— “¿Cómo te llamas?” preguntó Isabella, casi sin voz.
— “Lucía.”
El nombre la atravesó.
Su hermana siempre decía: “Si tengo una hija, la llamaré Lucía.”
— “¿Dónde está tu mamá?”
La niña dudó.
Y luego…
— “Murió.”
El aire desapareció del pecho de Isabella.
Hace años, ella también había sido otra persona. Una joven con sueños y miedo a la pobreza.
Pero su hermana Camila…
Camila era luz.
Era hogar.
Se habían separado por un hombre.
Alejandro Montoya.
Rico. Poderoso. Frío.
— “Él no te ama,” había dicho Camila.
— “Pero me dará todo,” respondió Isabella.
Esas fueron sus últimas palabras.
Después… silencio.
— “Mi mamá te escribía,” dijo Lucía. “Nunca dejaba de esperarte…”
Isabella negó con la cabeza.
— “Yo nunca recibí nada…”
Y entonces lo entendió.
Giró lentamente.
Alejandro estaba allí.
Observando.
Tranquilo.
Demasiado tranquilo.
— “Dijiste que ella se fue…”
Él no respondió.
— “¿Me mentiste?”
El silencio gritó la verdad.
