Todavía tengo grabado el olor a mármol frío y a flores viejas de la funeraria. Era un sábado por la mañana, estábamos Alex y yo frente al mostrador, pasando páginas de un catálogo como quien elige muebles.
—Esa —dijo él, señalando una lápida con un ángel grabado—. A mamá le gustan los ángeles.
Mamá. Así llamábamos a doña Luisa, aunque siempre con la boca chiquita, como si la palabra nos quemara. No era nuestra madre, pero nos había criado a los tres desde que papá murió. Alex, Gabriel y yo. Yo era la mayor, a mis diecisiete años me tocó ver cómo ella, con cuarenta y dos recién cumplidos, dejaba todo para no mandarnos a casas ajenas. Hoy, veinticinco años después, estábamos ahí comprando su lápida antes de que el cáncer terminara de apagarla. Eso creíamos.
A mí me tocó firmar el cheque: dos mil ochocientos dólares. No era mucho, pero dolía, porque en el fondo sabía que aquello no era un acto de amor. Era prisa. Miedo a que la muerte nos agarrara desordenados. A que los vecinos de la cuadra de South Laredo dijeran que los hijos ni siquiera le habían preparado un buen entierro. Vivimos en San Antonio toda la vida, y la gente habla.
Aquella noche, cuando llegué a mi casa, no podía dormir. Me levanté y revolví una caja de papeles viejos que había rescatado del clóset de doña Luisa. Facturas, recetas de mole, una estampita de la Virgen. De repente, entre todo eso, apareció un sobre amarillento con el nombre “Isabella” escrito con la letra torcida de doña Luisa. Lo abrí. Era una carta que empezaba: “Mija, sé que te he fallado. Pero eres lo único mío que quedará en este mundo.”
Me temblaron las manos. Le saqué una foto a la carta y se la mandé a Alex. Me contestó al minuto: “¿Quién diablos es Isabella?”. No tenía idea. Durante años habíamos pensado que la tía enferma de El Paso era solo una excusa para que doña Luisa tuviera un respiro. Pero ese nombre no encajaba con ninguna tía.
Recordé entonces las ausencias. La primera, a los dos años de muerto papá: doña Luisa desapareció tres meses completos. Dijo que su tía se había quebrado la cadera y no tenía quién la cuidara. Yo quedé a cargo de los mellizos, que tenían trece. Cuando volvió, estaba demacrada y extrañamente en paz. Después, cada mes, por tres o cuatro días, se iba “a ver a la tía”. Siempre regresaba con los ojos hinchados. Nunca quiso hablar. Yo pensaba que era un novio, pero nunca encontré nada. Ahora esa carta era un agujero en el pecho.
Al otro día, fui a verla. Doña Luisa vivía en la misma casita de madera con techo de lámina que heredamos de papá. El jardín del frente estaba lleno de macetas con nochebuenas, las mismas que ella plantó el año pasado. Toqué y no hubo respuesta. Empujé la puerta.
Estaba en su sillón, junto a la ventana, envuelta en una cobija tejida a gancho. El sol de agosto pegaba fuerte y adentro olía a manzanilla y a un sudor dulzón, a enfermedad. En la mesa, una taza de té intacta. Me miró y no hizo ningún gesto. No me esperaba.
—Doña Luisa… —empecé, y saqué el sobre—. ¿Quién es Isabella?
Ella cerró los ojos un segundo largo. Luego, con una voz tan baja que apenas la oía, dijo:
—Mi hija. Tuve una hija.
Se hizo un silencio tan duro que oí el zumbido del refrigerador en la cocina. Yo me quedé de pie, aferrada al sobre. Quería gritarle que cómo fue capaz. Que nosotros éramos sus hijos. Que nos había mentido.
—Tu papá se fue de este mundo tan de repente —dijo—. Al año conocí a un hombre bueno, Pedro. Trabajaba en una florería. Me regalaba rosas cada viernes. Un día se me ocurrió que ya era hora de vivir para mí. No podía traerlo a casa porque ustedes no lo iban a aceptar. Tú, Carolina, me miraste con tanto odio cuando un día me viste arreglada. Así que me fui. Me fui a El Paso a casa de mi hermana, y allí nació Isabella. Pedro murió dos meses después. Lo atropellaron. Y yo me quedé sola con una niña y tres adolescentes que no eran míos.
Respiró hondo y siguió:
—La dejé con mi hermana. La fui a ver cada mes, siempre con la mentira de la tía. Isabella me llama “tía”. Pero es mía. Y todo lo que tengo es para ella.
Dejé caer el sobre. Entonces lo entendí.
