nada que perder. El caballo ya estaba perdido.
—
El sábado, antes de que saliera el sol, Ximena llegó en su camioneta vieja, una Ford Ranger que sonaba más que la podadora del vecino. La acompañaba su mamá, una señora con cara de no dormir que cargaba un termo de café de Oxxo y no soltó palabra en toda la mañana.
Cuando el potro la vio acercarse, empezó a bufar. Metros antes de que yo pudiera advertirle algo, el animal se paró en dos patas y soltó un relincho que me heló la espalda.
Pero Ximena no retrocedió.
Entró al corral sin cuerdas, sin jáquima, sin más ruido que el de sus pasos sobre el suelo de tierra apisonada. El caballo galopó hacia ella. Yo ya iba a brincar la cerca.
Faltaban dos metros cuando el animal se detuvo en seco.
Silencio absoluto. Ni las chicharras se oían.
Ximena levantó el brazo despacio y le empezó a hablar al oído. No sé qué le dijo. No creo que hayan sido palabras mágicas. Era más el tono: bajo, parejo, como quien le habla a una persona que no come ni duerme porque algo le duele y no sabe cómo pedir ayuda.
Pasaron cinco minutos eternos.
El caballo bajó la cabeza. Solo, sin que nadie lo obligara. Y apoyó el hocico en el hombro de Ximena.
A mí se me olvidó respirar.
Luego, sin decir nada, ella pidió que abriéramos la puerta del corral. Montó al potro a pelo, sin silla, sin cabezada. Y salieron del establo caminando como si lo hubiera hecho toda la vida.
Cuando regresó, no me dio tiempo de preguntar nada. Me llevó hasta el caballo y me señaló detrás de la oreja derecha.
—Toque ahí.
Toqué. El animal se tensó. Ximena apartó las crines negras y entonces lo vi: una herida profunda, vieja, infectada. Un corte de alambre de púas mal cicatrizado, escondido entre el pelo. Cada vez que alguien le ponía un bozal o lo sujetaba con fuerza, el cuero se reabría. Nadie lo había detectado porque los que lo intentaron domar estaban tan concentrados en someterlo que jamás lo revisaron con cuidado.
El animal no era bravo. Llevaba meses pidiendo ayuda del único modo que podía: defendiéndose.
Me temblaban las manos cuando llamé al veterinario de Weslaco. Llegó en cuarenta minutos, confirmó todo y nos regañó a los dos. A mí, por no revisar antes de comprar. A ella, por meterse al corral estando él presente. Le recetó antibióticos y limpieza diaria.
Tres semanas después, ese mismo potro me seguía por el rancho como un perro faldero. Jugaba con un balde viejo que dejé tirado y se quedaba dormido recargado en mi hombro mientras yo terminaba de arreglar una camioneta en el taller.
—
Una noche de octubre, cuando el calor ya aflojaba, invité a Ximena a cenar. Pagué con lo que me quedaba en la cartera y pedí tres tacos de bistec con guacamole en un puesto sobre la carretera 107. El potro se quedó en el remolque, asomando la cabeza por la ventanilla mientras el dueño del puesto nos miraba como si hubiéramos llegado en nave espacial.
—Oye —me soltó ella de repente—, ¿y el consultorio?
Me reí bajito. Llevaba días pensando en eso, pero no sabía cómo sacar el tema sin sentirme absurdo.
—Mañana mismo vaciamos la parte de atrás del taller.
Me miró sin pestañear.
—¿Es en serio?
—Sí. Trato es trato.
Ella sonrió y se acabó su taco en dos mordidas. Su mamá, sentada en la mesa de junto, dejó el termo sobre la servilleta y por primera vez en toda la noche soltó una carcajada.
El potro, desde el remolque, relinchó.
Cuando volvimos al rancho, había una calma rara en el ambiente, de esas que solo se dan en el Valle después de una tormenta. Antes de bajarse de la camioneta, Ximena estiró la mano como aquella vez, pero ahora no era para hacer un trato.
Era para que le diera las llaves de lo que iba a ser su clínica.
—Una cosa —me dijo—. Al caballo le vamos a poner nombre. No puede pasarse la vida sin nombre.
—¿Cuál?
—«El Que Esperó».
Y sin añadir nada más, se bajó de la camioneta y se fue caminando hacia el establo, donde el potro ya la estaba esperando apoyado contra la cerca.