—Por eso compramos la lápida, ¿verdad? —murmuré.
Ella asintió con un movimiento mínimo. Había usado una palabra prohibida, pero ya no importaba.
—Ustedes se apuraron a comprarme un hueco en la tierra porque yo siempre sobré en esta familia. Yo los crie, les di todo, y ustedes nunca, en veinticinco años, me dijeron “te quiero”. No los culpo. Pero no soy su madre. Isabella me llama tres veces al día para saber si comí. Me manda fotos de sus hijos. Y ahora está por llegar de Austin. Viene a quedarse conmigo hasta el final.
Sentí que la culpa se me subía por la garganta como bilis. Era verdad. Desde que empecé a trabajar nunca tuve tiempo para ella. En los cumpleaños le mandaba un ramo con una tarjeta que escribía de volada en el estacionamiento. Cuando nació mi hija mayor, dejé de visitarla los domingos. Nos acordamos de ella cuando nos dijeron que tenía metástasis en el hígado. Y entonces, en lugar de flores diarias, le compramos una lápida.
Me quedé ahí parada, apretando el bolso. Quería pedirle perdón, pero no me salía la voz. Ella volvió a cerrar los ojos. Ya no me miraba. La habitación olía a polvo y a las gardenias del florero que ella misma había cortado.
Cuando salí, vi a un muchacho del vecindario con un perro chihuahua, el mismo que le ladraba a doña Luisa cada vez que barría la acera. El perro se me quedó viendo, como si supiera. Yo caminé dos cuadras hasta mi carro. En el asiento del copiloto estaba el catálogo de lápidas. Lo cerré con rabia y lo tiré al piso.
Esa noche, en mi cocina, mientras el arroz se quemaba, recordé una tarde de hacía veinte años. Doña Luisa llegó con un pastel de tres leches que le había costado todo el día. Cumplía yo quince años. Lo puso en la mesa y dijo: “Feliz cumpleaños, mija. Ahora sí eres una señorita.” Yo no le di un abrazo. Solo le pregunté si me iba a comprar el vestido que había visto en el centro. Y ella, con su sonrisa agotada, me dijo que sí, aunque tuviera que trabajar horas extra limpiando casas.
Ahora Isabella llegaría y se quedaría con todo: la casa, el terrenito, los pocos ahorros. Doña Luisa ya había escrito su voluntad. Pero lo que más me dolía no era lo material. Era que una desconocida tenía lo que yo nunca me tomé el tiempo de tener: el cariño sincero de la mujer que nos crio.
El domingo, sin avisar, pasé de nuevo. Llevé tamales de la guisandería que a ella le gustaban. Toqué y abrió Isabella. Era frágil, de pelo castaño y unos hoyuelos heredados de su madre. Me sonrió con timidez y me dijo: “Pásale. Está dormida, pero le va a dar gusto que vinieron.” Me recibió con una naturalidad que yo nunca tuve.
Entré. Al lado del sillón estaba la carta que yo había encontrado. La habían leído juntas. Sobre la mesa había un álbum de fotos con las imágenes de una niña corriendo en un jardín. Isabella lo señaló: “Esta fui yo a los cinco. Mi tía siempre me tomaba fotos.” Tragué saliva. Esa “tía” era nuestra madre sin serlo.
Doña Luisa se despertó al oír nuestras voces. Esta vez me miró de otra manera, o tal vez fui yo la que vio distinto. No había reclamo en sus ojos, solo cansancio. Me acerqué y tomé su mano huesuda. Sentí el frío de los dedos.
—Perdón —fue lo único que logré decir.
Ella apretó apenas mis dedos y dijo:
—Cuida a tus hijos, Carolina. Que no tengan que comprarte una lápida para sentirse en paz.
Me largué a llorar ahí mismo, como no había llorado desde la muerte de papá. Los sollozos me sacudían el cuerpo. Isabella se acercó por detrás y me puso una mano en el hombro. No necesitamos más palabras.
Esa tarde, antes de irme, cancelé el pedido de la funeraria. Perdí el anticipo, y eso ya no me importó. Lo que importaba era que doña Luisa aún estaba viva. Y aunque nunca sería su hija de sangre, todavía me quedaba tiempo para ser algo más que la mujer que le compró el mármol antes de hora.
Cuando salí, el sol ya no pesaba tanto. En el jardín, las nochebuenas seguían rojas, vivas. El perro chihuahua movió la cola. Y en la cocina, Isabella calentaba los tamales, porque doña Luisa dijo que le habían dado ganas de comer algo con chile. Y uno nunca niega el antojo de una madre.







